La
muerte de Stalin de Armando Iannucci.
Cómo esta
película me llega a petición de los desestalinistas,
ya no quedan, al menos unos en la salita de cine. ¿Trajiste chocolatina de naranja? Un nuevo logo para la Internacional Socialista, el humor concluyente.
Gajaka
Extrasmitico
Queda
evidenciado, El hombre es un lobo para el hombre (Homo Hominis Lupus) (Thomas Hobbes), cómo lo máximo, la historia tiembla,
la paradoja del arte, La Heroica de Beethoven.
Filme del
escocés Armando Iannucci, que suena
a propaganda anticomunista, versión gringa u hollywoodense, británica, y ya
verán porqué. Pero amparada en los hechos históricos, no tiene asidero en las
cuentas del devenir feliz. La crítica es demoledora como también son los hechos
narrados.
Más que una
crítica de cine, es una reflexión sin límites, antiamarillista o
superindividualista. Una defensa India del rey, una catarsis evolucionista,
incluida en la defensa para el ataque de los alfiles pintos. Ya veremos a otras
camarillas haciendo su agosto con sus prisioneros, que hoy nos gritan ayuda a
nuestras almas tanto.
Si esto es Revisionismo,
apague y vámonos. ¿Y qué es Revisionismo? A los interesados les tengo unos
diccionarios del Pecus en casa.
Volver mongólicos a los Mongólicos, y nos parece poco.
Estando en
la proyección, IFC, los
que no comprendíamos bien los chistes en inglés, a falta de un formato en ruso,
comprendíamos otra cosa con la imagen, el verde opaco contra el colorido de sus
hermosos templos ortodoxos. El desborde de un teatro en escena a modo de
conclusión. Es con la música de Schostakovich
piano concierto 2, Beethoven, Borodin.
Stalin y su politburó aman esta música
religiosamente, mientras se tortura en las purgas, inverosímil, las mismas del
nazismo hitleriano, ah, y una mujer toca el concierto para piano, y con su arte
y belleza, hace desmoronar al tirano con una nota justiciera:
viejo cacreco, ojala te pudras en el
infierno, por mi padre y hermano mandados a asesinar por ti. Pedazos de mierda corren por tu boca podrida
(versión libre).
Cae Stalin, y no recibe atención médica
sino 24 horas después, por culpa del jefe sanguinario de la policía secreta, Beria. Que se encarga de limpiar toda
evidencia. La hija de Stalin, Svetlana,
confesa y testiga de todo lo que hacía el buró burocrático, luego se exilia en USA en 1967. El hijo, un
bobote grande, se parece a Alain Delón. Nos reímos de esta impotencia. Las máscaras de la corrupción y
del desastre humano. La dialéctica de secarte el cerebro.
Cómo hacer caramelo de vainilla, pero solo para el
dictador, y luego mandarlos a todos a fusilar para que no digan cómo, ni
cuándo.
Lo sagrado y
lo profano, lo que se come el destino, y con ese infarto, el stalinismo se viene abajo, y sus
coprotagonistas bailan una milonga sangrienta, parecería que Nikita Jrushchov, interpretado por el
actor de Brooklyn, el bombero, Steve
Buscemi (Fargo), fuera el bueno de la película, y los otros un sainete
total, sicóticos y corrompidos. Fratricidas. Humoristas cosacos. Jugando a un
verdadero truco de un mago, El cine
de todas las artes, para Lenin, la
más importante. Patético autorretrato.
¿No se por qué no le va a gustar a Enrique
Verástegui?, si la vierá, porqué Stalin,
escuela o bloques socialistas y Neruda
son la espada justiciera, para un latinoamericano. Si la izquierda nació con la
revolución de octubre, la otra
izquierda es anti revolución de octubre, después de la muerte de Lenín. Los
troskistas, seguirán en su lucha permanente, aunque sea con el cambio de sexo.
Muñecos para Marte.
Las comedias
dramáticas es de lo más clásico en el cine, Fargo (más drama que comedia) entre otras descentralizadoras
preguntas en el cine de autor de los Hermanos
Coen. O Reservoir Dog. Robert
Altman.
El orden del
discurso en el teorema de Pitágoras, está resuelto con dos ejemplos, frente a
un síndrome de decadencia que nos viene desde el siglo XVII, decía Michael
Foucault.
Nadie
creería en los años cincuentas, lo que hacía Beria, el agente secreto, el jefe de la policía secreta, la que
tortura como la inquisición española. La antirusia. Las 12 tesis del Estado,
que nunca ha llegado a ser, la que quería para la Unión Soviética, el fin de la
dictadura, de vuelta al infierno de los zaristas, sus antiguos reyes. Si, estoy
de acuerdo, no hay nada más horrible que la propaganda anticomunista, que se
montó como negocio entre los firmantes de Yalta.
El realismo socialista, a ritmo del director de orquesta. Todo este ejemplo de
represión y masacre llegó a Cuba con
la revolución. No hubo forma de apego emocional para que Cuba entrará a la desestalinización, al contrario el Che admiraba a Stalin y Beria. Había
que meterles un palo por el culo a los disidentes homosexuales, y crear campos
de concentración con métodos fascistas, y policías secretas, que hoy nos
estremecen, La KGB.
Cae Beria,
lo matan o lo fusilan, es lo que quiere el espectador insulso, bohemio, y el
del shito! Shito! (callen las calenturas). Donde se mataba con gusto, ya que
ellos hacían sus armas, impactante, como salen a salvarse los soldados jóvenes
cuando se entra a matar. No va a ver una mejor película sobre Stalin, con verlo
premeditando, la muerte de Trostky,
ha sido suficiente, los Gulag, los
campos de concentración que hoy son regalados para que siembren papas, la
deshonra del futuro, con los millones de hombres asesinados, incluía la de los
judíos, que participaban de algunas protestas.
El hambre de las repúblicas soviéticas, la discriminación
y el olvido con la Cortina de hierro. Los países del kurdestan, sometidos, vueltos a un pasado de comer ratas para
sobrevivir. La locura en los países de la Europa
Central. El grito de la madre de las traiciones.
Stalin, Neruda y Alberti.
A manera de conclusión
Basada en la
novela gráfica Le Mort de Staline,
de Fabien Nury y Thienry Robin. Festival de cine de Toronto, 2017. También actúan, Olga Kurylenko, como la pianista, humor
negro petrificado, el disco grabado para Stalin en exclusiva, Glazunov sinfonía #1. Encerrado
allí, muerto en vida, el número dos de la Revolución bolchevicé, en su cuarto
de palacio, como en un manicomio (edificio) pintado de verde opaco, Realismo Socialista descolorido, y
dando las firmas para las purgas, mientras violaba a una niñita en el canapé,
se sugiere en la imagen fundamentalista, para la mujer, repugnante.
***
Pasadas las nueve y media de la noche del 5 de marzo de 1953, Stalin, postrado en una especie de coma por una apoplejía en el salón de su dacha favorita, la de Kuntsevo, en los arrabales de Moscú, comenzó a boquear. “Tenía el rostro descolorido, sus rasgos eran irreconocibles. Literalmente se asfixió mientras nosotros estábamos allí mirando. Su agonía fue terrible…En el último momento, abrió los ojos. Fue una mirada espantosa, de locura o de rabia, y estaba llena de miedo a la muerte”. De repente, el ritmo de su respiración cambió. Su mano izquierda se levantó. Una enfermera pensó que era como una despedida. Parecía que señalaba hacia lo alto o que nos estaba amenazando a todos…Lo más probable es que sólo intentara agarrar el aire en busca de oxígeno. Luego, en el último momento, su espíritu, después de un último esfuerzo, se separó de su cuerpo”.
Así moría el poder supremo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el tirano ateo que ungió su autoridad con el principio de legitimidad de los monarcas rusos destronados y con la adhesión fanática del nuevo hombre bolchevique. El Atila que sustentó su poder sobre el sacrificio de millones de inocentes: el zar rojo, como lo llama Simon Sebag Montefiore.
La palabra de Stalin llegó a estar revestida de la infalibilidad de los papas. Montefiore aporta el término ruso: Instantsiya, que se puede traducir por “la más alta instancia”. El historiador británico, experto en temas rusos, describe así la espantada de los jerarcas de la dacha de Kuntsevo, poco después la muerte del Vozhd (“El Líder”): “La Instantsiyahabía abandonado la casa. El coloso había desaparecido, dejando tras de sí tan sólo el bulto inútil de un anciano acostado en un diván en una villa suburbana carente por completo de belleza”.
El libro está escrito todo así, en una virtuosa mezcla de documentación pantagruélica y de prosa cinematográfica, muy plástica. No es una biografía de Stalin al uso, sino una, muy detallada, del último tercio de su vida: desde que se convierte de facto en el dictador del imperio ruso bolchevique. La Instanstiya explicaba todo: era la palabra de Stalin, en nada diferente a la palabra de Dios. De hecho, Stalin, listo como el hambre, aprendió que la transubstanciación podía serle utilísima. No en vano, fue seminarista. Cientos de miles de creyentes bolcheviques aceptaron el martirio porque la decisión venía de arriba. De muy arriba. De la más alta instancia.La narración empieza en torno a 1930, más o menos cuando Stalin terminó con los últimos residuos del trostkismo que podían amenazar su posición dominante en el Politburó. Montefiore maneja estupendamente las imágenes, por eso comienza con la recreación documental del suicidio de Nadia, la última esposa de Stalin. El pistoletazo que la primera dama se dio en el pecho es la metáfora de lo que era inminente: el Gran Terror que se llevó por delante a millones de rusos, bien mediante la aniquilación física o por la deportación, la esclavitud y el ostracismo.
Descrito en el prólogo como un “neurótico mercurial con el temperamento rígido y fogoso de un actor en tensión que se recrea en su propio drama”, un litsedei según Jrushchov, que en ruso significa algo así como poliédrico, Stalin se impuso como heredero de Lenin a toda la vieja guardia que había conquistado el poder en 1917 y la doblegó a su antojo, construyendo un régimen según el patrón ya afirmado por Lenin gracias a que “ningún ser vivo estuvo más capacitado que él para las intrigas conspiratorias, las claves teóricas, el dogmatismo sanguinario y la rigidez inhumana” del partido que había hecho Vladimir Ilich Uliánov a su imagen y semejanza.
Es decir: Stalin, cabe deducir, representó el triunfo absoluto del darwinismo en el singularísimo ecosistema bolchevique, único hasta entonces en la Historia de la Humanidad.
Además de un estudio al pormenor de la naturaleza del tirano, La corte del zar rojo es una pintura extraordinariamente realista de la cotidianidad de la vida en el Kremlin entre 1930 y 1953. Lo que muestra Sebag Montefiore es una corte medieval donde la toma de decisiones se va decantando progresivamente desde el Politburó hacia la mesa del comedor de la dacha de Kuntsevo: en un sistema controlado de forma omnímoda por el jefe, se hacen girar los resortes del poder mediante la proximidad a Stalin.
Biera o Vieria, da lo mismo con be pequeña o con be grande.
Sin embargo, esa cercanía implicaba los mismos riesgos que acercarse a un tigre en plena jungla tropical, puesto que si algo era Stalin, era desconfiado y receloso. Profundamente. Hasta el paroxismo. Estar muy cerca de él durante mucho tiempo a menudo tenía peores consecuencias que exponerse a campo abierto al fuego de ametralladora. Las características de sus purgas lo revelan: no quedó un sólo estamento de la Rusia soviética en pie, ni siquiera su familia política. Imaginativo como un literato o un poeta, no cesó jamás de ver fantasmas por todas partes, hasta el punto en que el Kremlin terminó siendo para él un gigantesco trono de sangre lleno de potenciales enemigos. Hecho de la madera genética de los cazadores de osos solitarios, nómada desde la adolescencia, no podía dormir en una cama y estaba acostumbrado a moverse de una a otra de sus innumerables y muy lujosas residencias dispersas entre Moscú, Crimea, Georgia, Armenia y Abjasia. Sólo sus cuatro hijos, los tres naturales y Artiom, el político, pudieron estar completamente seguros de que la hoz de la Parca no caería sobre ellos. Eso da cuenta perfectamente de la atmósfera delirante que empezó a respirarse en Moscú a partir del asesinato de Kirov y los posteriores juicios a Zinoviev y Kamenev.
“La gente era asesinada no por lo que había hecho, sino por lo que pudiera hacer. Era el carácter potencial de su traición lo que hacía que Stalin siguiera admirando el trabajo o incluso la personalidad de sus víctimas. Este círculo de desconfianza eterna era el hábitat natural del dictador. ¿Creía en la veracidad de todos los casos? Desde luego no de una manera jurídica, aquel político de corazón de piedra creía sólo en la santidad de su propia necesidad política, confundida a veces con la venganza personal”.
Que durante más de veinte años nadie, ningún jerarca relevante, juguetease siquiera con la idea de matar a este amante de la floricultura, experto hortelano y autodidacta feroz, da cuenta de la fascinación que su figura ejercía a su alrededor. El bolchevismo aparece en las páginas de este libro como una religión cuya mística era también medieval, carente por completo de margen para la duda: eso mismo era un indicio peligroso de defección.
Stalin, a ojos de quienes sufrían una persecución sin parangón en los siglos, estaba edificando un mundo nuevo según el testamento del gran patriarca Lenin: no podía equivocarse nunca, y todo lo que apuntase a error, vacilación o malicia por parte del “camarada Stalin” era una maquinación perversa urdida por los enemigos extranjeros de la Rusia soviética.
Stalin con Malenkov.
La muerte, como para Lenin, tenía una utilidad meramente política, pues servía para erradicar las malas hierbas. “De lo que se trataba era de limpiar de espías el país, peligrosamente rodeado de enemigos, con el fin de salvaguardar los grandes logros alcanzados antes de que estallara la guerra. Su familia fue una de tantas bajas. Veía en ella el sacrificio que él mismo había hecho como sumo pontífice del bolchevismo”. La desvinculación total con respecto de los propios sentimientos es otra de las herencias inconfundibles de Lenin: nada por encima del Partido. Ni la propia Humanidad.A pesar de ello, Stalin siempre fue georgiano, sus actos siempre estuvieron impregnados “por la tradición local de dogmatismo religioso, peleas sangrientas y bandolerismo romántico”. Eso no le impidió modular la construcción de la superpotencia soviética en base a un nacionalismo puramente ruso, pues para él, Rusia era “lo que cohesionaba” el gran imperio soviético, que no era más que la extensión histórica del imperio zarista. Aunque condenó toda su vida el “imperialismo” inherente al capitalismo, agradeció que los Romanov no dejaran pasar ninguno de los trescientos años largos que se mantuvieron en el trono de Rusia sin agrandar sus fronteras. Haría girar su política en Europa del Este sobre este potente pivote a partir de 1945.
Como exordio a las purgas internas de 1937, Stalin ensayó el exterminio masivo de los kulaks, una espantosa empresa que ya había emprendido Lenin en 1918. Stalin era consciente del atraso industrial y tecnológico de Rusia, y también del choque universal que se avecinaba. Entre 1930 y 1933 mató de hambre a media Ucrania. Literalmente, “entre cuatro y cinco millones de personas a, como máximo, diez millones, tragedia sin parangón en la Historia de la Humanidad, si exceptuamos el terror de los nazis y el de los maoístas”.
Fue el conocido como Holodomor. Esta masacre tenía por objeto reducir a la servidumbre (de la que habían salido, malamente, en 1860) a cualquier campesino que poseyera aunque fuese una mísera vaca y un pedazo de tierra. Se estableció la categoría del kulak como el más oneroso “enemigo del pueblo”; luego sería sustituida por los trostkistas, después por los saboteadores, más tarde por los alemanes, y al final por los judíos “sionistas pro-americanos”. Stalin siempre tendría a mano un enemigo del pueblo al que achacar los males derivados de la terrorífica compresión de voluntades, talentos y vidas humanas en pos de una modernización a machamartillo que colocase a la URSS al nivel de Estados Unidos, Alemania, Francia y Gran Bretaña.
Los trenes que atravesaban Ucrania cargados de cadáveres que había que enterrar o incinerar a mansalva se transformaron luego en tétricas comitivas de trabajadores, inspectores, administrativos, funcionarios de toda laya, comisarios, ingenieros, escritores, músicos, intelectuales y por supuesto, ministros, guardaespaldas, cocineros, e incluso las nanas de sus propios hijos. Desde la ejecución sumaria de Kamenev y Zinoviev, menos de un día después de ser condenados en un juicio escrito de principio a fin por el propio Stalin en la terraza de su dacha de Sochi como si fuera el guión de una película, la desconfianza disparatada del dictador provocaría una catástrofe humana que estremecería toda Rusia.
Desde el Kremlin hasta los astilleros de la última aldea costera de la URSS, se impusieron unos códigos de supervivencia general que el tiempo fue refinando: el silencio, la adulación, la desconfianza misantrópica y la invisibilidad civil de los ciudadanos fueron las únicas armas que garantizaban unos mínimos de estabilidad vital. Fomentó desde la cúspide un sistema moral que destruyó los lazos íntimos entre los individuos de una manera sólo vista anteriormente durante el Terror jacobino.
Por algo Robespierre fue siempre un referente para Lenin y Stalin: ninguna unidad política, y la familia puede ser considerada como la primera, podía estar por encima del ideal comunista. Se trataba de convertir a las personas en sospechosas entre sí, mediante la infiltración masiva en todos los centros de trabajo de agentes de los diversos cuerpos de seguridad y contrainteligencia, así como de la institucionalización de la denuncia y la delación. Los resultados fueron una debacle humana disparatada.
Stalin, lector empedernido de novelas francesas, aficionado a Zola y a Dostoyevski (aunque se lo tenía prohibido a los rusos por inapropiado) acabó convertido en un Atila absolutamente desquiciado por la guerra, que casi lo fulmina. Es en particular interesante leer el desenvolvimiento de la política en el Kremlin entre 1941 y 1945: lo ridículamente mal preparada que estaba Rusia para afrontar una lucha a muerte contra el otro totalitarismo que, como el suyo, pretendía reescribir el libro de la Humanidad, reseteándolo desde el comienzo.
Físicamente degradado tras la victoria sobre Hitler, era capaz de encantar en la distancia corta a quien, embelesado tras el halagado trato con el jefe, estaba condenado de antemano por él mismo a la más atroz de las muertes.En el libro se arrastran, como los personajes bufonescos de la corte de Pedro el Grande que el mismo Montefiore describe en su libro Los Romanov, personajes secundarios imprescindibles para entender la textura política, moral y emocional del estalinismo: Molotov, Voroshilov, Kaganovich, Yagoda, Yezhov, Beria, Jruschov y Zhdanev, los próceres a los que como a Macbeth ni siquiera el océano entero podría lavarles las manos de sangre. Cómplices necesarios de la muerte y destrucción de millones de personas, se dedicaron por 20 años a destruirse mutuamente mientras acompañaban al Vozhd en interminables comilones.
Era una banda de alcohólicos, violadores y pedófilos juramentados como templarios en la defensa de una fe que consideraban superior a todo. Naturalmente, infinitamente más valiosa que la vida humana: el bolchevismo, que les exigió para su alimentación, crecimiento y madurez todo lo que llevaban dentro como hombres y animales. Supieron cultivar la vanidad del dictador al tiempo que le sujetaban aterrorizados la corona de emperador, fascinados y cautivos por la autoridad innata que emanaba de su corpachón fornido de caucásico.
Stalin decía que el pueblo ruso no podía vivir sin un zar y él les dio lo que quizá Lenin no habría podido, aprovechándose justamente de la vereda abierta a martillazos por el maquiavelismo epiléptico del patriarca muerto convenientemente a la edad temprana en que pueden nacer los mitos. El holocausto desatado por esta corte de asesinos fanáticos que se arrogaron el derecho, desde el principio, la representación de abstracciones como pueblo o clase trabajadora, exprimiendo hasta más allá del límite su mortalidad, sólo podía sobrevivir justificándose a sí mismo y aposentando su enorme culo enrojecido por la sangre de sus víctimas en cuantas cabezas nucleares fuesen posible producir. Tan inmersos en el colosal vado de sangre, que si no hubieran podido avanzar más, regresar les hubiera resultado tan tedioso como seguir adelante.
*Tomado del blog NEGRATINTA.