lunes, 19 de septiembre de 2016

T. S. Eliot, poeta estadounidense que te baila en la cuerda floja, que te desnuda tu obsecada respiración, de que hay algo mejor, pero que va, está ahí algo de lo mejor de la poesía en inglés del siglo XX.





T. S. Eliot, San Luis, Misuri, 26 de septiembre de 1888. Luego a los 25 años, se traslada a Londres, donde adquiere la nacional inglesa en 1927, poeta con doble nacionalidad, más reconocido en el exterior que en su tierra, es de suponer, y de no reconocerlo como estadounidense.

Eliot escatológico, en sus comienzos, Inventos de la liebre de marzo, de monólogo interior a monólogo dramático, La tierra Baldía (The Waste Land), y los cuatro cuartetos, suficiente para un Premio Nóbel en 1948. Con ese contrapunteo que caracteriza a los músicos.

Su contacto con el imaginista Ezra Pound, que le llevaba tres años, al cual consideraba a Eliot sobrino. No conocemos ninguna fotografía entre los dos, eso pasa entre los mejores amigos, le ayudó a publicar y ponerlo en contacto con la literatura inglesa de principios del siglo XX.

Si unos poetas de ahora consideran que es mejor Ezra Pound, le pasamos la sugerencia que lo vuelvan a pensar, después de releerlo, en una atmósfera mística, donde el anglicano descansa en su escogencia ante la locura de Ezra, y de su primera mujer.

Fundador en 1922 de la influyente revista Criterion.
Ayer estuve en una iglesia anglicana, y pensé en ese Cristo hecho persona, que medita su personalidad y su seducción en el poeta Eliot.

Cuando leí sus cuatro cuartetos en mi juventud pensé que lo había leído todo, abriéndome a una imaginación única con magnificas consecuencias: mis primeros libros de poesía, El Portero de los Monstruos, 1976, y mi ensayo poético, Away care, mariposa herida tragada a picos por una paloma, 1979.

Anécdota tomada de Wikipedia

“Una de las posibles causas de las restricciones al acceso a los papeles de Eliot,  en los setentas, puede ser el miedo a revelaciones sobre sus pretendidas tendencias homosexuales y opiniones antisemitas. Sobre este particular, en el documental de RTVE titulado Jaime Gil de Biedma. Retrato de un poeta se recoge una carta de éste a su amigo, el diplomático Paco Mayáns, en la que Gil de Biedma —reconocido poeta homosexual—, refiriéndose a su larga estancia en Inglaterra en los años 50, dice textualmente (la propia carta se visualiza en pantalla): «Hace días que cohabito con T.S.E. [es decir, T. S. Eliot] con gran placer por mi parte y con algo menos por parte de mi familia, que se ha revelado un tanto insensible a los encantos de la prosodia inglesa. Hablan de echarnos a los dos a la calle».

Addenda
Mejor leálo en inglés, para hacer más contemporáneo. Retire el plato del café caliente.


Gabriel Jaime Caro (Gajaka)


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 T.S. Eliot

La tierra baldía

                                                A Ezra Pound il miglior fabbro.

1. El entierro de los muertos

Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.
El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo
la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
una pequeña vida con tubérculos secos.
Nos sorprendió el verano, precipitóse sobre el Starnbersee
con un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,
y luego, bajo el sol, seguimos dentro de Hofgarten,
y tomamos café y charlamos durante una hora.
                Bin gar keine Russin, stamm' aus Litauen, 
                echt
 deutsch.
Y cuando éramos niños, de visita en casa del archiduque,
mi primo, él me sacó en trineo.
Y yo tenía miedo. Él me dijo: Marie,
Marie, agárrate fuerte. Y cuesta abajo nos lanzamos.
Uno se siente libre, allí en las montañas.
Leo, casi toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.

¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tú sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.

                    
Frisch weht der Wind
                    Der Heimat zu
                    Mein Irisch Kind,
                    Wo weilest du?


"Hace un año me diste jacintos por primera vez;
me llamaron la muchacha de los jacintos".
-Pero cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos,
llevando, tú, brazados de flores y el pelo húmedo, no pude 
hablar, mis ojos se empañaron, no estaba
ni vivo ni muerto, y no sabía nada,
mirando el silencio dentro del corazón de la luz.
                      
                            Oed'und leer das Meer.


Madame Sosostris, famosa pitonisa,
tenía un mal catarro, aun cuando
se la considera como la mujer más sabia de Europa,
con un pérfido mazo de naipes. Ahí -dijo ella-
está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó,
(estas perlas fueron sus ojos. ¡Mira!)
aquí está la Belladonna, la Dama de las Rocas,
la dama de las peripecias.
Aquí está ell hombre de los tres bastos, y aquí la Rueda,
y aquí el comerciante tuerto, y este naipe
en blanco es algo que lleva sobre la espalda
y que no puedo ver. No encuentro
el Ahorcado.Temed la muerte por agua.
Veo una muchedumbre girar en círculo.
Gracias. Cuando vea a la señora Equitone,
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
¡una tiene que andar con cuidado en estos días!

Ciudad irreal,
bajo la parda niebla del amanecer invernal,
una muchedumbre fluía sobre el puente de Londres, ¡eran tantos!
Nunca hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.
Exhalaban cortos y rápidos suspiros
y cada hombre clavaba su mirada delante de sus pies.
Cuesta arriba y después calle King William abajo,
hacia donde Santa María Woolnoth cuenta las horas
con un repique sordo al final de la novena campanada.
Allí encontré un conocido y le detuve gritando: ¡Stetson!
¡tú que estuviste contigo en los barcos de Mylae!
¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
ha empezado a germinar? ¿Florecerá este año?
¿No turba su lecho la súbita escarcha?
¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,
pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas!
Tú, hypocrite lecteur! -mon semblable -mon frère!"


* * * * *


2. Una partida de ajedrez

La silla en que estaba sentada, como un bruñido trono,
se reflejaba en el mármol, donde el espejo
de soportes labrados con pámpanos y racimos
entre los cuales un Cupido dorado se asomaba
(otro ocultaba sus ojos bajo el ala)
copiaba las llamas de los candelabros de siete brazos
que arrojaban su luz sobre la mesa mientras
el brillo de sus joyas, desbordando profusamente
de los estuches de raso, subió a su encuentro.
En redomas de marfil y cristal policromo,
destapadas, acechaban sus raros perfumes sintéticos,
ungüentos, en polvo o líquidos -turbando, confundiendo
y ahogando los sentidos en olor; agitados por el aire 
fresco que soplaba de la ventana, ascendían,
alimentando las alargadas llamas de las velas,
proyectando sus humos sobre los laquearios, 
animando los diseños del artesonado techo.
Enormes leños arrojados por el mar, patinados de cobre, 
ardían verdes y anaranjados, en su marco de piedra policroma,
y en su luz mortecina nadaba un delfín tallado. 
Sobre la repisa de la chimenea -ventana abierta 
a una escena silvestre- estaba representada
la Metamorfosis de Filomela, tan rudamente forzada
por el bárbaro rey; pero aún allí el ruiseñor
llenaba todo el desierto con inviolable voz
y todavía ella lloraba, y aún el mundo persigue
"Tiu Tiu" a oídos sucios.
Y otros tocones marchitos de tiempo 
se alzaban en los muros, donde figuras de ojo abiertos
se inclinaban, imponiendo silencio a la estancia. 
Se oyeron pasos en a escalera. 
Al resplandor del fuego, bajo el cepillo, sus cabellos
se cruzaron en puntos ígneos, 
brillaron en palabras y se aquietaron salvajemente. 

"Estoy nerviosa esta noche. Muy nerviosa. Quédate conmigo.
Háblame. ¿Por qué nunca hablas? Habla.
¿En qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?
Nunca sé en qué piensas: Piensas."

Creo que nos hallamos en la calleja de las ratas 
donde los muertos perdieron sus huesos.

"¿Qué ruido es ese?"
                      El viento bajo la puerta. 
"¿Qué ruido es ese ahora? ¿Qué hace el viento?"
Nada, como siempre. Nada. 
                                                                   "¿No
sabes nada? ¿No ves nada? ¿No
te acuerdas
de nada?"

Recuerdo
que esas perlas fueron sus ojos. 
¿Estás viva o no ? ¿No hay nada en tu cabeza?
                                                                      Pero
O O O O ese aire Shakespeareriano:
es tan elegante
tan inteligente.

¿Qué haré ahora ? ¿Qué haré?
¿Salir tal como estoy y andar por la calle
así sin peinar? ¿Qué haremos mañana?
¿Qué haremos siempre?'
                                Agua caliente a las diez.
Y si llueve, un coche cerrado a las cuatro.
Y jugaremos una partida de ajedrez,
apretando nuestros ojos sin párpados, esperando que llamen a la puerta.

Cuando licenciaron al marido de Lil, yo dije 
y no pesé mis palabras, lo dije sin ambages,
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Ahora Alberto va a regresar, procura lucir mejor.
Él querrá saber qué hiciste con el dinero que te dio
para arreglarte los dientes. Te lo dio, yo estaba allí:
que te los extraigan todos, Lil, y que te pongan una buena dentadura,
dijo él , juro que no puedo soportar mirarte.
Y yo tampoco, dije yo; piensa en el pobre Alberto,
que ha estado en el ejército durante cuatro años, quiere divertirse, 
y si no lo hace contigo, ya encontrara otras, dije yo.
Entonces ya sé a quién agradecérselo, dijo ella, mirándome fijamente.
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA 
Si esto no te gusta, lo mismo da, dije yo. 
Otras se aprovecharán si tú no puedes.
Pero si Alberto se marcha, no podrás decir que no te han avisado.
Deberías avergonzarte, dije, de parecer tan vieja
(y no tiene más que treinta y un años)
no es culpa mía, dijo, poniendo cara triste.
Son esas píldoras que tomé para abortar, dijo.
(Ha tenido cinco ya, y casi se muere en el parto de Jorge.)
El boticario me dijo que no sería nada, pero nunca he vuelto a ser la misma.
Eres una tonta de capirote, dije yo.
Bueno, si Alberto no te suelta, no puedes quejarte, dije.
Por qué te casaste si no te gustan los niños?

DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Bueno, aquel domingo Alberto estaba en casa, tenían jamón, 
me invitaron a cenar para que saboreara el jamón caliente.
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Buenas noches, Bill. Buenas noches, Lou. Buenas noches,
May. Buenas noches.
Adiós, adiós. Buenas noches. Buenas noches. 
Buenas noches, señoras, buenas noches, adorables señoras,
buenas noches, buenas noches.





Pound, Eliot y Virginia Woolf.


viernes, 16 de septiembre de 2016

Filosofía en contravía de Gabriel del Casal. A Miguel Servet (II).





Parte dos

fILOSOFÍA en cONTRAvía

Por Gabriel del Casal, con solo un inmueble.

Los seres mudos que solo chirrían. Es la rata un ser. 
Pascual Baylón, san nadie, para no aguar la fiesta, al chaman no le alcanza, sino ha leído a Aristóteles, aburrido, y mucho menos Empédocles y Heráclito de Efeso.

En 1553, alguien dijo entre los del culto calvinista, es Miguel Servet, el hereje. Condenado por la inquisición española!

II

Si la filosofía empezó imperfecta, dice la reguetonera, como el cine, y la amistad. Que más da, las dos anteriores empezaron perfectas.

III

Eran los teólogos de la Reforma tan grandes exequo, Galileo, o todos se enredaban con el Cristo, que si el madero, con flis con fluas. Esta si, el gran Lucifer, digo yo.

IV

Nadie dijo Dios a muerto, solo Cristo Jesús, o el Cristo hermético de las vírgenes en rocas, para que nadie hable más de las vírgenes.
Lo sublime vino con san Juan de la Cruz, sin la reforma, ni la contrarreforma.

V

El científico, decía lo que se ocultaba, lo que hacen hoy los islámicos, y se armaba la gorda. Los solitarios que solo rezaban, fueron reclutados por el Santo Oficio, y así los educaban, con el odio por lo execrable, según ellos.

VI

Ha nacido Voltaire, falso, el dios que no es Jesús, Cristo de nuevo, y los marranos esperando el mesías.

Sin el permiso de Hegel, nació Nietzsche, y este engendró sin eyaculación precoz, a filósofos muy por encima del Materialismo incidental, el que pasa por las universidades, mentor.

VI

Los cuatro cantones suizos que te condenaron a morir en la hoguera de la manera más atroz, eras acaso un monstruo no humano?
Sin Erasmo vivo, el que te hubiera salvado de ese segundo o tercer juicio con la inquisición francesa. Vaya fasha, el pobre cervantino que hubiera podido ser.

VII

Inventor después de Juan el bautista, del bautizo en uso de razón, olvidadizo, fue declarada herejía, y a la hoguera. No tenía novia, su novia era la ciencia aplicada a la teología inquisidora. Pobre hombre cuando se emborracha con la uva de Navarra.

VIII

Ni católicos, ni protestantes del siglo 16, de lo peorcito del cristianismo.

A Carlos Enrique Restrepo, In memoriam.





Pintura de El Greco. Tiene un alto parecido a Servet, si este hubiera llegado a viejo. pues murió de 42 años.



sábado, 3 de septiembre de 2016

Miguel Servet (Teólogo y científico), Hay que leerlo en latín para entender su gran magnitud: pensamiento y libertad.



Miguel Servet, 1509(?)-1553. Nació en Huesca (Aragón), y murió quemado vivo en Ginebra.
<*>
"No deseamos algo por ser bueno, sino que llamamos bueno a lo que deseamos"
Baruch Spinoza
I Parte


Escritos y obras
Contexto
De Trinitatis Erroribus salió a la luz el verano de 1531, en Hagenau (Alsacia). Breve libro destinado a provocar una profunda revolución en el mundo religioso. Fue escrito en latín utilizando expresiones fáciles de comprender, que a pesar de presentar pensamientos no demasiado bien compendiados ni bien estructurados tenía una intención bastante clara y demostraba el sorprendente bagaje lector de su joven autor. Fue puesto a la venta en las ciudades del Rin y rápidamente se propagó por Suiza, Alemania y el norte de Italia, y allí donde se leía, recibía especial atención. Miguel Servet había confiado inocentemente en que los reformadores recibirían de buen grado su contribución a la causa de la Reforma tan pronto como tuvieran tiempo de reflexionar sobre lo que decía; sin embargo, les llenó de gran consternación.
Contexto
A instancias de Ecolampadio, Bucer escribió una refutación del libro de Miguel Servet Trinitatis Erroribus, que nunca se atrevió a publicar, y le advirtió que aunque a él no le hiciera el más mínimo daño, el juez no le permitiría pasar más tiempo en Estrasburgo y ni él mismo podría interceder a su favor ante el juez. Por lo tanto, Miguel Servet regresó a Basilea, donde ya había vivido anteriormente dando clases de lengua. Se llevó con él una parte de la edición de su libro para venderlo allí o enviarlo a la feria del libro de Lyon. Aquí también se encontró con una profunda aversión hacia él. En consecuencia, escribió a Ecolampadio proponiendo abandonar la ciudad si eso era lo mejor pero también diciendo que deseaba publicar una retractación de lo que había escrito. Se le concedió indulgencia y el resultado fue que, a la primavera siguiente, publicó otro libro más corto, titulado Dialogorum de Trinitate, un diálogo ya que en esa época ésta era la forma preferida de tratar cualquier tema.
Contexto
En una época de creciente interés por el empirismo, la popularidad de Ptolomeo había aumentado y Trechsel le pidió a Miguel Servet que mejorara la obra del geógrafo griego. Esto significaba que Miguel Servet (firmando como Michael Villanovanus) sería el responsable de no sólo traducir y corregir el texto sino también de crear secciones nuevas que actualizaran la obra.
Contexto
Se trata de la réplica de Miguel Servet a la obra Apologia de Leonhart Fuchs en defensa de su amigo Symphorien Champier, un conocido galenista y antiarabista. El estudio de la medicina en aquellos tiempos llegaba a poco más que la interpretación filológica de los textos griegos y latinos redescubiertos durante el Renacimiento. Muchos académicos escribían tratados que intentaban depurar los conceptos médicos de Hipócrates y Galeno, eliminando las adiciones y modificaciones introducidas por los árabes. Los hechos se sucedieron como sigue:
Contexto
En 1537 Miguel Servet escribió Syruporum universa ratio en París. Con este texto demostró un profundo conocimiento de las obras médicas griegas de Galeno pero, como humanista, no dudó en corregirle si la experiencia demostraba que estaba equivocado en algo. Su conocimiento de las obras antiguas y contemporáneas era asombroso; citaba a Galeno, Hipócrates, Avicena, Rhazés, Oribaso, Manardus (Giovanni Manardi, 1462-1536), Aristóteles, etc. En cuanto a las enseñanzas de los árabes, cambió radicalmente de opinión y aconsejaba un enfoque crítico de las obras de éstos. No confiaba ciegamente en ninguna escuela pero respecto a los análisis teóricos defendía los conceptos fisiológicos y médicos de Hipócrates. El problema que preocupaba era el uso de los jarabes para la digestión, llamados en ese tiempo "brebajes". Los árabes mantenían la idea de que los jarabes mejoraban la "vis concotrix" (digestión), mientras que la escuela hipocrática, respaldada por Miguel Servet, tenía esta concepción de la "vis medicatrix naturae" (medicina): "... no se necesitan jarabes para una digestión normal si el órgano no está enfermo: en este caso basta con dormir, descansar, recibir masajes, bañarse, beber y comer de forma moderada."



Contexto
La astrología todavía gozaba de buena reputación y los límites entre ella y la meteorología no se habían definido claramente. Teólogos como Melanchthon creían en ella y la practicaban, y reyes y príncipes importantes disponían de astrólogos en la corte a los que consultaban antes de tomar decisiones importantes. En sus discursos y en un panfleto publicado sobre el tema, Miguel Servet hizo comentarios irreverentes sobre los académicos médicos de la época, tildándoles de ignorantes por no hacer caso de este tema importante y refiriéndose a ellos como una plaga para la humanidad. Sus colegas de la facultad enfurecieron y le arrastraron ante el Inquisidor por herejía. Como fue absuelto de este cargo, le procesaron ante la Corte Suprema por propugnar la práctica de la adivinación, que estaba prohibida bajo pena de muerte en la hoguera. La Corte ordenó a Miguel Servet que retirara de la circulación su panfleto, que mostrara más respeto por sus colegas y que dejara de dar discursos sobre el tema. En este momento, consideró que ya había disfrutado de suficiente vida académica y decidió irse de parís para empezar a ejercer la medicina.
Contexto
En 1542 Miguel Servet aparece como el editor de la Biblia de Pagnino. La teología y la medicina eran las disciplinas más importantes de este periodo. La teología se estudiaba a partir de la traducción de la Biblia al latín, y los textos de Galeno en su traducción al árabe eran la base para el estudio de la medicina. Existían varias versiones de la Biblia: en España, la Biblia políglota complutense, cuya publicación fue dirigida por el cardenal Francisco Ximenes de Cisneros con la colaboración de los académicos más distinguidos de Europa como son Nebrija, Vergara, Coronel y López de Zúñiga; la de Erasmo en Holanda; la de Calvino en Ginebra; la de Santes Pagnino en Lyon y la de Sébastien Castellion en Suiza. Santes Pagnino (1470 -1541) era un monje dominico de Luca y discípulo de Savonarola (1452-1498, fue ahorcado y quemado en Florencia por herejía y crítica a las prácticas de la iglesia), además de un erudito en el hebreo y otras lenguas clásicas. Pagnino fue profesor de Lenguas Clásicas en la Escuela de lenguas orientales fundada por el Papa León X. Dedicó veinticinco años a la traducción de su Biblia al latín a partir de las lenguas originales, publicada por primera vez en Lyon en 1527-1528. Se considera que es la primera versión de una Biblia compuesta por capítulos. La siguiente edición apareció en 1541 en Colonia. Fue editada por Melchior Novesianus, corregida por Miguel Servet y publicada por Hugues de la Porte en 1542. Ese mismo año se llevaron a cabo dos reimpresiones más.
Contexto
Miguel Servet de nuevo se sintió obligado a publicar sus puntos de vista porque un pasaje de las Escrituras le había convencido de que el reino del anticristo (el papado) llegaría a su fin en 1585. Tenía la firme convicción de que él era el Miguel al que se le profetizaba que sometería al gran dragón. Un amigo impresor de Basilea al que ofreció el manuscrito, no se atrevió a imprimirlo. Finalmente, tras muchas dificultades y habiendo desembolsado mucho dinero, se imprimió secretamente en una casa vacía de Vienne sin mencionar el lugar, el impresor ni su autor. No obstante, Miguel Servet no pudo resistir la tentación de incluir sus propias iniciales al final e insertar su nombre en diversas partes del texto. Esta obra se tituló Christianismi Restitutio. Cerca de la mitad del libro, consistía en un reaprovechamiento del contenido de dos textos escritos anteriormente por Miguel Servet acerca de la Trinidad. Sólo había añadido sus treinta cartas a Calvino y un discurso dirigido a Melanchthon, conformando en total un libro de casi 700 páginas. Se centraba en su opinión sobre la necesidad de una reforma del cristianismo más rigurosa y completa que la emprendida por los protestantes. Aunque su línea de pensamiento estaba más desarrollada, fundamentalmente no difería de otras obras anteriores. Aun así, era más violenta que antes y, mientras se dirigía más o menos por igual a los católicos y a los protestantes, se mostraba especialmente duro hacia los reformadores y criticaba severamente la doctrina tradicional de la Trinidad con todas las armas proporcionadas por la razón, la historia o las Escrituras. Es en este libro donde Miguel Servet describió la circulación de la sangre, proceso que se menciona en la sección "pasajes de la obra".

Entre otras obras que publicó, podría haber una edición en español de la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino aunque no se ha encontrado ningún ejemplar y tampoco se sabe dónde podría haberse publicado. También existen varios tratados sobre gramática traducidos del latín al español. Esta información fue facilitada por Jean Frellon, un librero de Lyon, durante su declaración del 23 de mayo de 1553. Resulta interesante el hecho de que publicara un lexicón hebreo y quizás también una edición del Corán en árabe.

sábado, 27 de agosto de 2016

El César Vallejo que yo conocí, por Ciro Alegría. El autor de Trilce, revolucionaba la lengua como una fiera, en sus escarceos, con su creación poética.




EL CÉSAR VALLEJO que yo conocí *

Ciro Alegría  

Corría el año 1917 y yo vivía con mis padres en una hacienda de la sierra del norte del Perú, situada exactamente en las últimas estribaciones andinas de la provincia de Huamachuco. Se llama Marcabal Grande y hasta esa hacienda llega ya, subiendo por el cañón abismal del río Marañón, el rescoldo cálido de la selva amazónica. Mi vida había sido la de un niño campesino, hijo de hacendados, a quien su padre enseña en el momento oportuno a leer y escribir pasablemente y las artes más necesarias de nadar, cabalgar, tirar al lazo y no asustarse frente a los largos caminos * Publicado en Cuadernos Americanos, México, noviembre-diciembre 1944. ** Ciro Alegría nació en Quilca, Perú, el 4 de noviembre de 1909. En 1916 entró al Colegio San Juan, en cuyas aulas tuvo como maestro a César Vallejo. Realizó sus estudios universitarios en la Publicado en 1944, este texto es un recuerdo y un retrato del escritor peruano César Vallejo, maestro de Ciro Alegría en sus años de infancia. THE CÉSAR VALLEJO WHO I KNEW* Published in 1944, this text is a memory and a picture of the Peruvian writer César Vallejo, Ciro Alegria’s teacher in his childhood years. LE CÉSAR VALLEJO QUE J’AI CONNU* Ce texte, publié en 1944, est une mémoire et une image de l’écrivain péruvien César Vallejo, enseignant de Ciro Alegría, écrivain lui-même, pendant ses années d’enfance. C. ALEGRÍA EL CÉSAR VALLEJO QUE YO CONOCÍ 82 NUEVA ÉPOCA AÑO 19 NÚM. 50 ENERO-ABRIL 2006 y las tormentas. Alternaba mis trajines por el campo, –donde me placía de modo especial un paraje formado por cierto árbol grande y cierta piedra azul–, con lecturas de Andersen, Las mil y una noches y otros libros maravillosos, entre ellos un grueso volumen del naturalista Raimondi sobre viajes y exploraciones de la selva que me parecía igualmente fantástico. Yo soñaba con ir a la selva, pero no como un sabio a estudiarla sino como un pionero. Conquistaría ese mundo poblado de árboles innumerables y de indios bravos. A los siete años de edad, tales eran mis conocimientos y mis anhelos, pero mis padres abrigaban ideas más amplias sobre mi preparación y un día me anunciaron que debía ir a Trujillo, una lejana ciudad de la costa, a estudiar. 



En compañía de un hermano menor de mi padre, que pasó con nosotros sus vacaciones, hice el largo viaje. Esos fueron para mí reveladores días en que trotamos a través de dos riscosas cadenas de los Andes, bajando muchas veces hasta valles cálidos ubicados en el fondo de las quebradas y los ríos y subiendo, otras tantas, hasta altos páramos rodeados de rocas contorsionadas. Vimos muchos pueblos y aldeas y nos golpearon frecuentemente los tenaces vientos y lluvias de marzo. Dado el fin de estas líneas, debo apuntar que estuvimos en la ciudad de Huamachuco, capital de nuestra provincia, y que saliendo de allí y al encaminarnos hacia una cordillera muy alta, se abrió el camino a la ciudad de Santiago de Chuco, capital de la provincia limítrofe, donde había nacido César Vallejo. En ese largo viaje a caballo, que duró siete días sin contar el tiempo que pasamos en casa de amigos que mi padre tenía en la región, me impresionaron sobre todo las altas montañas de los Andes, la puna enhiesta, llena de soledad y silencio y una sobrecogedora dramaticidad que parece nacer de sus inmensas rocas que se parten, formando abismos de vértigo o trepan y trepan con un terco afán de altura que no se cansa de herir el toldo encapotado del cielo. A veces, el paisaje se dulcifica un poco, tiene bondad de árboles frutales en los valles y ternura de sombríos ondulantes en las laderas, pero todo ello no es sino una tregua, porque predominan las rijosas montañas que se desnudan subiendo a diez o quince mil o más pies de altura. En el alma de quien cruce los Andes o viva allí, persistirá siempre la universidad nacional de Trujillo, donde en 1930 se adhirió al APRA de Haya de la Torre, al tiempo que comenzaba sus actividades periodísticas y literarias. 



En 1931 encabezó una manifestación en Cajamarca. Arrestado y torturado, fue liberado un año después y deportado a Chile en 1934, iniciando un largo exilio de 26 años. En esos años escribió La serpiente de oro (1935), Los perros hambrientos (1938) y El mundo es ancho y ajeno (1941). Después de vivir en Estados Unidos, Puerto Rico y Cuba, Ciro Alegría regresó a tierra andina en 1960, donde fue elegido miembro de la Academia Peruana de la Lengua. Murió en Lima en 1967. MUNDO ANDINO: HISTORIA, CULTURA Y REBELIÓN DOSSIER ARGUMENTOS UAM-X MÉXICO 83 impresión, que es como una herida, del paisaje abrupto hecho de elevadas mesetas, donde apenas crecen pajonales amarillentos, y de roquedales clamantes. Hay tristeza y, sobre todo, una angustia permanente y callada. Los habitantes de ese vasto drama geológico, casi todos ellos indios o mestizos de indio y español, son silenciosos y duros y se parecen a los Andes. Aun los de pura ascendencia hispánica o los foráneos recién llegados, acaban por mostrar el sello de las influencias telúricas. Azotados por las inclemencias de la naturaleza y las inclemencias sociales, –en exponer éstas ya he empleado varios centenares de páginas– sufren un dolor que tiene una dimensión de siglos y parece confundirse con la eternidad. Todo lo dicho viene a cuento porque, días después de aquel viaje, debía encontrar en mi profesor César Vallejo, a un hombre que procedía de esos extraños lados del mundo y los llevaba en sí. El caso es que llegamos a Trujillo, ciudad de la costa clara y soleada, agradablemente cálida. En su ambiente colonial, con trece iglesias de labrados altares y casas de grandes portones, patios amplios y balcones de estilo morisco, daban su nota de modernidad los automóviles que corrían por calles pavimentadas, la luz eléctrica, los trenes que traqueteaban y pitaban yendo y viniendo de los valles azucareros o el puerto próximo. Mi niñez, acostumbrada a la naturaleza virgen estaba muy asombrada de tanta máquina y del cine y otras cosas más, inclusive de la numerosa gente locuaz, que vestía a la moda. 



Hasta que un día, cuando mis piernas endurecidas y adoloridas por la cabalgata se agilizaron, mi abuela resolvió mandarme a clase. Un circunspecto señor, cargado de años y sapiencia, estaba de visita en casa la noche de un domingo, y entonces escuché, por primera vez el nombre de Vallejo y las discusiones que provocaba. Se habló de que al día siguiente iniciaría mis estudios. — Si tuviera un nieto, –opinó el señor en un tono de sugerencia– lo mandaría al Seminario. Está regido por eclesiásticos y es muy conveniente... Yo era todo oídos escuchando esa conversación que me revelaba mi destino de estudiante. Mi abuela repuso con dignidad: — Es que su padre ha escrito que se lo ponga en el Colegio Nacional de San Juan. Es lo que ha dicho terminantemente. Todos los hombres de la familia se han educado allí. — ¿Y a qué año va a ingresar? — Al primer año de primaria... El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado: — ¡Mi señora!, esa ya no es cuestión de colegios sino de buen sentido... ¿Sabe usted quién es el profesor de primer año en San Juan? ¿Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hombre a quien le falta un tornillo... C. ALEGRÍA EL CÉSAR VALLEJO QUE YO CONOCÍ 84 NUEVA ÉPOCA AÑO 19 NÚM. 50 ENERO-ABRIL 2006 — Al fin y al cabo... para enseñar el primer año... –dijo mi abuela tratando de calmarlo. 



Mas nuestro visitante estaba evidentemente resuelto a salvar del peligro a un pobre niño indefenso como yo y argumentó: — No, no, mi señora... Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. ¿No podrían ponerlo en segundo año? Al entrar me sorprendió ver que el niño estaba leyendo el periódico... Mi presunto salvador puso una cara de desconsuelo cuando mi abuela apuntó: — Sí, ya sabe leer y escribir aceptablemente, pero no las otras materias que se enseñan en el primer año. El anciano estaba evidentemente resuelto a agotar todos sus recursos para librar a mi pobre cerebro de influencias perturbadoras y tomó un rumbo más pacificador. — Pero no me va usted a discutir, señora mía, que en cuanto a educación y especialmente en cuanto a religión se refiere, el Seminario es el mejor colegio. Está adquiriendo mucho prestigio... Y mi abuela: — En San Juan también enseñan la religión, según el reglamento de estudios y no son anticatólicos... El señor abandonó la partida, pero sin duda para consolarse a sí mismo, se puso a hacer consideraciones fatales para el modernismo y no sé cuántos ismos más y luego echó rayos y centellas de carácter estético contra el arte de mi profesor, todo lo cual no entendí. Marchóse por fin, llevándose una expresión de discreta contrariedad y no sin desearme buena suerte en una forma entre esperanzada y compasiva. Me fue difícil conciliar el sueño en medio de la inquietud que se apodera de un niño que irá a la escuela por primera vez y pensando en mi profesor, que según decían era poeta y a quien el severo anciano había llamado loco cuando no idiota. Mi compañero de viaje, que era también estudiante del mismo colegio, me llevó hasta el local. 



“Los habitantes de ese vasto drama geológico, casi todos ellos indios o mestizos de indio y español, son silenciosos y duros y se parecen a los Andes [...] Azotados por las inclemencias de la naturaleza y las inclemencias sociales [...] sufren un dolor que tiene una dimensión de siglos y parece confundirse con la eternidad [...] días después de aquel viaje, debía encontrar en mi profesor César Vallejo, a un hombre que procedía de esos extraños lados del mundo y los llevaba en sí”. MUNDO ANDINO: HISTORIA, CULTURA Y REBELIÓN DOSSIER ARGUMENTOS UAM-X MÉXICO 85 — Por aquí no entran ustedes, –me dijo al llegar a una gran puerta sobre la cual se leía la inscripción DIOS y LA PATRIA– esta puerta es para nosotros los de la sección media. Vamos por allá... Caminamos hasta la esquina y, volteando, se abrió a media cuadra la puerta que usaban los profesores y alumnos de la sección primaria. Nos detuvimos de pronto y mi tío presentóme a quien debía ser mi profesor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: “Vente por acá”. Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome: — Aquí te vas a sentar... Pon adentro tus cositas... No, así no... Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más grande, debajo y encima tu libro... También tu gorrita... Cuando dejé arregladas todas mis cosas, siguió: — Muchos niños prefieren sentarse más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho... Pero tú vas a ser un buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto? Yo no sabía nada de las pequeñas mañas de los chicos, de modo que no entendía bien a qué se refería, pero contesté con ingenuidad: — Sí, mi mamita me ha dicho que estudie mucho... El sonrió dejando ver unos dientes blanquísimos y luego me condujo hasta la puerta. 



Llamó a uno de los chicuelos que estaban por allí jugando la pega y le dijo: — Este es un niño nuevo: llévalo a jugar... Entonces se marchó y vinieron otros chicos, todos los cuales se pusieron a mirarme curiosamente, sonriendo. “¡Serrano chaposo!”, comentó uno viendo mis mejillas coloradas, pues los habitantes de la costa tienen generalmente la cara pálida. Los demás se echaron a reír. El chico encargado de llevarme a jugar, me preguntó sabiamente: — ¿Sabes jugar la pega? Le dije que no, y él sentenció: — Eres muy nuevo para saber jugar. Me dejaron para seguir correteando. Yo estaba muy azorado y el bullicio que armaban todos me aturdía. Busqué con la mirada a mi profesor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, conversando con otro profesor gordo y de bigote erguido, buen hombre a quien yo también habría de llamar Champollion, C. ALEGRÍA EL CÉSAR VALLEJO QUE YO CONOCÍ 86 NUEVA ÉPOCA AÑO 19 NÚM. 50 ENERO-ABRIL 2006 como hacían los estudiantes desde muchas generaciones atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar. Cruzando otra puerta, llegué a un gran patio donde había muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí caminando y encontré otro patio, donde los estudiantes eran más grandes. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios, muchos salones, muchas arquerías. Las paredes estaban pintadas de un rojo claro, casi sonrosado, quizá para templar la severidad de un edificio que, en antiguos tiempos, había sido convento. Sonó la campana y yo no supe volver a mi salón. Me perdí, entrando equivocadamente a otro. Vino a sacarme de mi confusión el propio Vallejo quien, al notar mi ausencia, se había puesto a buscarme de salón en salón. Cogiéndome de la mano, me llevó con él. Aun recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa, apretando mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro. Me quise soltar y él me la retuvo. Mientras caminábamos por los amplios corredores desiertos, me iba diciendo sin que yo atinara a responderle: — ¿Por qué te pusiste a caminar? ¿Te encontraste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio... Este colegio es muy grande... ¿Estás triste? 



Llegamos a nuestro salón y me condujo hasta mi banco. El pasó a ocupar su mesa, situada a la misma altura de nuestras carpetas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a nosotros. En ese momento me di cuenta de que el profesor no se recortaba el pelo como todos los hombres sino que usaba una gran melena lacia, abundante, nigérrima. Sin saber a qué atribuirlo, pregunté en voz baja a mi compañero de banco: “¿Y por qué tiene el pelo así?” “Porque es poeta”, me cuchicheó. La personalidad de Vallejo se me antojó un tanto misteriosa y comencé a hacerme muchas preguntas que no podía contestar. El había de sacarme de mi perplejidad dando, con la regla, dos golpecitos en la mesa. Era su modo de pedir atención. Anunció que iba a dictar la clase de geografía y, engarfiando los dedos para simular con sus flacas y morenas manos la forma de la tierra, comenzó a decir: — Niñosh... la Tierra esh redonda como una naranja... Eshta mishma Tierra en que vivimosh y vemosh como shi fuera plana, esh redonda. Hablaba lentamente, silbando en forma peculiar las eses, que así suelen pronunciarlas los naturales de Santiago de Chuco, hasta el punto en que por tal característica son reconocidos por los moradores de las otras provincias de la región. Se levantó después para dibujar la Tierra en el pizarrón y durante toda la clase nos repitió que era redonda, no siendo eso lo único sorprendente sino también que giraba sobre sí misma. Dio como pruebas las de la salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y desaparecen los barcos en el mar y otras más. Yo estaba sencillamente maravillado, tanto de que este mundo en el cual vivimos fuera redondo y MUNDO ANDINO: HISTORIA, CULTURA Y REBELIÓN DOSSIER ARGUMENTOS UAM-X MÉXICO 87 girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi profesor. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, César Vallejo se limpió la tiza que blanqueaba sobre una de sus mangas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los garfios de sus dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que conversaba con los otros profesores. Digo esto porque tenía un aire muy distraído. De nuevo en el salón, era hora de estudio. La próxima sería de lectura. Había que repasar la lección. Me llevó junto a él y abrió mi libro en la sección de Pato. Tuve confianza en mi sabiduría y le dije: — Ya pasé Pato hace tiempo. También Rosita y Pepito. Yo sé todo este libro... Vallejo me miró inquisitivamente: — ¿Sabes también escribir? A mi pregunta afirmativa, me pidió que escribiera mi nombre y después el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escribir su apellido, pero tuve suerte al decidirme y salí bien. Me probó con otras palabras y una frase larga. La cosa parecía divertirle. Después me preguntó: — Y si sabes leer y escribir, ¿por qué te han puesto en primer año? — Porque no sé otras cosas... Entonces me dijo que fuera a sentarme. Traté de conversar con mi compañero de banco, quien me cuchicheó que estaba prohibido hablar durante la hora de estudio. Miré a mi profesor. César Vallejo, –siempre me ha parecido que esa fue la primera vez que lo vi–, estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abundosa melena negra, su faz mostraba líneas duras y definidas. La nariz era enérgica y el mentón, más enérgico todavía, sobresalía en la parte inferior como una quilla. Sus ojos oscuros, –no recuerdo si eran grises o negros– brillaban como si hubiera lágrimas en ellos. Su traje era uno viejo y luido y, cerrando la abertura del cuello blanco, una pequeña corbata de lazo anudada con descuido. Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. 



Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiarme. Cierta extraña e inexplicable pena me sobrecogió. Aunque a primera vista pudiera parecer tranquilo, había algo profundamente desgarrado en aquel hombre que yo no entendí sino sentí con toda mi despierta y alerta sensibilidad de niño. De pronto, me encontré pensando en mis lares nativos, en las montañas que había cruzado, en toda la vida que dejé atrás. Volviendo a examinar los rasgos de mi profesor, le encontré parecido a Cayetano Oruna, peón de nuestra hacienda a quien llamábamos Cayo. Este era más alto y C. ALEGRÍA EL CÉSAR VALLEJO QUE YO CONOCÍ 88 NUEVA ÉPOCA AÑO 19 NÚM. 50 ENERO-ABRIL 2006 fornido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos, tenía gran semejanza. El hombre Vallejo se me antojó como un mensaje de la tierra y seguí contemplándolo. Tiró el cigarrillo, se apretó la frente, se alisó otra vez la sombría melena y volvió a su quietud. Su boca contraíase en un rictus doloroso. Cayo y él. Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospeché que, de tanto sufrir y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que ver tal vez con el misterio de la poesía. El se volvió súbitamente y me miró y nos miró a todos. Los chicos estaban leyendo sus libros y abrí también el mío. No veía las letras y quise llorar... Así fue como encontré a César Vallejo y así como lo vi, tal si fuera por primera vez. Las palabras que le oí sobre la Tierra son también las que más se me han grabado en la memoria. El tiempo había de revelarme nuevos aspectos de su persona, los largos silencios en que caía, su actitud de tristeza inacabable y otros que ya aparecerán en estas líneas. Por la noche, durante la comida, me preguntaron en casa: — ¿Te gusta tu profesor? — Sí, –respondí. Era inexacto. No me había gustado precisamente. Me había impresionado y conturbado, interesándome, pero no sin producirme una sensación de lejanía. Después de la comida, por indicación de mi abuela, escribí a papá. Un pequeño lápiz romo fue garabateando mis impresiones. Cuando llegué a las del colegio y Vallejo, no supe qué decir sobre él. Después de pensarlo mucho y ensayar varias explicaciones, escribí que mi profesor se parecía a Cayo Oruna. Tiempo después, supe que, al leer la carta, mi madre había sonreído con dulzura y mi padre se dio a pensar en el poeta. Amaba a su pueblo y pudo otear a Vallejo desde el fondo de su alma llena de quebrados horizontes andinos. En Trujillo, Vallejo tenía detractores tenaces así como partidarios acérrimos. En casa, como en todas las de la ciudad, las opiniones estaban divididas. Los más lo atacaban. Mi tía Rosa, persona muy culta y dada a leer, que escribía a hurtadillas, era su admiradora incondicional. “¡Es un gran poeta, es un genio!”, decía casi gritando, en medio del barullo de las discusiones. Recuerdo perfectamente, que, cierta vez, llegó un tío mío enarbolando un diario en el cual había un poema de Vallejo. Avanzó hacia nosotros. — A ver, Rosita, quiero que me expliques esto: ¿Dónde estarán sus manos que en actitud contrita, planchaban en las tardes por venir? ¿Esto es poesía o una charada? A ver, explícame... Mi tía Rosa tomó el diario y, a medida que iba leyendo, su faz enrojecía. La mujercita frágil y nerviosa que era, se irguió por fin llena de rabia: MUNDO ANDINO: HISTORIA, CULTURA Y REBELIÓN DOSSIER ARGUMENTOS UAM-X MÉXICO 89 — Este es un hermoso poema y si no lo entiendes, la culpa no es de Vallejo sino tuya, que eres un bruto... La discusión se armó de nuevo. Mientras tanto, yo continuaba yendo a clase. César Vallejo nos enseñaba rudimentos de historia, geografía, religión, matemáticas y a leer y escribir. También trataba de enseñamos a cantar, pero nosotros lo hacíamos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En cuanto a marchar, no se preocupaba de que lo hiciéramos bien, cosa en que ponían gran empeño con sus discípulos los maestros de grados superiores. Cuando los alumnos del colegio pasábamos en formación por las calles, yendo al campo de paseo o en los desfiles del 28 de julio, los del primer año de primaria, con nuestro melenudo profesor a la cabeza, no marcábamos regularmente el paso y éramos una tropilla bastante desgarbada. Oíamos que la gente estacionada en las aceras murmuraba viendo a nuestro profesor: “¡Ahí va Vallejo!”, “¡Ahí va Vallejo!” Algo que le complacía mucho era hacernos contar historias, hablar de las cosas triviales que veíamos cada día. He pensado después en que, sin duda, encontraba deleite en ver la vida a través de la mirada limpia de los niños y sorprendía secretas fuentes de poesía en su lenguaje lleno de impensadas metáforas. 



Tal vez trataba también de despertar nuestras aptitudes de observación y creación. Lo cierto es que, frecuentemente, nos decía: “Vamos a conversar”... Cierta vez, se interesó grandemente en el relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la hora contando como peleaban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba con sus crías en el pozo y cosas así. Cuando me callaba, ahí estaba él con una pregunta acuciante. Sonreía mirándome con sus ojos brillantes y daba golpecitos con la yema de los dedos sobre la mesa. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, me dijo: “Has contado bien”. Sospecho que ése fue mi primer éxito literario. No siempre le producían placer nuestros relatos. Un día, llamó a un muchachito que era decididamente tardo. El pequeño, quizá más trabado por el mal talante “De todo su ser fluía una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiarme. Cierta extraña e inexplicable pena me sobrecogió. Aunque a primera vista pudiera parecer tranquilo, había algo profundamente desgarrado en aquel hombre que yo no entendí sino sentí con toda mi despierta y alerta sensibilidad de niño”. C. ALEGRÍA EL CÉSAR VALLEJO QUE YO CONOCÍ 90 NUEVA ÉPOCA AÑO 19 NÚM. 50 ENERO-ABRIL 2006 que traía nuestro profesor, –tenía la boca y el entrecejo fieramente fruncidos–, no pudo decir casi nada, repitió varias veces la misma frase y de repente calló. “Siéntese”, le ordenó con cierta despectiva rudeza. El chiquillo se fue a su banco y, cruzando los brazos metió entre ellos la cabeza y se puso a llorar ahogadamente. Vallejo se incorporó estremecido y fue hasta el pequeño. Estrechándole las manos lo llevó hasta su mesa, donde le acarició la cabeza y las mejillas hasta calmarlo. Sacó un gran pañuelo para enjugar las lágrimas que brillaban aún sobre la carita trigueña y luego se quedó mirándolo largamente. Sin duda, en la desconsolada angustia del narrador frustrado, sintió ésa que a él mismo solía oprimirlo muchas veces y ha aludido en sus versos. Cuando recuerdo aquella ocasión, me parece verlo arrodillado con la mirada, sufriendo por el niño y él y todos los hombres. Pero había ratos en que la alegría se paseaba por su alma como el sol por las lomas y entonces era uno más entre nosotros, salvo que grande y con la autoridad necesaria para tomarse tremendas ventajas. Había que verlo cuando hacía de detective. Estaba prohibido comer frutas o chupar caramelos durante la hora de clase. Los chicos solíamos comprar preferentemente, por la razón de que eran abundantes y baratos, unos caramelos a los que llamábamos cuadrados, mercancía que más prodigaba la escasa generosidad de los dulceros estacionados en la esquina del plantel. Vallejo, con la cara metida en el libro, fingía leer mientras alguno le daba la lección, pero lo que en realidad hacía era echar, bajo las cejas, miradas exploradoras sobre toda la clase. Cuando descubría a algún delincuente, se erguía con una sonrisa triunfal y, yendo hacia él, lo amonestaba: “¿No he dicho que no coman cuadrados en clase?” En seguida le quitaba los caramelos, sacándolos con aspaventera diligencia de los bolsillos, y los repartía entre todos o los más próximos, según la cantidad. Nunca supe si lo que le gustaba más era sorprender a los infractores o repartir los caramelos entre los chicos. Durante tales batidas, nos embargaba su mismo espíritu juguetón y reíamos todos llenos de felicidad. El reglamento prescribía el castigo de reclusión para los que tuvieran mala conducta o no dieran bien sus lecciones. César Vallejo, durante todo el día, iba formando una lista de los que hablaban durante la hora de estudio o no sabían la lección pero, a la hora de salida, rompía la tirilla de papel en pedazos. 



Valdelomar, Antenor Orrego, entre otros.


Se comprende que no otorgábamos mucha importancia al hecho de ser apuntados en su lista, pero de tiempo en tiempo y, sin duda, para que no nos propasáramos, solía darnos sorpresas y, a las cuatro de la tarde, entregaba la compungida cuota de reclusos del primer año de primaria, al inspector de turno. Su castigo usual era simple y directo: un tirón de los cabellos que quedan a la altura de las sienes. Por las mañanas, llegaba a clase minutos después de la primera campanada y aun con un retardo más considerable. Entrábamos a las ocho, pero acaso se entregaba MUNDO ANDINO: HISTORIA, CULTURA Y REBELIÓN DOSSIER ARGUMENTOS UAM-X MÉXICO 91 mucho a la vigilia de la creación o a trasnochar en compañía de amigos, –que lo eran suyos todos los escritores jóvenes de la ciudad– o a sus estudios de universitario, de modo que el sueño lo retenía demasiado. Su impuntualidad alcanzó tal grado que, cierta mañana, el propio rector del colegio acudió a ver lo que pasaba y se puso a tomarnos la lección. Cuando Vallejo arribó, se produjo una escena embarazosa que el rector cortó diciéndole que pasara por su oficina a la hora de salida. Durante un tiempo estuvo llegando temprano, pero después volvió a las andadas y, aunque ya no con tanta frecuencia, seguía presentándose tarde. Fuera del colegio, sus versos continuaban provocando la consiguiente reacción de comentarios ácidos y laudatorios e inclusive de protestas. Corrió la noticia de que nuestro profesor había sido asaltado durante la noche por un grupo de individuos que trataron de cortarle la melena. Él se había defendido dando feroces puñetazos y puntapiés. Miré con curiosidad su melena de león. Estaba intacta. Me pareció que durante esos días, tanto como, sin duda, le duró la impresión del ataque, su tristeza habitual tenía algo de violencia contenida y acendrada amargura. Me conmovió mucho el asalto, no alcanzando a explicármelo. He de decir que para ese tiempo ya me había vuelto un admirador de Vallejo, si cabe la expresión. Fue que un día, decidido a examinar esa misteriosa e incomprensible poesía por mí mismo, me atreví a pedir a tía Rosa los versos de mi profesor, que ella recortaba sin dejar uno y guardaba celosamente. Al dármelos, hundió los lirios de sus manos en mis cabellos y me dijo que si no los entendía, no pensara mal del autor. Metido en mi cuarto, de bruces sobre la mesa y los poemas, me di cuenta primeramente de que tenían muchas palabras cuyo significado ignoraba. Busqué un grueso diccionario que apenas podía cargar y me dediqué a una exploración que me resultaba muy difícil. Lejana vibración de esquilas mustias, en el aire derrama la fragancia rural de sus angustias. A buscar la palabra esquilas. A buscar mustias. A medida que avanzaba en mi penosa lectura, me iban asaltando y dejando muchas y contradictorias emociones. Sufría y gozaba, me esperanzaba y desconsolaba. Me invadió un pleno sentimiento de felicidad cuando, en ese mismo poema, pude captar al gallo “aleteando la pena de su canto”. Entendiendo y no entendiendo, el poema “Aldeana”, uno de los primeros publicados por Vallejo, me pareció muy hermoso. La emoción del crepúsculo rural, los sonidos y los colores de la tarde muriente me envolvieron. ¿Qué secreta cualidad hacía que ese hombre escribiera así? Encontré poemas menos C. ALEGRÍA EL CÉSAR VALLEJO QUE YO CONOCÍ 92 NUEVA ÉPOCA AÑO 19 NÚM. 50 ENERO-ABRIL 2006 pictóricos que no entendí de principio a fin y al leer “Idilio muerto”, la pregunta hecha a mi tía Rosa en pasados meses, me pareció formulada a mí mismo. Yo tampoco entendía lo referente a las manos y muchas líneas más. De todos modos, me consolé con lo poco que había comprendido y pensé que acaso, cuando yo fuera grande... Entregué a tía Rosa sus recortes sin decirle media palabra y ella no me dijo nada tampoco. Pese a sus momentáneas exaltaciones, era muy fina y seguramente temió herirme si sus preguntas resultaban, indiscretas. Más, desde aquella vez, me alegraba como si hablara en mi nombre cuando ella elogiaba a César Vallejo y me sentí más cerca de mi profesor. Algo había podido apreciar de la belleza que prodigaba en sus versos. En cuanto a su hosquedad y su tristeza... bueno, Cayo Oruna... y uno está tan sólo a veces... Porque yo me sentía muy solo en el colegio... Los muchachitos solían burlarse de mi condición de “serrano” y de que tenía chapas y era muy ingenuo. De modo que cuando corrió la voz del asalto a Vallejo, yo tuve una gran pena y sentí ganas de rebelarme contra alguien. Que dejaran en paz a ese hombre. El era un gran poeta. En todo caso, no hacía mal a nadie con su melena y con sus versos... Y el profesor, que era a la vez un artista triste y solo, seguía dándonos clase y el tiempo pasaba. En las horas de conversación, me hacía hablar no sólo de lo visto por mí sino de lo que había oído contar. Recuerdo que le impresionó la historia de un ciego que vivía en una hacienda próxima a la nuestra, quien iba de un lado a otro por los ásperos senderos de la serranía, tal como si tuviera ojos y podía reconocer por el timbre de la voz a personas a las cuales no había oído durante años y además era adivino. Una tarde me preguntó –“¿Tú lees otros libros?” Le informé y me dijo que, como ya sabía el reglamentario, llevara otros para leer. Claro que cargué hasta el salón de clase los libros de cuentos que me obsequiaban mis parientes o yo compraba con mis propinas y también las revistas y libros que mi tía Rosa quería prestarme sacándolos de su biblioteca personal. A veces, Vallejo me preguntaba sobre mis lecturas y, por mi parte, nunca le conté que me había atrevido “El hombre Vallejo se me antojó como un mensaje de la tierra y seguí contemplándolo. Tiró el cigarrillo, se apretó la frente, se alisó otra vez la sombría melena y volvió a su quietud. Su boca contraíase en un rictus doloroso. Cayo y él. Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospeché que, de tanto sufrir y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que ver tal vez con el misterio de la poesía”. MUNDO ANDINO: HISTORIA, CULTURA Y REBELIÓN DOSSIER ARGUMENTOS UAM-X MÉXICO 93 con sus versos. Temía que me interrogara si los había entendido y, en tal caso, tener que confesarle que no del todo, que en buenas cuentas casi nada o nada. No consideraba suficiente excusa la posibilidad de explicarle que tía Rosa me había advertido que yo era muy niño para poder apreciar esos poemas. Así que me callaba esperando tiempos mejores. Sería grande y podría hablar con el mismo señor Vallejo de sus versos y de toda clase de versos. Cuando una vez me pidió que recitara algo, me guardé las esquilas en el fondo del pecho y dije uno de los más simples versos infantiles que sabía. Era uno que comenzaba así: Oyes el zorzal, María? Desde el arbusto florido en donde tiene su nido, al cielo su canto envía. Los jueves por la tarde, íbamos de paseo a un lugar situado no muy lejos de la ciudad, donde jugábamos a la pelota y corríamos. A raíz de mi recitación, me llamó a su lado una de esas tardes y, sentados sobre la grama, me pidió que le recitara todos los versos que sabía. Así lo hice, teniendo que repetir varias veces el que dejó apuntado, y me regaló una naranja. Después, se quedó sumido en un gran silencio. Su expresión plácida de momentos antes había desaparecido. Inmó- vil, con las manos sobre las rodillas, parecía mirar a los chicos que jugaban al fútbol y habían señalado el emplazamiento de los arqueros con montones formados por sus sacos y gorras. Noté que las incidencias del juego no le interesaban y que, en suma, no estaba viendo nada. Su prolongado silenció llegó a incomodarme. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. El estaba como ausente y yo esperaba en vano que me permitiera marcharme. “¿Puedo irme?”, le pregunté. Su silencio y su inmovilidad persistieron. Casi furtivamente, me escurrí de su lado, corrí a dejar mi saco y mi gorrita en uno de los montones y me puse a patear la pelota... En el tiempo que siguió, –creo que ya habíamos pasado del medio año de estudios– nuestro profesor me trataba con cierta cordialidad. Cuando tropezaba conmigo en su camino, me daba una amistosa palmadita en el cogote. Pero no podría decir que, entre mí y los otros niños, hacía una deferencia muy especial. Posiblemente pensaba: “este es un muchachito al que le gusta leer” y me daba rienda suelta en eso. En cambio yo, lenta y progresivamente, había ido adquiriendo una fe ciega en él. Hay cierta predisposición al partidarismo en el alma de los jóvenes y los niños y, en cuanto a Vallejo, yo me había vuelto un definido parcial suyo. No me cabía duda de que ese hombre extraño era un gran artista, aunque a nadie hubiera podido explicarle bien por qué lo creía. Esta ocasión llegó una tarde, antes C. ALEGRÍA EL CÉSAR VALLEJO QUE YO CONOCÍ 94 NUEVA ÉPOCA AÑO 19 NÚM. 50 ENERO-ABRIL 2006 de clase. Uno de mis compañeros manifestó que su padre afirmaba que Vallejo no era nadie, ni siquiera como poeta. Mi madre me había dicho que honrara y respetara a los maestros, porque su tarea es muy noble y le reproché: —¿Y qué? Es profesor y eso es bueno... —¿Crees que ser profesor es una gran cosa? Y todavía ser el último profesor de un colegio, el de primer año... Un “muertodehambre”... Recién comencé a darme cuenta del desdén con que se mira a los profesores en el Perú. El chico que hablaba era miembro de una de las grandes familias de la ciudad, e hijo de un médico famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para terminar de apabullar al pobre profesor, dijo: — Ni siquiera como poeta sirve... mejor es Chocano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla. — Es un gran poeta, –repliqué muy afirmativamente. — ¿Qué sabes tú? ¿Crees que porque te deja leer libros puedes hablar? — Es un gran poeta, –insistí. — A ver, dinos por qué es un gran poeta... No supe qué razones aducir. Referirme a la opinión de tía Rosa no me parecía suficiente. Hubiera querido decir algo definitivo. — Dinos ahorita mismo por qué es un gran poeta, –repitió mi oponente. Yo estaba perplejo. Como a algunos pugilistas en trance de caer vencidos, me salvó la campana. Día a día, lección a lección, el año de estudios pasó. Llegaron los exámenes y nuestro profesor nos aprobó a todos, citándonos para la ceremonia de la repartición de premios, que se realizaría a fines de diciembre. La fecha llegó. Esa noche, el gran patio de honor del Colegio Nacional de San Juan estaba de gala. Profusamente alumbrado y con asientos arreglados en forma de galerías, mostraba al fondo un estrado donde tomaron asiento el rector y los profesores. Casi todos llevaban vestido de etiqueta. Las familias de los alumnos fueron acomodadas delante y, nosotros, a los lados y detrás. Los mocosos del primer año fuimos lanzados a una de las últimas filas. Debido a que Vallejo ocupaba un lugar muy secundario en el estrado, sólo se le podía ver la cabeza. Pero ella, grande de melena y cetrina de tez, resaltaba claramente entre tanta pechera blanca y tanta luz... y entre tanta cabeza sin carácter. No viene al caso que detalle la ceremonia. Es sí, pertinente, que refiera que no me tocó ningún premio por que como éramos varios los que obtuvimos las primeras notas, los habían sorteado y los favorecidos fueron otros. Casi al terminar el acto, Vallejo abandonó el estrado y vino hacia nosotros. Viéndome sin ninguna cartulina de premio en la mano, recordó lo ocurrido y me dijo: “No te importe la suerte”. Cambio algunas palabras más con muchos de nosotros, nos preguntó a varios dónde pasaríamos las vacaciones y luego se marchó. Al poco rato, pudimos advertir que, en vez de volver al estrado, se había puesto a pasear por los corredores. En medio de la penumbra que arrojaban las arquerías, veíase apenas su silueta negra, alargada, casi fantasmal, tras el cocuyo de su cigarrillo. Cuando el rector, solemnemente, declaró clausurado el año escolar, César Vallejo se dirigió a la puerta y salió, confundiéndose entre la muchedumbre formada por los estudiantes y sus familias. Instantes después, lo volví a ver en la calle, yendo hacia la plaza de la ciudad. Magro, lento, se perdió a lo lejos… Pude haberle dicho adiós, pues no volvería a verlo más. Cuando las clases se reabrieron, César Vallejo no dictaba ya el primer año ni ninguno. Al recordarlo, siempre tuve la impresión de que estaría haciendo un duro camino de artista y hombre cargado de penas y distancias.

·         *Tomado de Cuadernos Americanos, México, Nov-Dic, de 1944.