Este es el horripilante Felipe II
La horripilante Princesa Micaela
Un poema que yo "odio" (claro que decir odiar no tanto como detestar a Felipe II, a quien Mutis adoraba, el mismo que ignoró a los grandes poetas españoles del siglo 16), de Álvaro Mutis, por mi obra-poética-musical: "Juana I, la enlagunada";
enviado por Noel Jardines, poeta cubano.
En una calle de Córdoba
En una calle de Córdoba, una calle como tantas, con sus tiendas de postales
y artículos para turistas, una heladería y dos bares con mesas en la acera y en
el interior chillones carteles de toros, una calle con sus hondos zaguanes que
desembocan en floridos jardines con su fuente de azulejos y sus jaulas de
pájaros que callan abrumados por el bochorno de la siesta, uno que otro portón
con su escudo de piedra y los borrosos signos de una abolida grandeza; en una
calle de Córdoba cuyo nombre no recuerdo o quizá nunca supe, a lentos sorbos
tomo una copa de jerez en la precaria sombra de la vereda.
Aquí y no en otra parte, mientras Carmen escoge en una tienda vecina las
hermosas chilabas que regresan después de cinco siglos para perpetuar la fresca
delicia de la medina en los tiempos de Al Andalus, en esta calle de Córdoba,
tan parecida a tantas de Cartagena de Indias, de Antigua, de Santo Domingo o de
la derruida Santa María del Darién, aquí y no en otro lugar me esperaba la
imposible, la ebria certeza de estar en España.
En España, a donde tantas veces he venido a buscar este instante, esta
devastadora epifanía, sucede el milagro y me interno lentamente en la felicidad
sin término de aromas, recuerdos, batallas, lamentos, pasiones sin salida, por
todos esos rostros, voces, airados reclamos, tiernos, dolientes ensalmos; no sé
cómo decirlo, es tan difícil.
Es la España de Abul Hassan Al Husri, «El Ciego», la del bachiller
Sansón Carrasco, la del príncipe Don Felipe, primogénito del César, que
desembarca en Inglaterra todo vestido de blanco, para tomar en matrimonio a
María Tudor, su tía, y deslumbrar con sus maneras y elegancia a la corte
inglesa, la del joven oficial de albo coleto que parece pedir silencio en Las
lanzas de Velázquez; la España, en fin, de mi imposible amor por la Infanta
Catalina Micaela, que con estrábico asombro me mira desde su retrato en el
Museo del Prado, la España del chofer que hace poco nos decía: «El peligro está
donde está el cuerpo.» Pero no es sólo esto, hay mucho más que se me escapa.
Desde niño he estado pidiendo, soñando, anticipando, esta certeza que
ahora me invade como una repentina temperatura, como un sordo golpe en la
garganta, aquí en esta calle de Córdoba, recostado en la precaria mesa de latón
mientras saboreo el jerez que como un ser vivo expande en mi pecho su calor
generoso, su suave vértigo estival. Aquí, en España, cómo explicarlo si depende
de las palabras y éstas no son bastantes para conseguirlo. Los dioses, en
alguna parte, han consentido, en un instante de espléndido desorden, que esto
ocurra, que esto me suceda en una calle de Córdoba, quizá porque ayer oré en el
Mihrab de la Mezquita, pidiendo una señal que me entregase, así, sin motivo ni
mérito alguno, la certidumbre de que en esta calle, en esta ciudad, en los
interminables olivares quemados al sol, en las colinas, las serranías, los
ríos, las ciudades, los pueblos, los caminos, en España, en fin, estaba el
lugar, el único e insustituible lugar en donde todo se cumpliría para mí con
esta plenitud vencedora de la muerte y sus astucias, del olvido y del turbio
comercio de los hombres.
Y ese don me ha sido otorgado en esta calle como tantas otras, con sus
tiendas para turistas, su heladería, sus bares, sus portalones historiados, en
esta calle de Córdoba, donde el milagro ocurre, así, de pronto, como cosa de
todos los días, como un trueque del azar que le pago gozoso con las más negras
horas de miedo y mentira, de servil aceptación y de resignada desesperanza, que
han ido jalonando hasta hoy la apagada noticia de mi vida.
Todo se ha salvado ahora, en esta calle de la capital de los Omeyas
pavimentada por los romanos, en donde el Duque de Rivas moró en su palacio de
catorce jardines y una alcoba regia para albergar a los reyes nuestros señores.
Concedo que los dioses han sido justos y que todo está, al fin, en
orden. Al terminar este jerez continuaremos el camino en busca de la pequeña
sinagoga en donde meditó Maimónides y seré, hasta el último día, otro hombre o,
mejor, el mismo pero rescatado y dueño, desde hoy, de un lugar sobre la tierra.
Entrevista con Álvaro Mutis
LA INOLVIDABLE JANIS JOPLIN
"Y es entonces cuando peso mi exilio
y mido la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido".
Del poema "Exilio", de "Los trabajos Perdidos".
El único poeta colombiano, inclasificable, llega a sus 90 años.
Gabriel Jaime Caro (Gajaka
extramítico)
Álvaro Mutis es nuestro Octavio Paz,
desde México, ambos, bueno Paz no tanto, y que celebre la seguidilla, mexicanos
y colombianos. Lo mejor de la poesía de
los 50s entre ambos países, y más seguidillas. Las justezas de este poeta, para
el reto. Atrévete a entrar por el umbral de mi casa.
Los piedracelistas , (“Piedra y Cielo”),
cayeron al olvido por las fuertes críticas a una poesía copista, medio
modernista. Los otros, Aurelio Arturo, Gaitán Durán, León De Greiff, entre la
guerra gaitanista conservadora. Los
liberales salieron corriendo, los mamertos le dieron la mano.
Muy autóctono o autenticidad para creadores no solo por su
inteligencia, compartió su primer libro de poesía, "La balanza", con Carlos Patiño, 1948. Colombia estaba en
pañales a pesar de Luis Vidales y Fernando Charry Lara.
Nunca unas de sal y otras de miel son
malas. Imposible una doble moral entre dos creadores. Si hay exilio el de él, y
la fila india de escritores que tenían que irse de Colombia, por la dictadura
del Frente Nacional. Bajan a Pinilla, de la misma ralea, e instalan la paz de
la godorradia.
Se iban hasta los nadaistas, que solo
hicieron un acto dadaísta de tercera, con la pisoteada de las hostias en la
catedral de Medellín.
Mutis celebra sus treinta años con
tres libros de poesía, cuál más magistral; nos enseñó a escribir prosa poética clásica,
venido del barroco. De las mismísimas tierras del Nocturno. “Los ladrones
nocturnos” de su poema, fundaron, mejor dicho esa frase calentó la poetica copista de los setentas, desconociendo al creador. Una poesía barroca-surrealista que sonó o
sopló hasta con sarna; íbamos de la mano de ellos, más no de Álvaro Mutis.
Su biógrafo, J.B.C. recomienda poner
los dedos en la lectura como columnas dóricas. “Diario de Lecumberri”, 1960,
amigo de Luís Buñuel.
https://www.facebook.com/gjcaro
Hoy leí “Breve poema de Viaje”, de “Sesenta
cuerpos”, y me he quedado helado. Tendencias de perfeccionar el poema, para que
diga, con el cuento de poema de viaje, la tira cómica, la cerveza de oriente,
la negra bondad. Nada se hace aburrido, albur, con jengibre rayado en la miel
en la copa de canela. Lo imagina uno entrando y saliendo de los próstibulos o burdeles de canelita verdes de Asia menor. Aprendiendo a bailar cumbia con G.G.M.
Con sus casi 90 años, agosto 25
próximo, su hijo Santiago prometió cuidarlo hasta que deje de hablar con las
esteatopigicas, la gordita que lo llevó a conocer a Often de la Cuesta, era un steam
stremer.
"El Papa jubilado", que profetizó Nietzsche, lo invita a dialogar con los
musulmanes, respetar a las mujeres porque no tienen razón desde pequeñas, teniéndola,
como sepulcros blanqueados: se le perdona más fácil a una mujer que a un hombre,
para antes de tirarlos al mar por heréticos e inconformes pasajeros del nuevo
rol de la historia.
Un mundo infinito, con su “Mapa de
ultramar” mostrando el fuego de San Telmo, en el mástil de sus novelas, “Amirbar”,
de “La última escala del Tramp Steaner”, y, el envejecido fin del mundo, el Magroll el Gaviero.
“Los trabajos perdidos”, y “La muerte del estratega”, son los libros que releo.
Rezuma todo lo dicho.
X-504 o 78, quedó paralizado, cuando
Mutis le dedicó el poema de tres cuartillas “Noticias del Hades”. Y no es para
menos.
Por ser Caballero de las artes y las
letras, concedido por el gobierno francés le da privilegios con los que nos ha
amenazado. Ha ganado más Copas que el Real Madrid y El Barsa. Sólo el Nobel, que lo ha ganado su discípulo, Gabo, le es esquivo, pero si sigue así, rematamos con un último libro ganador.
Tenemos algunos inéditos, gracias a
la colaboración de Jesús Blas Comas, comístico y epistemólogo, seguidor de
algunas bulas taras enviadas al fondo de los océanos por orden de Enrique IV, y
por el estudio macanudo, Hoy Poesía 8.
A Noel Jardines
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BREVE
POEMA DE VIAJE*
Desde la plataforma
del último vagón
has venido absorta en
la huida del paisaje.
Si al pasar por una
avenida de eucaliptos
advertiste cómo el
tren parecía entrar
en una catedral
olorosa a tisana y a fiebre;
si llevas una blusa
que abriste
a causa del calor,
dejando una parte de
tus pechos descubierta;
si el tren ha ido
descendiendo
hacia las ardientes
sabanas en donde el aire se queda
detenido y las aguas
exhiben una nata verdinosa;
que denuncia su
extrema quietud
y la inutilidad de su
presencia;
si sueñas en la
estación final
como un gran recinto
de cristales opacos
en donde los ruidos
tienen
el eco desvelado de
las clínicas;
si has arrojado a lo
largo de la vía
la piel marchita de
frutos de alba pulpa;
si al orinar dejaste
sobre el rojizo balasto
la huella de una
humedad fugaz
lamida por los gusanos
de la luz;
si el viaje persiste
por días y semanas,
si nadie te habla y,
adentro,
en los vagones
atestados de comerciantes y peregrinos,
te llaman por todos los
nombres de la tierra,
si es así,
no habré esperado en
vano
en el breve dintel del
cloroformo
y entraré amparado por
una cierta esperanza.
·
Del libro “Sesenta Cuerpos”, 1983. Por el
Premio Nacional de poesía de la Universidad de Antioquia en Reconocimiento.
Pienso
a veces...
Pienso a veces que ha
llegado la hora de callar.
Dejar a un lado las palabras,
las pobres palabras usadas
hasta sus últimas cuerdas,
vejadas una y otra vez
hasta haber perdido
el más leve signo
de su original intención
de nombrar las cosas, los seres,
los paisajes, los ríos
y las efímeras pasiones de los hombres
montados en sus corceles
que atavió la vanidad
antes de recibir la escueta,
la irrebatible lección de la tumba.
Siempre los mismos,
gastando las palabras
hasta no poder, siquiera, orar con ellas,
ni exhibir sus deseos
en la parca extensión de sus sueños,
sus mendicantes sueños,
más propicios a la piedad y al olvido
que al vano estertor de la memoria.
Las palabras, en fin,
cayendo
al pozo sin fondo
donde van a buscarlas
los infatuados tribunos
ávidos de un poder
hecho de sombra y desventura.
Inmerso
en el silencio,
sumergido en sus aguas tranquilas
de acequia que detiene su curso
y se entrega al inmóvil
sosiego de las lianas,
al imperceptible palpitar de las raíces;
en el silencio, ya lo dijo Rimbaud,
ha de morar el poema,
el único posible ya,
labrado en los abismos
en donde todo lo nombrado
perdió hace mucho tiempo
la menos ocasión de subsistir,
de instaurar su estéril mentira
tejida en la rala trama de las palabras
que giran sin sosiego en el vacío
donde van a perderse
las necias tareas de los hombres.
Pienso a veces que ha llegado la hora de callar,
pero el silencio sería entonces
un premio desmedido,
una gracia inefable
que no creo haber ganado todavía.
*Este poema forma parte del libro inédito "X Carminae contra
gentiles"
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De izquierda a derecha; Mateos Paoli, Olga Orozco, Álvaro Mutis, E.A.Westphalen, y Gonzalo Rojas.
***
Principio del formulario
La miseria del deporte
Me preocupa el creciente interés del
hombre por los espectáculos deportivos. Bien pronto derivaremos a la vida castrada
y aséptica de los estadios, respiraremos bien pronto la atmósfera húmeda y
densa de las sucias toallas de los atletas.
|
El deporte es una actividad humillada y
miseranda, El deportista nada arriesga, cultiva sus músculos y adiestra sus
reflejos para exhibirse ante una multitud enclenque, de ideas usadas y agrias.
El público hace del atleta su ídolo, le atribuye virtudes que quisiera poseer,
y, detrás de la opulenta trabazón de músculos, supone atributos heroicos que no
existen, aún más, que el atleta niega. Es éste un eunuco que la multitud cubre
con deseos imposibles y antiguos, ya perdidos hace tiempo. De allí que el
deporte, como la prostitución y el alcohol, se convierta en una pingüe
industria en manos de mercaderes inescrupulosos. Mercaderes de atletas. A
Grecia debemos esta vergüenza. Los obtusos atletas griegos inventaron el logos
y los métodos de razonamiento que rigen hasta hoy y que han ahogado la preciosa
fuente del misterio, el fluir natural y fértil del inconsciente que distingue a
pueblos anteriores y contemporáneos al heleno. Después, en Roma, cuando quienes
vigilaban la vasta frontera del imperio eran soldados de razas nuevas y
sanguinarias, los romanos se extasiaban en el circo, clausurando un mundo. Mala
época la de los atletas.
Cuando un hombre ha hecho de su cuerpo
un instrumento seguro, armónico y potente, debe arriesgarlo a cada paso.
Arriesgarlo para su placer, para su enaltecimiento individual, sin testigos ni
intrusos. De allí el prestigio imponderable del Renacimiento. El hombre se hizo
fornido y ágil con el fin de poder matar e impedir que lo mataran; preparaba su
cuerpo para gozar de la vida en toda su densa corriente. Cuando el Condotiero
buscó público y paga y, en lugar de matar a su enemigo, le permitió huir
maltrecho, se convirtió en matón. Y cuando dos matones, al terminar la pelea,
se abrazaron en medio de los vítores del público frenético, nacía de nuevo el
deportista. El gran símbolo de nuestra época infame, En la guerra, las gentes
respiran hoy embelesadas el aire podrido de los estadios y olvidan la hermosa y
casta serenidad de los aeródromos, la gracia de medusa metálica de los
submarinos, la gloria de la muerte, de la muerte porque sí.
No es una decadencia esta afición
presente por el deporte. Es la señal de que ha llegado nuestra hora más
miserable, una hora que ha sonado varias veces para el hombre, pero nunca con
tan convincente llamado como ahora.
El hombre del estadio, el
"fanático" de los atletas, es capaz de todas las ruindades y
miserias. Hace mucho tiempo que ya no es hombre. Ha escogido como fuente de su
entusiasmo una ruin turba de pobres eunucos adiestrados. El hombre del estadio
engrosó las filas de la Gestapo -el nazismo fue una doctrina de estadio-,
trabaja para la MVD soviética, lanzó la atómica en Hiroshima, asoló Europa en
nombre de la Libertad y, hoy, comercia aterrado en la O.N.U. Cada día se nos
impone como doctrina una nueva miseria ideológica, fermentada bajo las plomizas
escaleras de los estadios. La participación colectiva y frenética del ser en
sistemas que encierran su destrucción sin gloria, su desleimiento en el
ambiente tibio de los gimnasios, se extiende peligrosamente corno una plaga.
La peor vergüenza que pesa hoy sobre el
hombre, es el no poder morir solo. Tener que llegar a su fin compartiendo
propósitos e ideales, fraguados por los "mercaderes de atletas":
ellos determinan su muerte y, lo que es peor, la despojan de toda la serena
belleza que la distinguió antaño. Los cruzados pudriéndose dentro de sus
armaduras al sol del desierto poblado de leones; "El Valentino"
desnudo, fija su negra mirada en el claro cielo de una madrugada aragonesa,
destrozado su cuerpo por las lanzas de la emboscada; el granadero con la sangre
de sus heridas congelada a orillas del Berezina; el piloto de la RAF abatido
sobre la campiña bucólica y señorial de su patria, todos estos muertos felices,
dueños y señores de su fin, gozaron de un privilegio que le será negado a sus
hermanos de hoy.
Denuncio la vergüenza del Deporte.
Condeno la pantomima dopada de los estadios. Moriremos víctimas de las
artimañas de los traficantes del estéril ejerzo muscular. Nos matará un
onanismo colectivo sin "la gloria de un largo deseo". Dejaremos como
herencia a nuestros hijos la habilidosa y ruin gracia de los futbolistas, el rictus
congestionado de los "routiers". la fea mueca que se pega al rostro
de los corredores, la malicia de "ghetto" de los beibolistas, la
grasa afeminada que rodea la cintura de los nadadores, la falsa furia de los
boxeadores, la triste agilidad de barriada de los "jockeys".
Lamentemos la ausencia luminosa de los guerreros ciegos de lanzas, quietas
estatuas de sangre que perpetúan una muerte magnífica. Lloremos por nuestros
hijos, nacidos bajo la sombra de los estadios, burdeles de gloria.
Los paraísos secretos de Álvaro Mutis *
Claudia Posadas * *
Para el autor de Caravansary (1982), el proyecto civilizatorio del hombre es una idea que se ha alcanzado y se ha perdido en diversos momentos de la historia, momentos a los que el escritor se siente cercano y que no se sitúan en la época contemporánea. Así, el concepto de civilización no puede entenderse como un proceso lineal, y mucho menos progresivo. Entonces, el tributo del autor es para reinos y órdenes del pasado, Bizancio en primer lugar, el imperio francés y español, pero sobre todo, para aquellas esencias que considera fundamentales: el orden regio, señalado por la divinidad, para gobernar a los hombres.
Por todo esto Mutis descree en el hombre en general, ya que su naturaleza impide su progreso, y sobre todo en el ser contemporáneo, cegado en un mundo donde se multiplica, informe, por los espejos mediáticos.
Pero al mismo tiempo, hay un dominio personal que es el centro de este itinerario por la historia humana: el olor de los cafetales y el sonido de la lluvia de la hacienda familiar, el trópico de la infancia y la juventud, que es un puerto que el autor rememora y busca en su obra.
Álvaro Mutis es un viajero sin límite, al igual que Maqroll, su personaje, sólo que uno se pierde en la noche del tiempo y el otro en las aguas indomables del desafío. Pero ambos, escritor y personaje, y a pesar del escepticismo y dureza del Gaviero, de su errancia en un trópico que todo desgasta, comparten un paraíso secreto.
Escrita bajo la épica de Homero y el descenso hacia la oscuridad de Conrad, la literatura de Mutis se convierte en un testimonio del ser humano. La casa del escritor es como sus obras, plena de símbolos que reflejan nuestras percepciones del mundo: brújulas, mapas, gráfica sobre embarcaciones y libros antiguos. También, está poblada por presencias nobles, por emisarios que resguardan la memoria del escritor, por pequeños húsares que conformarán, con el tiempo, una novela que tiene planeado escribir el autor.
Mutis ha sido objeto de los reconocimientos más prestigiados del medio literario internacional, entre ellos, el Príncipe de Asturias de las Letras, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y recientemente el Premio Cervantes. Ha sido traducido a 13 idiomas, o 14, dice el autor, si se toman en cuenta poemas suyos traducidos al chino. Reside en México desde 1956.
—Tanto en su poesía como en su narrativa, la épica es el pulso que guía la creación y le da su fuerza y permanencia, según la crítica. ¿Cuál es el origen de esta visión?
—Se debe a mi fidelidad a los clásicos que leí desde niño. El tono épico de muchos de ellos se me quedó para el resto de la vida. Pero no sólo ha permanecido en mí la música, el tono con que están escritas La Odisea, La Eneida, La Ilíada, y después, el romancero del Cid, sino también el sentido. Por otra parte, primero escribí poesía durante 40 años y mis novelas no son sino una continuación de sus temas, obsesiones, escenarios y sitios que amo. Muchas veces, escribiendo una novela, me pregunto si no estoy haciendo un borrador de un poema; por ejemplo, en una novela como Amirbar (1990), me salió un poema de cuatro páginas sin darme cuenta.
—Una parte importante parte de esta poesía es un elogio hacia lo primordial, hacia lo antiguo, entendido como los paraísos personales del autor. ¿Cómo es la relación de esta esencia con la épica narrativa?
—Al leer los clásicos y la épica queda una música. En la poesía, naturalmente, lo digo de una manera más esencial, misteriosa si se quiere decir, más secreta y al mismo tiempo más evidente. Por otra parte, he sido un lector de historia desde niño; heredé la biblioteca de mi padre de la cual gran parte de su acervo es sobre este tema y por tanto se me creó una afición por el pasado. Entonces, esas referencias históricas que hay en mi poesía y que después aparecen en mis novelas, son ecos de experiencias de lectura que para mí son experiencias de vida.
—Por ejemplo, la referencia a civilizaciones antiguas como Bizancio, entre otras, es sustancial en usted…
—Claro. Me interesa toda la creación de Occidente, en especial Bizancio. Mi amor por esta civilización es tan profundo que por eso escribí La muerte del estratega (1988), que es la historia de un bizantino. Para mí éstas son presencias absolutas y claro, mi poesía, narrativa y ensayos, que se reúnen en un libro reciente, De lecturas y algo del mundo (2000), representan ese volver a la historia.
—Un tono importante en su obra es la tragedia, que sobre todo se encuentra en el destino de Maqroll. ¿Cuáles son las herencias a las que hace homenaje?
—Si uno en una época, en una edad en que se está formando lee a Sófocles, ese sonido y situaciones, ese enfrentamiento de los hombres contra los hombres, si uno lee esta maravilla que es la tragedia griega, le queda como un ejemplo. Y después si se leen las novelas de Dostoievsky, de Dickens, etcétera, encuentra un eco de todo esto. Hablamos de los hombres desnudos, con toda su condición humana evidente y presente. Eso a mí me ha formado y me interesa mucho.
—Sin embargo, independientemente de la condición humana, hay un elogio al pasado, como ha dicho, que implica una falta de fe en el hombre contemporáneo…
—En el hombre en general. Al leer historia, ¿qué es lo que se lee? Desastres, brutalidades aterradoras, momentos de la Europa occidental cristiana que son de un salvajismo aterrador como es el caso de las cruzadas. Entonces, ¿qué esperanza le queda al hombre? Ninguna. Las ilusiones que se ha creado éste, y sobre todo a partir del siglo XVIII son ilusiones razonadas. Rosseau crea un hombre ideal para poder aplicar su teoría, sin embargo éste no es como él lo define. Y de ahí en adelante viene el desastre.
En la historia hay ejemplos muy elocuentes de hombres que han tenido en sus manos la vida de poblaciones enteras, cuya conducta, con muy pocas excepciones, no ha sido ni piadosa, ni brillante, y no ha traído otra cosa más que muerte, dolor, hambre y miedo. Entonces, el hacerse ilusiones y el hablar, por ejemplo, de la palabra progreso, que ahora utilizamos cada diez minutos, no tiene sentido. Yo me pregunto progreso en qué Dios mío, cuando se ve lo que pasa en Kósovo, en África, en Colombia. ¿Hablamos de progreso técnico? Pues sí, pero éste no ha servido sino para matar más rápido a más gente, no hay tal progreso, eso es mentira. ¿Modernidad? La sola palabra me pone los pelos de punta. Modernidad es lo que se intenta hacer, pero como dije, no es posible. No digo que nosotros estamos aquí para ser ángeles, sino para ser seres humanos. No tenemos remedio, pero tampoco hay que llorar y lamentar esto. Así somos, ése es el destino de esta especie, no debemos asustarnos.
—¿Cuál es su lectura del hombre contemporáneo?
—Pues que otra vez nos hemos olvidado del hombre. Ahora ya no existe el individuo, sino grandes masas presentes a través de aparatos electrónicos que circulan como fantasmas. Hoy día, esto que llaman comunicación, es cada vez más raro. Las máquinas no me están dando ninguna presencia de nadie. Por un lado nos olvidamos del hombre y por el otro, ni siquiera lo vemos ya. El ser humano que se nos presenta en la televisión, el hombre que leemos en internet, son sombras o están escogidos maliciosamente para presentar un determinado tipo de ser. Así no es la cosa.
—En sus novelas hay un culto a los objetos, a cierta estética antigua, pero sobre todo a concepciones del mundo, por ejemplo el viaje. ¿Qué implica para usted estas formas, estos símbolos?
—El viaje es una idea. No me llama la atención el turismo, el conocer lugares, sino vivir ambientes, atmósferas. Otra cosa que me interesa y que también le interesa a Maqroll por pura coincidencia, claro, es desplazarse en el mundo, porque es un regalo que nos ha sido dado pero que ahora estamos dedicados a destruirlo de una forma aterradora. Me gusta desplazarme para ir viendo qué sucede dentro de uno mismo. En cuanto al gusto por los objetos, es que éstos son testimonios, huellas que quedan de hombres que en cierta forma actuaron y vivieron como yo. Un mapa, por ejemplo, es una maravilla. Los mapas fueron hechos por navegantes, por gente curiosa de ver no cosas raras, sino de situar al hombre en otro sitio, en otro clima. Todas estas brújulas que tengo, estos mapas, estos libros, son testimonios de una curiosidad de los hombres por verse a sí mismos interiormente.
—Justamente el mar de sus viajes es un elemento de contacto con la memoria humana y su destino: es un elemento de transición. ¿Qué esencia significa el mar para darle este carácter?
—Los hombres siempre han buscado el mar. ¿Dónde nació el pueblo más inteligente que ha tenido la humanidad? En Grecia, en una península y en un archipiélago. El siguiente pueblo que nos dejó el derecho y una serie de normas para vivir de una forma supuestamente civilizada, porque no lo hemos sabido hacer, ¿en dónde está?, en Roma, en una península. El mar es una continua lección para el hombre. Primero de humildad. Hay que estar en medio de una tempestad, en un barco. Éste se vuelve una cascarita de huevo y el mar nos dice “oye, no eres ningún genio, eres casi nada. Qué maravilla que estés aquí, pero ojalá logres sortear esta tormenta. Vuelve a tu estatura, no te crezcas por Dios”. Desgraciadamente es lo que nos está pasando cada vez más.
—¿Y como elemento de transición hacia el destino, como símbolo de una esencia humana?
—El mar es el camino más rico que puede haber hacia una verdad interior. No creo que el aire lo sea tanto, creo que los aviones no nos enseñan nada. Adoro la tierra, y tengo recuerdo de rincones, de lugares que son un perpetuo milagro, pero el mar es para mí fundamental. Además, tengo una impresión, una interacción muy curiosa con él. En medio de éste, en un horizonte todo de mar, vemos esa energía desatada, magnífica, lentamente desplazándose hacia la nada, hacia sí misma. Ésa puede ser una bella imagen de Dios.
—En su obra se observa una constante búsqueda de sus paraísos personales, en especial esos paisajes de la infancia. ¿Qué significan para el autor estos territorios como motivo de vida y de literatura?
—Son la manera más fiel, más evidente, más directa, de vernos a nosotros mismos, de saber dónde y cómo estamos en el mundo. Son anteriores a los hombres, a su perpetuo razonamiento, a sus argumentos y toda suerte de silogismos que nos dan una versión de nosotros que no es. De ahí es que fracasan todos los sueños políticos del hombre, porque crean un ser humano artificial, totalmente fabricado para que se ajuste a los ideales y a los programas que proponen. El hombre no es así, entonces, aprendamos a sentirnos nosotros mismos. Adentro tenemos todo.
—Entonces usted, más que una razón sobre el hombre, consideraría una esencia…
—Por supuesto. ¿Y eso quién nos lo enseñó? El pueblo, repito, más sabio que ha tenido el mundo, los griegos: conócete a ti mismo. Hay que volver a leer a Platón. ¿Cómo es posible tanto progreso y que olvidemos cosas tan esenciales?
Y llego a este lugar y sé que desde siempre
ha sido el centro intocado del que manan
mis sueños. La absorta savia
de mis más secretos territorios,
reinos que recorro, solitario destejedor
de sus misterios, señor de la luz que los devora,
herencia sobre la cual los hombres
no tienen ni la más leve noticia,
ni la menor parcela de dominio.
—La infancia y su trópico, el cafetal de su memoria, son los paisajes de sus territorios íntimos. ¿Hasta qué punto se ha conciliado con este reino en su escritura?
—Siempre lo he dicho, tenemos que mantener vivo el niño que fuimos y saber mantenerlo intacto dentro de nosotros. Ese niño es el testigo más fiel del mundo que tenemos. Él fue el que supo verlo antes de que nos llenáramos de ideas. En cuanto al trópico, el paisaje que me interesa y que siempre está presente no es el trópico en sí, sino lo que en Colombia llamamos la tierra caliente, la tierra donde se cultiva el café, la caña de azúcar, frutas maravillosas y que está a 13 mil metros de altura, aproximadamente, en la cordillera de los Andes. Ahí fundaron mis abuelos una hacienda, Coello, en el Tolima, que después fue de mi madre. El conocimiento de esa hacienda fue el paraíso. Inclusive tengo un poema dedicado estrictamente al momento en que la presencia de esa tierra vuelve a mí. Vuelve siempre, vuelven los cafetales, la lluvia. Una vez me desperté y la lluvia estaba sonando sobre el cinc del tejado de una casa donde pasaba la noche. Así se me dio ese poema. Entonces, mi paraíso es un rincón de Colombia cerca de la cordillera central donde yo siento que nací, aunque no haya sido así, yo nací en Bogotá. Pero uno no nace donde lo dio a luz su madre, sino, en un momento dado, en un rincón del mundo donde éste dice: “tú eres yo y yo soy tú”. Y todos tenemos ese rincón. Lo olvidamos, pero yo no, yo lo mantengo vivo.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.
“Por otra parte, éste es el testimonio de un hombre nada más. No trato de rescatar ni de convencer a nadie. Me siento obligado a escribir sobre éste por amor a ese lugar y a todos los seres que están envueltos en él”.
—¿Cómo es su vida de escritor en esta etapa de reconocimientos internacionales, de viajes, de escaso tiempo para la creación?
—Los premios, lo digo sinceramente, son para mis libros, no para mí; son para ellos, los pobres, que tienen que estar en una vitrina esperando a que alguien los compre. Entonces el premio, esa franjita que les ponen, a ellos les ayuda, no a mí. Pero el reconocimiento de desconocidos que me abordan, y eso ha sucedido en Francia, en Italia, en Alemania, en los sitios donde están traducidos mis libros, es el premio más importante. Cuando me llegan buenas noticias sobre mis libros y la gente me comenta, digo que sí tiene sentido sentarse a escribir en mi smith corona. Pero no siento ninguna presión. La escritura no tiene tiempo, se da cuando se da. Para mí, escribir es una tortura tremenda por la autocrítica, he quemado dos novelas completas. Pero en el momento en que una persona me busca, me comenta algo, esa tortura se convierte en un orden, en un decir, “ah, estoy bien”. Por otra parte, no hago vida de intelectual, ni escribo todos los días, ni pienso que tenga un destino determinado a cumplir. Nunca he vivido de mi literatura, he trabajado en las cosas más absurdas y más raras para vivir. Escribo con toda independencia, sin tener que darle gusto a políticos ni a grupos de influencia.
—Pese a la muerte de Maqroll, ¿su errancia no ha terminado?
—No, en absoluto. Estoy escribiendo una novela sobre este personaje. Un escritor francés amigo mío, me decía “Mutis, no siga intentando matar a Maqroll, Maqroll va a morir cuando muera usted”. Estoy de acuerdo. También, estoy trabajando poemas. Lo que pasa es que no tengo ninguna prisa.
—Y en cuanto a su interés por lo histórico, ¿hay un proyecto novelístico?
—Tengo la intención de un día, escribir algo en esa dirección. Inclusive tengo una prosa sobre un oficial de los ejércitos napoleónicos, un húsar de estos que tengo aquí en mi casa. Eso me gustaría mucho, y tengo ideas y materia. Ya veremos.
* Esta entrevista fue realizada con el apoyo del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales del Fonca / Conaculta, México.
** CLAUDIA POSADAS (cposadas@avantel.net) es periodista cultural mexicana. Ha participado en diversas publicaciones especializadas dentro del ámbito hispánico. Por su trayectoria periodística obtuvo en México una beca del CONACULTA, institución cultural de su país, para realizar un libro de entrevistas con escritores hispanoamericanos. La presente entrevista fue publicada en Antrhopos. Huellas del conocimiento, en enero-marzo del 2004, núm. 202.
© Claudia Posadas 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
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