lunes, 9 de mayo de 2016

Silvia Guerra, poeta uruguaya, viene publicando desde 1987, inclasificable. Una imagen hermética se instala como ola.




La poeta uruguaya, Silvia Guerra, 1961, Maldonado, Uruguay.

*

SILVIA GUERRA. Poeta uruguaya. Los poemas que presentamos pertenecen al poemario La sombra de la azucena*.


CLOTO

Afuera, en el cóncavo espejo que es Ahora
un fino entretejido se suspende: alguien
habla de dos, otros de cifras que son inmensas cantidades.
La ascendencia se pierde en estratos
que no tienen demasiada importancia.
Se nombran los caminos los pazos los pequeños jilgueros.
Se camina sonriendo por la empinada cuesta
con las botas sucias del barro del camino.
Se llenan los carrillos los rojos los sonrientes
de un aire
que ahí arriba se dice que es purísimo.
Y se habla de la guerra. Del color de la guerra.
Y aparecen los muertos, en fila, con el plato vacío
me preguntan algo que no entiendo, no entiendo que me dicen
no entiendo que hago ahí, por qué me siguen.
Y yo no sé que hacer, y ellos tampoco.


I

Como borde, bordar este tramado
Todos los días un poco, un poco más gotea
arma la rama, nido entrama
sobre el hilado que se extiende
no sutura. Pero no, viene de fuera.
De dentro viene enrevesando trama
hay que entender que inunda
que golpea las paredes, que resiste.
Hay que entender que gime que se rompe
que heroico es hacer del ánima brocado
que se expanda, y lo demás dejarlo
Como olvido
Como distancia, entre lo posible
y lo inherente.


II

Inclina oscura testa de alado halo rodeada
y empieza la tarea, que es ardua
de vegetal acuático y profundo.
Hila, con la cara de otra
traspasada. El cordero se mueve, se retuerce
avanza, sobre un plano verde
pradera natural entre pestañas.
Cree. Cordero cree que puede
estirar el hocico, morro, pasto cree
O no sabe
O confía.
Bailan los osos turbios con caretas enormes
al gozo de la llama y por la cuerda
que rítmicamente
otros, azotan contra el piso.
Bailan los osos balanceando sombra
gozo, para que los niños rían.
Y el cordero, que espera.
Finos dedos de seda
hilan, la bolsa de mercado.


V

Volver
a la condición de perro
inapresable, de pelaje lamido
de matadura rosa. Decir Nada
Resume. Decir la lengua mía
deshaciendo sustancia pegajosa
chocolate trufado. Una lengua
que aquí venga con la condición
terrosa del olvido en sordo resplandor
El maleficio. Vidriado ojo
que atravesado de placer percibe la roja curvatura
el anzuelo sangrado la enardecida linfa
y una vez más la cera, líquida inflamable
espesa que se cuece.


VI

La vela que gotea sobre el mantel bordado.
La piel, pétalo sobre la fuente abandonada.
A un hombre le sangra la nariz rota de un golpe
en un ring de suburbio,
con las paredes húmedas
pintadas de naranja. Una mujer se levanta de una sala
a la que no habrá de volver dejando atrás
la infancia y la muñeca. El racimo y el sueño.
Y no haber nadie
Nadie que espere en ningún sitio.
Apenas si se barren los restos de la cena.
Apenas si se nombra el porvenir.
Apenas el ala violeta del sombrero.
El tacto, apenas.


VII

Nada la sombra.
Nada el inquietante punto transbordado
moviéndose. Alejada del plato y del ruido
del hambre, de la noción siquiera
de carencia.
Creciendo desde un nódulo de atrincherada madera
verde y populosa temblando desdice coyunturas
corre por un tronco más o menos liso y pide agua
miel de palma
rebozo. Página dónde apuntar
olvido.
La costa varía apenas un poco cada día y transforma
los dibujos en la arena. Y es tan frágil la línea,
y tan azules los ahogados.


VIII

Podría ponerse en contra de la luz, del ventanal
para un juicio final, para el ocaso.
El ocaso en jirones de rosado cielo recortado
de dorado perímetro silente
para un incendio oscuro y agobiado.
Y nada se verá. Ni se sabrá tampoco nada.
Ni hoy ni mañana ni nunca.
Todo permanecerá como hasta entonces,
como hasta el entonces en que un loco
director descubra, levantando la tapa de otro seso
el roto cardenal, el silente ejercicio
la incesante paradoja de descomposición y olvido.
Y filmará entre aullidos
escena tras escena
como no fueron nunca en realidad
en esa recortada realidad de los hechos
transidos, fragmentarios.
Y estará ardiendo, mientras tanto,
el siempre ardiente
oscuro
corazón inadvertido.


IX

En un pozo de sombra que surgiera aparece la voz
como esperada, y modula
un diseño para una posteridad bien avenida.
No era sólo dolor, ni era la pena
como trapitos grises de deshecho juntados.
Ni era tampoco la alegría
salpicando con su falda festiva
los amarillos rostros despertados.
Era sed de esmeraldas el trasluz
pantomima de giro y no quería.
La boca, y van retazos
pedazos en gloriosa marea trasnochada
de intentos, de posibles esquirlas
luminosas y oscuras. La piedra
entre los dientes, la marea
entornando los ojos que enturbia la pestaña
para evadir el estampido
que taladra el hombro, el roto corazón,
ese afluente.


Láquesis

Es un prisma. Es un prisma que gira.
Es un prisma que fragmenta la luz, la descompone.
Es un sueño la luz.
Es un sueño la luz que se repite.
Es un espacio verde, que se hiciera
Hay dos amordazados en la luz
en el preciso verde.
Gira una vez el prisma y se hizo tarde.
Gira una vez la luz y hay un zapato suspendido en la esquina
un montón de arañitas verdes, casi transparentes que caminan
incendiándose el lomo, sobre una tela casi transparente que no
deja respirar a los que de una manera casi transparente
empiezan a quemarse.
Afuera, alguien salta tratando de mirar por la ventana
un golpe apenas en el vidrio, una marca de sangre.
Y es la luz, los irisados tonos de la angustia
Ese silencio bordado de la tela
Crujiendo, desde la lluvia verde, casi transparente.


I

Central, bajo la luz
Mercurio que echa sombra
Afuera,
Regado de disculpa, de promesa
de blancura rasante si existiera.
Entonces borde, ¿ o era cuerpo?
Luz, penumbra guarecida
Luz, sin guarida posible,
la oscurecida brinda
la oscurecida mano que no quema
la temblorosa frente, momentánea.
Avidez, que como prosa enrosca
la rosa de la prima, prímula parte
de primoroso encaje como anclaje fugaz
el pez de plata que evadido esconde
la raíz,
inflamado nervio que fulgura
en sombra estremecido. Figura,
que no resiste
Cuerpo, por decirlo
que no abarca
palma para el alma
el aura, que acontezca.
Y queda corazón goteando
disuadido
de esa perversidad tan clara
de Mercurio.


II

Pulcra manera de terciar la cifra
para decir no quiero. Para volver
la cara a la pared. Para quedarse.
Preferir quedarse con la cara pegada
con el rostro extendido sobre ese muro blanco
gris, a veces sucio. Extender verdemente el rostro
todo allí, dolorosamente allí
para no salvarse nunca
ahogando con un trapo los golpes,
el perseguido corazón.
Engarzando una cuerda atada a la cintura
que rodea un borde, un recortado perímetro de mole.
Es la voz, que la montaña quebrada devuelve detenida
ajena de la vida anterior, la que tenía.
Tan corta la distancia
Tan sofocante el aire entre el rostro y el muro.


VII

La fronda estrepitosa no cede al manantial
Bajar, bajar por el pasillo, un pasillo del eco
Penumbroso. Algo en el agua que delata el sonido
El foco del que emana el principio de todo
Delata el debatir del prisionero
lo amotinado que gira hacia su centro. Buscar un pez
la guía del enjambre. Quise
Como árbol
Estirar el ramaje
Extender en el aire lo plateado
Su tintineante ruido, su follaje.
Una mantis enorme parece sorprenderse rosada
mientras come una cría,
deja un momento inerte lo que queda de su tieso cachorro
Observa, parece atenta a algo
Parece que pregunta
Y junta las patas de adelante.
Pobre.
Reza.


X

Empieza por el rostro, que es blanco
que está descolorido. Continúa por unos labios gruesos
pintados de naranja, de amarillo violento.
Y trata de salir, de abrir esa ventana, de fugarse.
Pero la distancia acorrala entre el vidrio y el cuerpo
entre el tirado y el posible
vestido de payaso, de payasa.
Que se saca el sombrero, que sonríe
que se cubre la mueca, el sucio velo.
Y estira la muñeca, la intangible
debajo de la pierna develándose
Zorro mineral se vuelve agazapando,
calcula muslo, peso, elástico del músculo.
Es la luz la que evade, la que fuga en la tarde
la que envuelve
Es la luz la que apremia y la que pide
Es fuga la que gime,
que no vuelve.


XII

La cabeza en vahído
Estirada sobre dos adoquines y pendiente
De un hilo de araña desde el techo
- jineteado de hormigas puntos negros estrellas -
pequeñísimos simios desde la luz que saltan
deslizándose al sueño morbidez de ese canto.
Asume el lirio la perfección, recorta
urdidas tramas de angélicas criaturas
barbadas, ágiles, agrestes, apenas amarillas
entre sus largos miembros. El jarro permanece
Implacable en su forma, tozuda quemazón
Que no se arriesga.
Entre escaleras máquinas inconscientes aprendices
de brujos helicópteros, nada la seda
rápida del viento entre los sauces.


XIII

Como disfraz
abeto multitudinario que no quiso
saltar el flanco de la senda, involucionar
al gas perverso y rebatir
del bolo alimenticio a la intemperie.
Apoyados los brazos, los huesudos hombros
colgando de unos alambrecitos desparejos
desde el balcón se apronta para ver desde allí
la fiesta popular. Los fuegos de artificio
El pororó, las coloridas aguas.
En el mortero los poluídos sueños de la espera
la licuada esperanza, los niños creciendo sin
mirada benévola o atenta. La pierna del cordero
macerándose, la macerada pelvis fibrosa entre los dientes.
El fervor respirando detrás de un cuerpo que persiste.
El fervor alejando
El fervor
Ese alto cerco inútil que separa.


XVI

Tampoco la inocencia redimía
Ni el ingenio apuntando
la religión, la marca.
Las zapatillas como única manera
de tatuarse, de salir del ganado.
Aro de plata, metal liviano para confundir
las apariencias. Entonces no era nada el ventanal
la decrépita madera endurecida y pintada una vez
sobre otra. Apuntando el disturbio en la pared manchada,
vieja. Con la punta del pie trazando el pedregullo la mosca
verde el abejorro, los turbios ojos. El agobio
El calor la interferencia la mancha en la pared.
Ese gemir que ahueca la conciencia hasta hacerla parecer un hilo
chapoteando imprecisa. Congestiona un pequeño barullo en la ventana
habla de algo, vislumbra pensamientos. Debe querer la cifra
y no se acuerda. Debe querer el nombre.
Pero no hay nombre, madre
Es el Olvido.


XIX

Un corredor sombrío. Un árbol
de apariencia superpuesta.
Pero no es cierto, madre
Ni árbol, ni madera, ni lengua.
Olvida el manantial, que hable de fuentes
Olvida la apariencia de la luces
y gime. Gime de esta manera
abanicándote
Que la lengua me olvida, y soy borrada.


XX

Una vez arrancada pediría
dos piedras, arboleda, amable trino
Como la pana verde y dulce del manzano
Como el recuerdo de las cabras cayendo
hacia el abismo del desembarcadero.
Y la balsa que mecida abanicaba aquella madre muerta
aquellos ojos quietos y pintados
aquella boca, muda para siempre.
Si quisiera gritar ¿para qué muerte?


Atropo

Ni mía.
Ni de nadie. Nada.
Yescas, hojillas. Viento de hoja seca.
En la mañana azul, la blanca brisa y el perverso anhelo
El ir queriendo, la cabeza la cara con eczemas, al viento.
Baja por esa correntada nítida y precisa
en el perfil, en el miedo atroz de la figura.
El agua en la mirada que se enfrenta y es un rostro sin alma
que se escapa para llenar ese otro rostro de silencio
para llenarlo con el hilo libado de los sueños, en la niebla.
La sombra sin atrás, sin cuerpo que refleje, la pura sombra.
La sombra pura que maltrecha de sí logra extenderse, asirse
sobre un suelo, cubrir la heroica superficie agreste
Beber hacia el desierto como un canto como un sonido largo,
una oquedad nimbándose desde el cobre central, dulcísimo
metal, que envuelva.
Y afuera entre las casas, dispersamente lejos
conjuntos de hábitos, manteles, pequeños telares enardecidos
de gardenias. Y afuera lejos, la tarde que se curva
las primeras estrellas. ¿ Para siempre?


LA COPA DE ALABASTRO

"lo único que quiero es mi ojo"(Un esclavo al emperador Adriano)
I
Una fisura se tiñe con la niebla que inicia en la llanura.
Verde del jade oblicuo que da la transparencia que es
negada :
hojas de espeso tinte, aroma que desciende
fragor de ese principio como vacuo, condena
desde el tinte al aroma,
durazno que recubre.
Sonrosa la línea y va sonriendo, pide de su dulzor
al cardenal azul, cardenalicio moretón de celo
Rosa en la ventana del espanto el azul tinte
de morada medusa, no mora donde acusa y va de luto.
Golpeando la cabeza contra el vidrio el roto cardenal
abre de rosas la cumbre del brazo, la curva que la dicha no
quisiera.
Es tarde, deben abandonarlo todo con sangre entre los
dientes, con el espeso aroma de las hojas humeantes
de la niebla. Batirse en retirada a duelo,
sobre las alas de ese inmenso albatros disecado
colgando desde el techo del sepulcro.
Dorada bóveda de grillos, blandir en el trasluz del fuego
la mano hecha de enaguas, soñar de crisantemos
Al levantar el manto que es la niebla, está la espejada de
luz
con manantial, el fruto de la aurora
Tajo en la frente mórbida, sombría, eje de evanescencia
Distraído.

II










Ascuas, astillas de alabastro en el cristal de roca
¿La mano que al dosel estaba presa?
¿La savia que dormida perecía, sin poderlo evitar
brujos y machis?
Qué extensión tendrá ese territorio circunvalado tantas
veces
feroz por cuanto es impredecible
Hasta cuándo se extenderá, líquida la angustia
de esa gota final. De esa espesura
La muchedumbre pasa grita, y este silencio resplandece
puro como el primer día, sobre filosa superficie
Como vapor que sueña dibujos que lo surquen.

III

Columnas de un agua condensada que después se hará roca.
Dulce colmena que trae hasta el enjambre la zozobra.
Una machacada constancia es la que vuelve la cabeza, gira
una rueda, y un dios sin doble recobra la inocencia.
Cuentas de reloj de Italia, licor con el color de las almendras.
Va a venir mamá con uvas amarillas, van a traer confites
van a darte esa leche de las cabras que acuna.
En esta orilla se abanica el vaivén.
En esta orilla llueve.
Ni besos ni dulces ni confites.
Esas palabras susurros al envenenado oído
Esas constelaciones que recorre el azul del rayo que fue
ayer
que no hubo tiempo
Camino del que no vuelve arriero trayendo la prenda de la
vida
Va a saltar cuando nadie lo espere.
Se va a esconder en esa lengua oscura, obscena
de la muerte.

IV

Sobre el perfil del cielo recorría una vasta pradera que
pintaba de azul otro color sobre un horizonte de planicie
verbal.
Volvía con la radio en el bolsillo
silbando una tonada que no
estaba a la moda.
Volvía desde el ignoto borde del silencio como arrastrando
peces de un mar en madrugada.
Y estaba todo ahí, sobre la mesa sucia
los peces, el olvido, el alcohol, las mal pintadas uñas.
El Olvido.

*Tomado de: Universidad de Chile, Blog Creación.


sábado, 2 de abril de 2016

Osip Mandelstam, poeta judío, el acmeísta, sufrió la persecución stalinista por practicar la libertad de críticas, y murió en la Siberia en un Gulag, vencido por la condena. No era nadie para "Bigotes de cucaracha".




Ozip Mandelstam, de regreso al presidio por el mismo delito, para 4 años de trabajos forzados en un Gulag de la Siberia.

*

Sobre un poema de Osip Mandelstam


.A Osip Mandelstam le costó la vida un epigrama contra Stalin. José Manuel Prieto reconstruye ese terrible capítulo del totalitarismo al presentar esta traducción, comentada verso por verso, de la célebre sátira.
I


En 1996 el historiador Jean Meyer, que por aquel entonces daba los toques finales a su libro Rusia y sus imperios, me pidió que le tradujera del ruso un poema del poeta Osip Mandelstam (Varsovia, 1891-campo transitorio de Vtoraya Rechka, cerca de Vladivostok, 1938). La perestroika estaba todavía cerca y yo había recién publicado una traducción del Réquiem de Anna Ajmátova, uno de los más importantes poemas políticos del siglo XX. El poema que Jean Meyer quería incluir en su libro era el muy conocido “Epigrama contra Stalin”, que empieza con el verso: “Vivimos sin sentir el país a nuestros pies”. Como cualquiera que hubiera vivido en Rusia en aquellos años de fines de los ochenta y principios de los noventa yo conocía muy bien el poema y en más de una ocasión lo había recitado en voz alta, admirado por sus indudables cualidades formales, en particular el verso inicial: My zhibiom pod saboyu nie zhuya strani, palabras de una fuerza casi mágica. Del poema no existía ninguna versión en castellano y la versión en francés que aparecía en el recién publicado libro de Vitali Shentalinski, De los archivos literarios de la KGB, era tan pobre comparada con el bellísimo original ruso que de inmediato comencé a traducir una variante más satisfactoria en el margen de la página. En mi traducción improvisada busqué captar el encanto del poema y a la vez conservar la severa gravedad de sus versos. Trabajé varios días en una versión que Jean Meyer terminó incluyendo en su hoy día muy celebrado libro y que luego clavé sobre mi escritorio. El poema le había costado la vida a Mandelstam y escribirlo había sido un acto de increíble valentía, de arrojo, o más bien de integridad artística. Por años no he dejado de pensar en él, de leer todo lo referente a su creación y más que nada a la reacción terrible de su destinatario. Tan sólo una cosa no me dejaba en paz: a pesar de que lo había traducido con el mayor esmero y paciencia, no había quedado del todo satisfecho con el resultado. El poema no terminaba de cuajar en español, parecía una copia muy pálida del original tan bello y potente, como cincelado en ruso. Esto es porque a diferencia de la obra de un poeta como Joseph Brodsky, a quien también he traducido in extenso, la poesía de Osip Mandelstam es de una concentración asombrosa, poco discursiva. De ahí que me sea virtualmente imposible traducir de manera satisfactoria todas las sonoridades, la riqueza de muchas imágenes que no logran caer o encajar totalmente en la lengua de llegada, el castellano en este caso. En la operación se pierde el aura de significados y alusiones que rodea cada palabra en la versión original, absolutamente transparente para el lector en lengua rusa. Como si de todo un árbol sólo lográramos transplantar las ramas más gruesas y todo su follaje, verde y cambiante, quedara en el territorio de la otra lengua.
Estaba el hecho, además, de que el poema es rimado, como casi toda la poesía rusa, pero escogí verterlo en verso libre escarmentado por los fallidos intentos de tantos traductores que, con más buena voluntad que pericia y con una idea a mi modo de ver equivocada sobre cómo traducir poesía rimada, elaboran versiones que difícilmente funcionan en castellano. En cualquier caso, terminé publicando aquella versión y recibí muchos elogios. Pasaron los años, más de diez y no había vuelto a leer mi versión del epigrama hasta fecha reciente, con vistas a incluirlo en una Antología personal de la poesía rusa que estoy preparando. Tras una atenta relectura no creí posible cambiar ninguna de las soluciones que en su momento hallé para su traducción pero sí consideré pertinente añadirle unos comentarios que buscan transmitir al lector ese halo de significado del que hablo más arriba. He creído además importante y hasta necesario aportar una relación detallada de las circunstancias históricas que rodearon su creación, algo totalmente necesario dadas la personalidad de su creador, la naturaleza del poema en cuestión y las terribles consecuencias que terminó acarreándole.
Una última cosa antes de pasar al poema y a los comentarios: como ya dije, en Rusia se le conoce como el “Epigrama contra Stalin”, un nombre que algunos consideran desacertado porque supone una disminución de su importancia. Según algunos, este nombre se trató de una maniobra de los amigos de Mandelstam (entre otros, Boris Pasternak) para equipararlo a esas pequeñas piezas de ocasión que buscan zaherir, satirizar, y que hallaron su máximo exponente en Marcial, el poeta latino del primer siglo después de Cristo.
Descrito por un crítico como las dieciséis líneas de una sentencia de muerte, es quizá el más importante poema político del siglo XX, escrito por uno de sus más grandes poetas y contra el que fue, bien podría afirmarse, el más cruel de sus tiranos.




II
EPIGRAMA CONTRA STALIN

Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.

Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;
sólo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras forja un decreto tras otro:
A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en la ceja,
[al cuarto en el ojo.
Toda ejecución es para él un festejo
que alegra su amplio pecho de oseta.

Noviembre de 1933

III
COMENTARIOS

Verso primero

Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
(Мы живем, под собою не чуя страны,)

Este verso con que el poema comienza no presenta mayor dificultad, en apariencia, que la de trasmitir con absoluta claridad la idea de la vida azarosa de los ciudadanos, el peligro que se respiraba en todo el país. La imagen, sin embargo, se ve amplificada por el verbo que Mandelstam escoge para trasmitir esa sensación y que vertí al castellano como “sentir”, pero que en el original es chuyat, palabra que en su primera acepción arroja olfatear, ventear (para los animales), y que alude a la percepción vaga y periférica de la fiera que ventea al cazador, aporta esa dimensión cinegética. De ahí que la imagen que en ruso proyecta todo el verso es de la de personas que flotan, la zozobra de una existencia que ha perdido la referencia, el suelo debajo; trasmite una clara sensación de urgencia y peligro, de claro acoso.

Verso segundo

nuestras palabras no se escuchan [no son audibles]
/ a diez pasos.
(Наши речи за десять шагов не слышны,)

En la Rusia soviética los ciudadanos han adquirido la costumbre de hablar en voz baja por temor a los oídos ajenos, los padres evitan conversar sobre cualquier tema delicado frente a sus hijos, los amantes temen ser escuchados; las delaciones, como la misma que informará a las autoridades de la existencia del epigrama, están a la orden del día. La costumbre es simple y llanamente salir a la calle para tratar cualquier asunto, hasta los de escasa importancia. Cuando Sir Isaiah Berlin visita a Anna Ajmátova en el Leningrado de la posguerra, al comienzo mismo de la entrevista la poeta le señala el techo en señal de que podrían estar escuchándolos. En Contra toda esperanza, las memorias de Nadiezhda Mandelstam, viuda de Osip, el poeta cuenta cómo en cierta ocasión, tras un viaje a provincia, encontró que en todo Moscú los teléfonos habían sido cubiertos con almohadas porque se había corrido la voz de que servían como terminales de escucha. Algo imposible, en realidad, para el desarrollo tecnológico de la época, pero otras memorias, Avec Staline dans le Kremlin, de Boris Bazhanov, ex secretario de Stalin que desertó en 1929, cuentan cómo, dentro del Kremlin, Stalin había hecho instalar una pequeña central personal que le permitía escuchar las conversaciones de los otros líderes comunistas. Una tarde Bazhanov, que no sospechaba de la existencia de aquella habitación, abrió la puerta equivocada y encontró a Stalin escuchando absorto, con los audífonos puestos, alguna conversación entre los líderes del partido, los contados que tenían el privilegio de vivir en el Kremlin. Esta visión precipita la fuga de Bazhanov por la frontera con Irán, en 1929, a pie.


*Tomado del blog LETRAS LIBRES.

domingo, 27 de marzo de 2016

La Primera Elegía de Rainer Maria Rilke. Versión de Otto Dörr.


RAINER MARIA RILKE
LAS ELEGÍAS DEL DUINO
Traducción, notas y comentarios de Otto Dörr Zegers





PRIMERA ELEGÍA
¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los coros (1)
de los ángeles? Y aun suponiendo que alguno de ellos
me acogiera de pronto en su corazón, yo desaparecería
ante su existencia más poderosa. Porque lo bello no es sino
el comienzo de lo terrible, ése que todavía podemos soportar;
y lo admiramos tanto porque, sereno, desdeña el destruirnos.
Todo ángel es terrible.
.....Y así me contengo, sofocando el llamado seductor
de oscuros sollozos. Ay, ¿a quién podemos
recurrir entonces? A los ángeles no, a los seres humanos tampoco
y los astutos animales advierten ya
que no estamos muy confiados y como en casa
en el mundo interpretado. Tal vez nos queda todavía
algún árbol en la ladera que podamos contemplar
de nuevo cada día; nos queda la calle de ayer
y la mimada fidelidad de una costumbre
que se complació en nosotros y así permaneció y ya no se fue.
----- Oh, y la noche, la noche, cuando el viento lleno de espacio sideral
nos muerde el rostro; ¿a quién no le queda al menos ella, la anhelada,
que nos decepciona suavemente y con esfuerzo aguarda
al corazón de cada cual? ¿Es la noche más leve para los enamorados?
Ay, ellos sólo se ocultan uno al otro su destino.
----- ¿Aún no lo sabes? Arroja desde los brazos el vacío
hacia los espacios que respiramos; quizá de modo que los pájaros
sientan el aire ensanchando con un vuelo más íntimo.
----
- Sí, al parecer las primaveras te necesitaban.
Algunas estrellas te exigían que las percibieras.
En el pasado se levantaba, acercándose, una ola
o cuando pasabas tú junto a la ventana abierta
se entregaba un violín. Todo eso era misión.
¿Pero pudiste con ello? ¿No estabas todavía
distraído por las expectativas como si todo
te anunciara una amada? (¿Dónde quieres albergarla,
cuando grandes y extraños pensamientos entran y salen de ti
y a menudo se quedan por la noche?) Pero,
si te abruma la nostalgia, canta a los amantes; mucho falta todavía
para que su célebre sentimiento sea lo bastante inmortal.
Y a esos abandonados que tú casi envidias y a quienes encontraste
aún más capaces de amar (2) que a los satisfechos.
Una y otra vez recomienza la alabanza inalcanzable;
piensa: el héroe perdura y hasta su mismo ocaso
fue para él sólo un pretexto para ser: su último nacimiento.
Pero la naturaleza, agotada, recoge de vuelta a los amantes
en su seno, como si le faltaran las fuerzas
para llevar a cabo dos veces la tarea. ¿Has pensado bastante
en Gaspara Stampa (3), para que así alguna muchacha
a quien dejó su amado, ante el ejemplo señero de esta amante,
sienta: y si yo llegase a ser como ella?
¿No deberían, al fin, hacérsenos más fecundos estos viejos dolores?
¿No es tiempo ya de liberarnos, amando, del amado
y de resistir estremecidos, como resiste la flecha a la cuerda,
para ser, concentrada en el salto, más que ella misma?
Porque no hay permanecer en parte alguna.
----
- Voces, voces. Escucha, mi corazón, como antaño
sólo escuchaban los santos, de tal modo que el llamado gigantesco
los alzaba del suelo; pero ellos, los imposibles,
seguían ahí de rodillas, indiferentes:
Así estaban escuchando. No es que tú puedas soportar
la voz de Dios, ni mucho menos. Pero escucha el soplo,
el mensaje incesante que se forma del silencio.
Ahora susurra hacia ti desde aquellos jóvenes difuntos.
Donde quiera que entraste, ¿no te habló quedamente
su destino en iglesias de Nápoles y Roma?
¿O se te impuso, sublime, una inscripción en relieve,
como recientemente esa lápida en Santa María Formosa?
¿Qué quieren ellos de mí? En voz baja debo deshacer
la apariencia de injusticia que limita un tanto a veces
el puro movimiento de sus espíritus.
---
-- Por cierto que es extraño no habitar más la tierra,
no seguir practicando las costumbres apenas aprendidas,
no dar el significado de un porvenir humano a las rosas
y a tantas otras cosas llenas de promesas;
no seguir siendo lo que uno era
en unas manos infinitamente angustiadas
o incluso dejar de lado el propio nombre
como un juguete destrozado.
Es extraño el no seguir deseando los deseos. Es extraño
ver ondear libre en el espacio todo lo que antes se amarró.
Y el estar muerto es laborioso y tan lleno de recuperaciones
que sólo lentamente percibe uno algo de eternidad. Pero los vivos
cometen todo el error de distinguir con demasiada vehemencia.
Los ángeles (se dice) no sabrían a menudo
si andan entre los vivos o los muertos.
A través de ambas regiones el eterno fluir
siempre arrastra consigo a todas las edades, acallándolas.

Por último, ya no nos necesitan ellos, los que se fueron temprano;
suavemente uno se va desacostumbrando de lo terrenal, así como
se emancipa con ternura de los pechos de la madre. Pero nosotros,
que tenemos necesidad de tan grandes misterios, de los cuales,
y desde la tristeza, surge a menudo una prosperidad bienaventurada:
¿podríamos existir sin ellos? ¿Es vana la leyenda de que antaño,
en el lamento funerario por Lino (4), la primera música, osada,
atravesó el arido estupor (5); y que recién en aquel espacio dominado
por el terror, del cual el joven semidiós escapó de pronto y para siempre,
entró el vacío mismo en aquella vibración
que aún ahora nos arrebata, nos consuela y nos ayuda? (6)


NOTAS:
1. La palabra que el poeta usa es "Ordnungen", que significa "órdenes", pero en este contexto en el sentido de "jerarquías". Desgraciadamente se produce una cacofonía con "oiría" y "desaparecería", que no hay cómo evitar porque ambos tiempos verbales no son reemplazables. Por esta razón hemos decidido emplear una figura que, aunque no corresponde exactamente al sentido de "jerarquías angélicas", se emplea mucho en relación con estos seres puramente espirituales, cual es la de "coros de los ángeles".
2. En esta parte del poema, Rilke hace un juego de palabras con el verbo "lieben" (amar). Al comienzo de la estrofa habla de "eine Geliebte", que significa "una amada" o "una mujer amada"; luego dice que hay que cantarle a los "Liebenden", que serían los que están amando, vale decir, los "amantes"; y por último, usa como adjetivo el gerundio de "lieben", que es "liebend", pero en forma comparativa, o sea, con la terminación "er". E lugar de traducir esta última expresión como "más amantes que", hemos preferido decir "más capaces de amar que", porque corresponde más al sentido de lo que el poeta quiso expresar.
3. Gaspara Stampa (1523-1554) es una poetisa italiana, nacida en Padua, que en sus poemas cantó su amor no correspondido por el noble veneciano Collatino di Collalto.
4. Según la mitología griega la música fue inventada por el joven Lino, hijo de Apolo y Terpsícore. Orfeo y Hércules, entre otros, fueron sus discípulos. Un día reprochó Lino a este último sus escasas aptitudes para la música, frente a lo cual Hércules se encolerizó y con su lira asestó un golpe mortal sobre la cabeza del semidiós. Grecia entera lloró su muerte la que llegó a recibir los honores de la apoteosis.
5. La expresión "dürre Erstarrung" es muy difícil de traducir, pero también de comprender. La mayor parte de los traductores, empezando por Maurice Betz, el primero que tradujera a Rilke al francés, interpreta que esa seca rigidez o paralización (Erstarrung) es la de la materia toda ante la tragedia de la muerte de Lino. Pero también, y coincidiendo con la interpretación de Romano Guardini podemos pensar que son los humanos los que quedan paralizados, inmóviles, ante el horror del sufrimiento provocado por la muerte del joven semidiós. De hecho, en alemán se usa la expresión "vor Schreck erstarren", que significa "quedar paralizado de terror". Ahora bien, la palabra "paralización" es muy poco poética, por lo cual hemos preferido decir "estupor".

6. En las dos últimas líneas hemos agregado, respectivamente, los adverbios "mismo" y "aún". En el primer caso lo hicimos por sonoridad, porque sin él el verso nos quedaba corto. En el segundo, también en parte por sonoridad, pero sobre todo porque agregando el adverbio se hace más comprensible el final.

jueves, 17 de marzo de 2016

Poemas de Carl Phillips; de una idea de berracas expresiones al lector hispano. Ilustración de Naide.





El poeta estadounidense, Carl Phillips, Everett, WA, 1959. Poeta y traductor: Filoctetes de Sófocles, para un seductor desprevenido.

*

Poemas de Carl Phillips

Flores de luna

Es como si la oscuridad, que había sido antes
apenas contexto, diese a la vulnerabilidad
un permiso, casi: carnosos platos de
crema derramados, tantos manojos de pergaminos
deshaciéndose; y ahora, por piezas, la delicada
máscara de una indiferencia que se ofrece radical
en contra de lo que, cada vez, parece
impensable, como inesperado, como cuando,

en el largo sueño de contracción, el mar
que al fin no es un mar, pero de qué otro modo
llamarlo, comienza de nuevo su movimiento, y
a pesar de cada empujón de la voluntad hacia adelante
hay algo noble —como decir,
algo solitario, además —es demasiado tarde.



Leda, After the Swan


por Carl Phillips

Perhaps,
in the exaggerated grace
of his weight
settling,
.
the wings
raised, held in
strike-or-embrace
position,
.
recognized
something more
than swan, I can't say.
.
There was just
this barely defined
shoulder, whose feathers
came away in my hands,
.
and the bit of world
left beyond it, coming down
.
to the heat-crippled field,
.
ravens the precise color of
sorrow in good light, neither
black nor blue, like fallen
stitches upon it,
.
and the hour forever,
it seemed, half-stepping
its way elsewhere--
.
then
everything, I
remember, began
happening more quickly
.



Carl Phillips (n. 1959, EE.UU.)

Mi campo, mi ocaso
.
Por supuesto, hay un encanto que pueden hacer las hojas,
en su temblor pues en su recostar de nuevo, inmóviles y llanos
– de golpe.
Es como el Tiempo sí mismo,
cuando parece inesperadamente más disponible,
y hay más perder entonces, más amar – o intentarlo…
.
Pero, cuando miramos de las hojas hacia arriba, recuerde:
eso es una elección también.
Casi como de la lástima de todo
– la promiscuidad, la comprensión que nada puede salvar a usted –
hasta las ramas descortezados por el viento
que firman con sus sombras el suelo delante,
en la manera de todas las ramas en su vida – últimamente, ¿no?
A menos, usted prefiere decirlo que hacen esto
– y éso es la mitad a lo largo del camino hacia la creencia
…cualquier cosa es, al final, la creencia.
.
Usted puede mirar hacia arriba,
o pueda cerrar los ojos completamente,
haciendo irse algo del mundo – un rato – pero solo un poco,
y no la parte sobre haciendo daño a otros
como la única buena respuesta después de estar dolido,
y no la parte que pueda parecer
– al primero, comprensiblemente – un vida en ruinas…
aun si
– rehusando el hundimiento porque puede rehusarlo –
usted mira otra vez,
el corredor escarpado de lo que es solamente una tarde de invierno tardío,
oscura ya como la noche, y las hojas oscuras también…
y, aún más oscura – la puerta.
Es la puerta que tiene la intención de buscar de nuevo (porque la perdió.)
Usted tuvo que tocarla
– una vez, fue todo –
pues floreció plenamente abierta…

. . .



Del poemario Silverchest © 2013, Carl Phillips
.
Versión de Alexander Best

.

"Cisne Negro en el agua, en un poco de lluvia"

Visto así,
a través de ese lente, donde necesita
y con ganas de natación al azar
uno hacia el otro, de nuevo, y
de vez en cuando juntos, él se mueve menos como
un cisne negro, o de lo contrario de lo que cualquier
hombre para quien el sexo es o se ha convertido en el último,
un sentido añadido por el cual pase pero más contundentemente
a través de una vida en la que, en medio de los silencios,
deja lo poco que tiene que mostrar por sí mismo
detrás de él en las trenzas de agua, de verde a azul tras

Por favor, no me hagas daño y se puede ver que estoy dolido, ya.
\