Prólogo a “Malparidez”, de Diego V. Rivelino (Born Colombia, 1977)
“Lo único que no es pequeño es el poema” Alberto Girri.
Por Gabriel Jaime Caro (Gajaka)
Lo
que si queda claro, es que nuestras conversaciones comienzan en el intertexto, más acá del contexto. Y así
la tarea de soñar, reparación del lenguaje, un poema que suene a Bestial, tan exclusivo de su
misma escuela, que la revienta Diego
Rivelino en maracanazo poético. Son las llaves opuestas lo
mismo un tren y una carrilera, y hace un tronar, compartido a la vez con Umbrella House, con Ricardo L.Peña Villa, a quien le decías poeta, y llovieron
los manifiestos en “Sinasco”
(Tríptico), acuso apoyo de una endecha (“Tres
palmadas al amor”) , que no era exactamente como las búsquedas de otros
poetas por Ezra Pound y T.S. Eliot, Lezama, que a pesar de la marcha, en la de antibush salimos a la
calle indignados, muy unidas las etapas y los últimos instantes. Éramos
un faro, un roble, el afán sin afán convertido en espera, Rivelino paradójicamente es un elegido
de estas tribus que yo encontré establecido dizque donde el enemigo.
Cómo
sacó adelante unas ganas de hacer un libro de poemas, “Malparidez”, Diego ha sido tentado por Hollywood para sus pelis de taco y
vieja, compite en teatro con Lawrence
Oliver (y valga la exageración), “Aléjate
hijo de las iglesias”. Total, la danza que tienen al fin sus poemas
restriegan nausea, un espíritu solidario contra otro destructivo, esta vez por
la abundancia que nos permite algunos saltos, un alma que corroe las
sepulturas, no cabe duda directamente de aperturas exigidas por nuestro
Medioevo sin máquinas.
¿No
le faltó en este triki traque, un poema a La
Atlándida?, ahí en su textico, por Platón le escribí como mi única herencia. “Catalina
la O”,
orquestado por el dj del diablo, mezcla no muy mezcla (mix) de Andrés Caicedo y Nadaismo de los 80s, toca sabroso
ritmo, mira yes boy neoyorkino. Pelea con el dj, y se armó la gorda, todos viendo el
ridículo, desvariadas notas del absurdo, yo soy un absurdo, aunque lo otro sea
lo memorable, helos apretaditos en el bucéfalo.
Un
mundo, que es submundo (ya nadie cree en el subconsciente, porque nunca
aprendimos donde estaba con nuestras manos en el cerebro), y lo interpretábamos
todo con el diccionario del Peccus. Es también subsuelo, patético otro,
frente al subsuelo de praderas infinitas sin retroceso.
Llevan
el ritmo entre los pies, cómo se llama, pregúnteselo al verdadero Rivelino. Quisieras tu tener compinche
con el profeta Gonzalo Arango, y si,
salirle a uno el pontífice nadaista de
New York a la vista de los otros pontífices exnadaistas, una verdadera irreverencia que se frustró,
porque casi no había nada de poesía o difícil parir otro igual, más allá de los
manifiestos del Nadaismo (Pontífice,
como lo llamó Jota Mario a Ricardo león Peña-Villa); peores son
los gritos de los trenes ausentes, y sus dioses de carne y hueso, y este
Jazzecito supremo que le sale al paso, con el cumpleaños de Billy Holliday, y de Héctor Lavoe, en el verano de julio.
Malparidez (Cosmoagónico fue su primer intento de
bautizarlo), cualquier nombre que le
quisieras dar, yo dirÍa CASUAL IMPERFECTA atraviesan las higueras del
viejo Gothan, los sibaritas de los Beatniks boricuas en el Nuyorican Poets
Café, revista ilustrada de poesía Realidad
Aparte (Segunda
Vida), Revista Casa tomada, la muerte de R.l.P.V.
(2011), y la irrupción de un volcán de ideas hasta que sus mismos dioses derraman
la picardía con la flor negra, hasta el mismo hospital sin par con alteridades
provocadoras, dentro tribus, murallas, perfomer de un canto mahometano en el Instituto Cervantes, contralto con Nicolas Linares, Criistian Cuartas, la flor innata de nuestros desordenes , casi
siempre segundas partes, y el bueno es el que se marchó: el imigrante hispano.
Las ratas del sótano (“Balada de
otoño”).
Los poetas, Diego Rivelino, y el poeta peruano, César J. Sánchez, lanzando sus poemarios en Centro Cultural Barco de Papel.
II
Esta
vez desde los búfalos, “Hubo
una inquietud/ y fue inminente el terror a la soledad”, una desnuda naturaleza, metáforas
sinuosas con manto sagrado. “un
mantra/ pero el animal irreconocible/ se colaba en sus códices,/ en el espacio
negativo de sus jeroglíficos,/ en lo deficiente de su erecciones”.
La
metáfora lívida, el Colectivo de Poetas de nueva york, la continuación de su “Arte bestial”, la Maratón Cultural, y todavía hay tiempos idos para la sentencia “Oh fabios…”. “uno
no es más que la cuenta regresiva de sus holocaustos / y la mortaja bajo la
redonda sombra de los buitres”. Siguiendo la locura de Leopoldo Panero, el poeta maldito: “El
cuerpo, ese impostor en el retrato”.
Ya
que puedes eliminar “Memento Mori 2”,
ahí queda la constancia. Vamos ahora en el tren
M, con nuestros apocalipsis que son del
todo salvaguardados. Le sugeriría dedicar su poema “Skula puvlica 188” a Silvia Plath o a Virginia
Woolf. Periódico “La
vecindad”, Librería Barco
de Papel en Queens,
con su gran anfitrión, Ramón Caraballo
(librero estrella). Nos conocemos por los micrófonos
abiertos de Barco (Por el poeta que da la pincelada, faltándonos el martillo nietzcheano).
“Bebo la usurpación de la conciencia en un
café negro/ y lo que fue sepia,/ película muda, un pelo, ahora es la taza vacía
y se la lleva un mesero”: esto es un verso malo, pero lo salva el
piropo al final, y se la lleva un mesero, un estilo para mejorar, acá donde ya
no hay pontífices, donde se roba al muerto para que pase una temporada mejor en
la memoria.
“Padre tiempo” con el adagio para violín de Albinoni, que no desdeña la completa libertad se deja decir en el poema, cárguesele a la
víctima. Y Rivelino baila como el sufí de la Capadocia.
III
Sin
estrategias supermodernistas, la
curva que cada daimón ejerce con su pudor, la crítica a la
poesía del XXI tendrá que ser
implacable, huir de su mano destructora o acógela sin temor. Administra los
bienes de “Malparidez”, un cielo herido, una osa blanca
desaparecida, un perro domesticado ahí frente al otro perro nazi, una era de
lenguas romances en estrellas u otros soles, integración a luchas solidarias,
que el poema sea amuleto, y no solo vino de escasos segundos, como decía Alberto Girri, “lo único que no es pequeño es el poema”.
Este
dictum mallarmeano, “El
mundo entero existe para el libro, y viene a parar en él. Antes bien, el mundo
existe para la imagen, y viene a reflejarse en ella”: imago-mundi.
Al
chuchaqui tiburón chileno (Gonzalo I. Paredes).
Última presentación de Poetas en el sótano, en septiembre del 2013, en Barco de Papel, con Diego Rivelino, Criistian Cuartas, Pablo Gamez ( el director de la obra), Gajaka, Raúl Martinez y Guido Cabrerizo (Raúl y el boliviano regresaron a su país de origen), Nicolas Linares (Que actuó en la obra), entre otros. Lo que más me gusta de esta foto es el barco en el aire que hacemos con nuestros brazos, Nicolas y yo, el reencuentro, para después recoger ausencias.
Diego Rivelino, Cali,
Colombia, 1977.
Poemas de su libro MALPARIDEZ, 2015.
En el Origen
antes
que erigieran los grandes templos
cuando
la mujer y el hombre eran uno
y
frente al fuego desgarrando al búfalo
miraban
con júbilo su corazón caliente
aun
palpitando entre sus dedos:
se
despojaron de su infancia
supieron
el secreto
tan
profundo como la caverna
donde
enterraron al gran padre
y
allí, en ese instante
mirando
el insondable abismo en su sombra
quedamos
todos separados.
La extrañeza
Al principio era un animal
innombrable.
Aleteaba entre los hombres,
se zambullía en sus hogueras.
Se desconocía el algoritmo,
el palo justo,
la piedra perfecta,
cualquier cosa que repitiera su
belleza.
Hubo una inquietud,
la primera palabra nombrando el primer
objeto
y fue inminente el terror a la
soledad;
ahora había bocas que alimentar,
territorios por conocer
y ese pedazo de estrella incrustada en
la aorta
que llamaron nostalgia.
Unos cuantos hallaron consuelo fijando
su mano roja en la roca,
en un garabato eternizaban lo que
creyeron era su cuerpo
y postergaban al azar el día de su
muerte.
Era un murmullo a la caída del sol.
Después de largos debates en las
plazas de sus tempranas ciudades,
los sabios corrían a sus aposentos
y llorando de miedo inventaban más
dioses.
Resolvieron con un velo,
una pirámide,
una clepsidra,
un mantra
pero el animal irreconocible se colaba
en sus códices,
en el espacio negativo de sus
jeroglíficos,
en lo deficiente de sus erecciones.
Con los siglos, bajo el ojo inmutable
de la razón
lo percibieron en la música
pero ésta era una terrible disonancia
y los violinistas se quitaban la vida
si no atisbaban a la melodía del
innombrable.
Allí está, intúyanlo,
parece acechar pero saca la lengua
y parapetado, hermoso y silencioso
marcando el último punto
Anatomía
Uno
consiste en la diaria entrada y salida de su casa
unos labios partidos
un imparable flujo nasal
la intrínseca división de unas tripas
una erguida postura para las fotos
y la incansable lucha por lo que se carece.
Uno no es más que la cuenta regresiva de sus holocaustos
y la mortaja bajo la redonda sombra de los buitres.
Si uno cuenta con suerte
halla un viejo objeto debajo de su cama
que lo corona con fama, fortuna
y un hocico nuevo que llena de cocaína.
A veces
si continuamente se muda de pieza
y revolotea fogoso de enamoramiento
uno es tan patético
que escribe poesía.
Diego Rivelino, Poeta, Colombia.
Rivelino, el astro del futbool, Brasil
Nature boy
En este encierro que vive en mi encierro
he jurado ver mis ojos, mis verdaderos ojos.
Máximo
Ceniza
Entrar
al callejón sólo por el jazz.
A
veces un tecato buscando el templo de la jeringa
merodeando
el lugar como el irremediable síntoma de un tiempo.
El
trompetista Franziquini
que
al ganar un juego de dados
consideró
la posibilidad de la hazaña.
Franziquini
con tumbao de pimienta en la ropa
y
soltura de mente entraba al callejón.
Su
novia Zambia
con
un cigarro encendido entre sus apretados labios
la
ambigua disposición de sus tetas caídas
piernas
cruzadas, una cicatriz en la rodilla y otra en el mentón
esperaba
justo abajo del neón que decía: “jamás”.
Franziquini
quería la erección del metal a la noche
de
su nota a la nota
tocar
la trompeta como Franziquini sabía tocar la trompeta
al
máximo brillo del cobre.
¡Toca,
toca, toca! gritaba la fauna al unísono
redoble
de sus botellas.
Zambia,
en su esquina roja, tarareando la muerte
apagando
medio cigarrillo en la suela
se
acomodaba para el show.
El
trompetista con el rostro ardiente
sobresalía
ante la llamarada
que
crecía en un bote de basura.
Tocó.
Sonó.
demonio
en el siglo 20
el
Nilo en la noche del éxodo.
catedral
derrumbándose
ráfaga
gaseosa tras la gacela.
Zambia
era un hongo que le salía a una grieta de la noche
y
acompañó a Franziquini hasta el último acto.
Horas
más tarde
una
carne seca
unos
nervios raídos
un
corazón hervido
se
parecen a Franziquini
Junto
a él,
bajo
el neón que decía “jamás”
su
beso,
la
morena Zambia
temblándole
el cristal en sus ojos
le
contaba a los curiosos
de un niño perdido en un bosque lleno
de sol
Horapico
La
ciudad conspira
y
el tráfico es animal
y
la propina está incluida
y
las meseras malheridas de noches
nunca
terminan en besos.
Y
la ciudad conspira
desde
el ojo del semáforo conspira
y
hay dolor al llegar tarde
porque
ser antes de la competencia
le
sube el precio al sueño
y
te hace poderoso para debatir tu propia muerte.
Y
así conspira
con
su olor amaestrado de perra vieja
muestra
sus colmillos de madrugada
y
con sirenas como espuma por la boca
muerde
al incauto transeúnte
arrebatándolo
por el resto del día.
Conspira
y
la carcajada nocturna de los sábados
pasa
a la velocidad límite salpicando lágrimas
y
la rata que te mira desde la basura se esconde
porque
sabe que aún no ha llegado tu hora.
Y
conspira
en
ese silencio metálico
de
palomas rotas en viejos edificios
para
rayarte los nervios y respirarte en la nuca
la
ciudad conspira.
El poeta colombiano, Diego Rivelino, con el poeta boricua, Papoleto Meléndez, en Centro Cultural Barco de Papel, N.Y.C.
Padre Tiempo
Tú,
serpentina voraz del falo espiral macro conocedor de cada pelo
gracias por ir al grano,
destructor músculo recreador del universo.
Hoy te ruego antes que nada
seas la fuerza que impulsa
mi inflexión en el catre
la culminación de todos los
yos en el reciclaje.
Salva a mis amigos
malvivientes
que degusten las
posibilidades que abren las puertas de los bares
que no todo lo que salga de
sus bocas termine en el cenicero, por favor.
Que vayan por ron antes que
cierren los espíritus
y abran el coco, lleven la
clave
crujan hielo, hagan espuma
con la mirada de su trigueña
sirvan trago y en su copa
una sombrilla Peña-Villa, por favor.
Padre tiempo dame el
invicto, el dígito perfecto
de aquella que se quedó en
el vagón y no volví a ver.
Borra el implacable número
que me quiere marcar en la frente
el consumo salvaje desde el
caoba de su escritorio.
Padre Tiempo
suena la sordina que usa el
alma del negro para propagar la especie
expande monte por tus
siglos, mosquitos, jaguares y serpientes.
Padre tiempo, se acaba el
tiempo
tú que rompes todas las
marcas
tú que burlas el afán
tú que sabes el anterior y
posterior de mis pasos cuando huyo
tú que posas al rojo de los
semáforos para venderle flores al hambre
no seas sólo un reflejo en
la cuchara del pobre
se hambre
y que la banca caiga de una
vez por todas
a los pies de un niño a
punto de nacer en Uganda.
Padre Tiempo, somos tu
segundo.
Deja un hilo blanco tras tu
paso por la oscuridad
y que el adagio para
violín, cuerdas y órgano en G menor de Albinoni
se repita incesante aun
después del sol.
Padre Tiempo, sanador de las bestias más divinas
cuero e’ chivo de este malogrado verso
ayúdame a echarme un pie este fin de semana
y aleja la partida, lo enero que tiene y sus charcos de agua
fría.
Materia intacta
El cuerpo, ese impostor en el retrato.
Leopoldo María Panero
A
veces cruzan los cuervos sugiriéndome la idea
y
se posan en la baranda
me
miran a los ojos
son
inevitables:
“el
cuerpo es una isla infestada de pescado
un
rey siglos después del jaque
la
madera crujiendo en tu casa abandonada”.
Los poetas colombianos, Nicolas Linares, Ricardo León Peña Villa (In memoriam), y Diego Rivelino, con el libro SINASCO (Tríptico de poesía), 2007.