martes, 15 de diciembre de 2015

Gerardo Deniz, 1934 - 2014. A un año de su muerte, recordamos al gran poeta mexicano que nació en España.









Patria por Gerardo Deniz*


Mil olvi­dos y dos recuer­dos me bas­tan para armarla.
El olvido se per­dona, pues cumplía entonces yo dos años:
hablo del churro de mi desayuno tempranero.
Los recuer­dos tienen menos de veinte años.
Unos son los cam­pos junto a Soria,
secos, entris­te­ci­dos al filo de noviembre,
que recorrí con mi amigo al atardecer,
mien­tras den­tro de mi crá­neo resonaban,
inex­plic­a­ble­mente,
los lar­gos arpe­gia­dos del coral de César Franck.
Y al fin, un mes después,
cuando, en el jirón restante
de la calle del Caballero de Gracia,
entré a la tienda aque­lla para que cuidasen de mis fotografías,
y tras el mostrador surgió una muchacha seria
y me miró
y por unos segun­dos sentí deshac­erse, disolverse,
mi pecu­liar y gen­uino sobretodo helveticomexica
y fui un viejo las­civo judío o morisco
requiriendo de amores en silencio
a una don­cella cris­tiana de her­mo­sura casi inimag­in­able. 

Y amargo como Pafnucio:
—¿Por qué das tal poder a una creatura?

Escribo esto a mediodía (hora de otoño), a midi, 
ses fauves, ses famines,
y mi graznido de pigargo al arro­jarme al espa­cio postrero, mi Weltinnenraum,
pase­ando, inex­plic­a­ble­mente nervioso, por los pasil­los hue­cos del aerop­uerto de Barajas,
viendo des­fi­lar anun­cios y avi­sos de aerolíneas nunca vistas
que van —pero de veras— a todos mis mundillos,
a Kuwait, a Helsinki, a Ánkara y Angkor, a Sid­ney, 
vía Djakarta.
Era tam­bién el mediodía (hora de Greenwich)
y cuando por fin me arrel­lané en mi asiento en el avión
son­aba, quedo, música de Debussy
para des­pedirme de mi Eura­sia (un mes atrás, cuando llegué,
la música de fondo era, muy propi­a­mente, de Granados).
Ahora, a luchar con el sol, para lle­gar a Méx­ico a 
las 11 p.m.,
por­ta­dor de unos tur­rones de avellana
y de un fardo invis­i­ble de recuer­dos que añadir a 
un mon­tón ya desmesurado.


Soy un bor­botón de magma super­fluo, bro­tada en 
la super­fi­cie terrestre.
Los bomberos, lla­ma­dos con urgen­cia, aseguraron
que jamás habría peli­gro, que sen­cil­la­mente fuera siendo cubierto el adefesio
con pla­cas de amianto. Mamá tomó fiel nota
y, pasado el puer­pe­rio, dis­eñó diver­sas pla­cas de amianto
y encargó que man­u­fac­turasen doscientas,
mien­tras mi padre se encogía de hom­bros y predecía
que todo aque­llo no serviría para nada.
Tenía razón, pues, todavía hoy,
las pla­cas recor­tadas en amianto, a ima­gen y seme­janza de mamá
no embo­nan ni a golpes, las jun­turas se niegan
y el magma inagotable rezuma y escurre sin reposo;
para colmo, se caen más y más placas
y se quiebran, las tiran o las roban.
De ahí la sin­gu­lar­i­dad inútil de mi exis­ten­cia, si 
es que fuera tal.

Retro­cedamos. Rep­tando —vaga anímula—,
me lle­varon a cono­cer el mar a Santander.
Tan grande fue mi emo­ción, que eché a andar.
Por ese mar, supe pronto, se va a América, 
donde 
no ten­emos nada que hacer.
(Algo anál­ogo repetí en 1962,
cuando, como un Bal­boa cualquiera,
tomé pos­esión del Océano Pací­fico en mi pro­pio nombre
—y es sabido que por él se llega hasta Borneo.)
Pero, de momento, mi des­tino man­i­fiesto fue el lago Léman,
en cuyas aguas me metí y cuyas seiches conocí 
en —relativamente—
felices años.

Cuando regresé un rato a la penín­sula, en el 92,
la Con­fed­eración Helvética envió a saludarme
un automóvil con placa y escudo y todo
de la República y Can­tón de Ginebra
que vi pasar, dis­creto y efi­caz por una car­retera navarra.
Pero días atrás ya había res­pi­rado todo el aire 
de Fran­cia en Roncesvalles
y a su zaga, para mí, el de Europa entera,
el aire de mi Helve­cia y de Croacia,
de mi Escan­dia, mi Mun­ster, mi puszta, mi Cir­ca­sia 
y mi Carelia.


Acantilado en Formentor, de Herme Anglada.

Poco después volvía a Fran­cia labortana,
durante un par de horas, la mitad de las cuales 
en Ciboure,
donde no se vio a nadie pero los ojos se me ane­garon al cruzar
hacia una casa sim­ple, del XVII, con una mod­esta indicación:
Dans cette mai­son est né Mau­rice Ravel”.

Pronto cruzamos al revés la fron­tera, hacia el Baztán,
donde vi a las bru­jas y bru­jos en las cuevas de Zugar­ra­murdi y cruzó la car­retera un enorme gato negro,
descen­di­ente rec­tilí­neo de los que en otros tiempos
enno­blecían los aque­lar­res con su belleza impar.
Qué quieren que haga yo, si uno de mis zarcillos
se enrosca —ya hacía mucho entonces—
en aque­lla Vas­co­nia que conocí tan poco,
pues no vi ni las cade­nas arrebatadas al miramamolín,
que cuel­gan en la cat­e­dral de Pamplona,
donde no pude entrar porque la esta­ban reparando.

Mediter­rá­neo. —Donde, según el anar­quista Elysée Reclus,
el alma se des­pereza en uno de los cli­mas más tonif­i­cantes del globo (apud. J. Verne).
(Ah, no se me olvide, mide un titipuchal de mir­iámet­ros cuadrados.)
Acaso me aso­maría a él teniendo menos de un año; qué importa,
pero en el año de semi­m­i­le­nario colom­bino, lo conocí en Cambrils
mien­tras unos bar­quichue­los volvían de pescar sardinas,
pese a no haber alcan­zado el Egeo ni, por ende, el Eux­ino argonáutico
donde el Cáu­caso se refleja, ácido y 
gra­mat­i­cal­mente enrevesado.


Gerardo Deniz en su laboratorio de Quimica.

Luego, desde Barcelona, el Mediter­rá­neo noc­turno que contemplé
fue sólo un poco de agua som­bría y chapoteante.

Mi único viaje a París
fue —¡casi nada!— cuando estaba a punto
de cumplir cua­tro años.
Todo era inmenso (o acaso era yo chico):
el fuego del sol­dado descono­cido y el arco del triunfo,
las escaleras inter­minables de Montmartre,
y desde el primer piso de la Eiffel
un barco dimin­uto por el Sena.
Cua­tro años más tarde me pasearon tris­te­mente 
por la Can­nebière desierta,
Meurent les boches”, gara­bateado con gis en un muro. Y las sirenas.
En el puerto un sub­marino pre­histórico, larguísimo, no lejos del barco donde par­tiríamos mañana.
—Aman­des ou sor­bet? —pre­gunt­aba un camarero irreprochable
(almen­dras rel­lenas de polvo o bolanieve como las que nos lanzábamos los esco­lares en Ginebra).

La trav­esía mediter­ránea se dio mal,
me mareé, pero al atardecer
del otro día se oyó gri­tar —¡África, África!
y se vio acer­carse una her­mosa orilla argelina verde y cálida.

Van Dyke, autorretrato con girasol.

De Orán a Casablanca hubo dos tan­das sucesivas,
curiosa la primera, mirando andenes con mujeres moras
como fan­tas­mas de mediodía
(pero al recom­pon­erse la blanca envoltura
una de ellas dejó ver, un solo instante,
una larga falda verde lechuga alegre),
y el tren se fue ati­bor­rando de facinerosos.
Me dormí entre los bra­zos de mi madre
y soñé con la línea de mi lago,
el huerto, los cone­jos, mi gata Feli­ciana y acaso 
el tango “Celos”
en los cafés al aire libre.
Al des­per­tar mi padre nochempié me informó —con orgullo, supongo, por tener un vástago tierno y geográfico—
que habíamos pasado por Fez de madrugada.
Fez, donde no muchos años antes
lle­varon de vaca­ciones a Ravel, ya fulminado,
y el direc­tor del insti­tuto de estu­dios islámicos,
cer­e­mo­ni­oso y per­ifrás­tico le sugirió, cortés,
com­poner alguna obra de ambi­ente árabe,
y le fue respon­dido difi­cul­tosa­mente —ataxia, apraxia, agrafia, alalia…—
Si escri­biese algo árabe, sería más árabe que todo esto”.
Lo dijo Ravel cubierto de gatos —“saben cuánto los quiero”—,
en tanto que a mí me habrían de lla­mar, en dos o tres edi­to­ri­ales, aprovechando un título del odioso Drieu,
L’homme cou­vert de femmes
porque dieciséis sec­re­tarias cada mañana
pasa­ban a verme y por mi bendición,
mer­mando mi forzada labor en pro de la marxismo-leninismo-castrolatría,
en tanto que otras muchas, en gen­eral más feas, apreta­ban el paso al cruzarse conmigo.



Gerardo Deniz.


Y es fácil enten­der tan opues­tas reacciones
ante un señor nada mal y algo desconcertante
que pasa, anima sdeg­nosa, salu­dando apenas,
escucha pero nunca aconseja,
con­ste­lado de pres­ti­gios tan indis­cutibles como insondables,
que cuando le pre­gun­tan evoca con aplomo la costa soleada de su natal Turquía
—si bien otros dicen saber de buena fuente que es español aunque no se le note,
así como tam­bién con­sta que tim­o­nea una pequeña familia común y corriente.
¿Qué hacer ante él sino platicar un rato y, si no, persig­narse y escapar velozmente?
En su oficinita sobre­sale de la pared un pilar de cemento
que luce en rojo un mon­tón de para­le­las: son las estaturas
de algu­nas vis­i­tantes diarias y el cien­tí­fico lo explica en detalle a quien soporta oírlo.
Sen­tada al pie de esta escala, una asidua le espetó estas mem­o­rables palabras:
—Te envuelve un mis­te­rio que jamás podrás imaginarte.
—Ah, caray. Yo nada más me creí un vis­i­ta­dor de calei­do­sco­pios competente,
avezado en los ritos y pirue­tas concomitantes.

En el aerop­uerto de México
la luz verde me salvó de tener que abrir mi saco de viaje,
ati­bor­rado de tur­rones y libros vascos
que hoy por hoy ya me han robado.
Recibido por cua­tro de familia,
advertí un pelotón de mujeres, toda la lira,
acom­pañado por un quin­teto de ancianos
que, con salte­rio y todo, empezó a tocar valses nacionales viejos.
Las reconocí a todas y del grupo se alzó un mur­mullo de frases evocadoras:
(en primera fila una niña bonita sólo se agitaba,
con un chupón out­sized entre los labios.)
Tienes mucho que dar pero no lo sabes ofre­cer; Eres un apa­sion­ado y eso no tiene objeto; Eres el colmo de los col­mos del amor, sin ser nada empalagoso; Sí, Joan, mucho, mucho… mucho, mucho; Eres un cabrón tierno; ¿Así lo hacen de bien en esas tier­ras adonde vives?
El acento de esta última pregunta
me sor­prendió y busqué con la vista a su autora. Inquirí:
—Y tú, ¿en qué vuelo has venido? Anteanoche nos des­ped­i­mos para siem­pre en Madrid.
—A lo mejor tengo una capa del super­mán. Pero no te alarmes, que esta misma noche tengo que volver.
Cierta nativa audaz se adelantó:
—¿Sabes cómo se llama este vals viejo?
—Sí. “Algo se pesca” (recordé Cam­brils), y cuando oigo ese título me acuerdo de ti.
—Desagrade­cido.
Saludé al grupo con una ele­gante incli­nación de cabeza y una son­risa casi imperceptible.
Media hora más tarde comía yo en familia los tacos vari­a­dos de la medi­anoche al sur de la ciudad.
Con­taba yo y con­taba, y sin dejar de bromear sentí que todo aque­llo se trans­formaba en Aca­pulco treinta años atrás, o mejor sólo veinte. Nel mezzo
—porque acababa de escuchar el mejor elogio
en labios de la que me llevó a ver un Aca­pulco imposi­ble­mente azul.

¿Hasta dónde se va por este mar, decíamos?
Hasta Bor­neo —y es un caer de ánge­les la hora.
Entonces dos ánge­les vieron que las hijas de los hom­bres eran bellas
y las amaron: lo hondo del beso en cruz está en el centro,
Il pleut —c’est mer­veilleux. Je t’aime.
Nous res­terons à la maison:
Rien ne nous plaît plus que nous-mêmes
Par ce temps d’arrière-saison [Carco]
(Salta­ban cha­pu­lines tes­taru­dos con­tra el vidrio.)

Escribí por ahí que mi infan­cia no fue feliz, pero sí interesante.
Ahora entiendo que así fue toda mi vida.
 Texto apare­cido en la edi­ción 156 de la revista Crítica.

 Gerardo Deniz con Octavio Paz.

GER­ARDO DENIZ

Poeta mex­i­cano, su nom­bre ver­dadero es Juan Almela, a quien a veces ded­ica poe­mas. Nacido en Madrid, en 1942 emi­gró a Méx­ico como resul­tado de la Guerra Civil española. Estudió Química y es tra­duc­tor del sán­scrito y del ruso, entre otras lenguas. La eru­di­ción es parte fun­da­men­tal de sus poe­mas, con­struc­ciones ásperas, iróni­cas y cor­ro­si­va­mente orig­i­nales en las que hace uso de los más diver­sos conocimien­tos para describir situa­ciones cotid­i­anas de una forma a primera vista descon­cer­tante. De esa man­era logra recu­perar, en novedad paradójica y con aparente aridez poética, emo­ciones sim­ples, como la ter­nura o el ren­cor. Coin­cide con Gabriel Zaid y Eduardo Lizalde en haber intro­ducido en la poesía mex­i­cana un tono anti­solemne. Pub­licó su primer libro, Adrede, en 1970 y Gatu­pe­rio, en 1978. En 1986 apare­ció Enroque y desde entonces el ritmo de su pro­duc­ción se ha vuelto más con­stante. Desta­can sus obras: Picos par­dos (1987), Mansalva (1987), Grosso modo (1988), Mun­dos nuevos (1991), Amor y Oxi­dente (1991) y Ale­bri­jes (1992). Muere el 20 de diciembre del 2014, en la ciudad de México.

*Tomado del blog Critica.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Pedro Arturo Estrada, poeta colombiano, un viaje entre místicas resistencias, el pesimismo en la lid poética y el aforismo deconstructivo..



Paradiso 11.


Pedro Arturo Estrada, 1956, Girardota, nace muy cerca de Medellín, donde se encoge se hace cañon el valle de Aburra, donde El señor caído, con los símbolos derrotados, la carita de ángel, qué más? extraterrestres, la muerte desde el murito para el niño, los versos que rimados dan al traste con nuestra personalidad.
                      

Gabriel Jaime Caro (Gajaka)


Una poética despersonalizada por las terribles endechas del pasado, al ver la muerte, temprana e inútil, al mago y a la maga. Yegua al mediodía. De tremenda inquietud, aparece por los caminos místicos, los de allá, osea al otro lado del espejo. No hay místico solitario, escribía Michel Tournier.

Y el amigo de mis amigas, de mis amigos, Punto Seguido, José Manuel Arango, que bien lo describía con los mismos versos de Pedro Arturo Estrada: El sueño mal soñado de la juventud, y ahora busca saber, qué de verdad nos pertenece, qué de verdad hemos perdido?

Con poetas de nuevas camadas o canapé, @pésimo la ardilla, los manifiestos postnadaistas, sobre todo los sensibles, la apoyatura a un monumento de soberbios, en Colombia. Al lado de su hermana Lucia Estrada, la poeta tocada por el imposible, lo innombrable, la lengua de la Estigia, los que venían de Siglótica, y estos con los de Señales en la Hoguera, Carlos Bedoya, Raúl Henao, Jhon Sosa, Luis Fernando Cuartas, El Mudo beckettiano, Gustavo Adolfo Garcés y Gaceta de la U.DE.A. Oscar Gonzalez, Margarita Cardona, Carlos Enrique Ortiz, Carlos Eduardo Peláez. Gabriel Jaime Franco, Revista Prometeo y su Festival Internacional de poesía. Todos con pelo de la fuerza o del remedo, éramos más santos que los curas.

Con lecturas precisas para grandes homenajes, y estos desparpajos neoyorkinos, viajan incómodos por las escasas mesas deproporcionado, con agallas y en el lado más habitado la risa hija de la filantropía. Seudológica decantado, sin necesidad de mandárselo a decir con nadie. 

No bien admira a la poeta Mercedes Roffé. Es uno de nuestros críticos de cabecera, cuando se rompe la testa, ahora poeta desde las oscuras y desiertas tierras de New Jersey. Fue publicado en Realidad Aparte (Segunda Vida). Ha escrito varios ensayos y prólogos a nuevos autores.

Recientemente dos libros, uno antológico (Blanco y Negro), Book Press, N.Y., 2014 y Monodias. El profeta en su tierra, el Ulises de más de 24 horas, se me oyé decir en mis sueños encaperetados. El truco de lo monocorde, con lo poco pedido a sus dioses, promete una fauna pero de hombres amados (Desde siempre la monocorde voz que canta en el vacío  -Bruno Salomón) con sutiles artificios, por completo una metamorfosis animal forzado y virtual.

Aparece en la antología de relatos El hilo de la Memoria, de Book Press, 2015, con su texto llamado El diablo en la biblioteca.

Antes había publicado Fatum, Colección Autores antioqueños, 2000, Locus Solus, Sílaba editores, 2013. Premio Ciro Mendía, 2004, y otros.




De, Monodia,

Poemas de Pedro Arturo Estrada

Selección del libro Monodia, 2015 (Letra & Co, New York).


Yegua del mediodía

No lo creeríamos del todo:
por un instante, tal vez el único aún,
todos los nombres agolpados
todos los rostros amados
estallándonos dentro

imposibles
rompiéndose también con nuestros huesos
ardiendo bajo la piel,
atomizados en el aire que relumbra
en espasmos finales

Ni una palabra más
Ni un abrazo
Ni el adiós deseado

Astillados en el vuelo
vertiginoso de lo blanco

De súbito devorados
por una sola llama

—un mismo fulgor.


Babel

una grieta en el seno de lo dicho
                               -Mercedes Roffé


Y tantos libros, tantos nombres
desbordando la estrecha memoria de un mundo
hecho sólo de ráfagas de presente

Y volver a leerlo todo para nada
Y volver a escribirlo todo para la muerte

Espuma y viento, mares de tinta que revientan
contra los acantilados de la noche

Y al fondo en la soledad de su cubículo
el último hombre, el último poeta

salvajemente mudo,
rabiosamente herido de silencio

—y vacío.



 Superficies


El silencio no existe. Existe lo inaudible
en la superficie donde apenas  percibimos
nuestra sombra

Tremor oculto de la vida
que ignoramos

—En la superficie sólo escuchamos
nuestro pensamiento

—En la superficie sólo hablamos nosotros.

De superficie a superficie
la verdad enmudece

De superficie a superficie
sólo la nada dice.

*



Los escritores unidos, Blanca Irene Arbeláez y Pedro Arturo Estrada, en New York.



Abandonamos todas las razones
para tener razón

Se fragmentan los espejos
que devolvían un rostro
El que creíamos nuestro

—Y el rostro único de la verdad

Ahora todos los rostros son posibles
Todas las verdades
Todas las identidades casan
con nuestra nada

*

Como los nombres, como las palabras
que designan lo desconocido

Porque también desaparece la fijeza,
La mirada que aún nos dibujaba
La mano que demarcaba los contornos
La fe de estar presentes
De cruzar el umbral
La certeza de durar y fundar un territorio

El silencio no existe
Sólo existe lo inaudible
en la superficie.


Como esa novela

Que nunca pudo escribirse y fue diluyéndose
en pequeñas notas fragmentos frases sueltas
retazos de diálogo

Que fue imposible ensamblar
por falta de  paciencia o de impaciencia
Porque la urgencia de vivir
Porque el trabajo de la guerra la paz
la taquicardia

Porque el amor huyendo por las esquinas
Porque la falta de una mesa una pluma
adecuada el papel

una habitación propia una amiga inspiradora
una amante
Porque la ausencia de datos precisos
herramientas precisas
música apropiada momentos apropiados
días apropiados

dinero suficiente despensa suficiente
cama ducha

paisajes cielos lluvias vinos suficientes

—Y al final no fue sino falta de imaginación
y de talento

ganas suficientes necesidad urgente fuerza
para poner en claro todo ese batiburrillo mental
página por página

O quizá el viejo descreimiento
Cierta náusea incurable incapacidad de agregar
más basura más papel
más libros inútiles al gran infierno
de una literatura asfixiada por exceso
por superproducción por sobrepeso
por hipertextualidad

Marea de tinta sobre la muda perplejidad
de las generaciones que tampoco atinan
adonde escapar dónde esconderse
dónde respirar al fin dónde tener al menos
un silencio a la medida de su desesperanza
de su cansancio heredado

reflujo de sueño devolviéndose
bajo los párpados de los inocentes
que no saben tampoco
dónde salvaguardar el último rescoldo
de intimidad de instinto salvaje
de primitiva ternura


Anonadamiento de los sentidos
del sentido

Como esa  novela que de todos modos
y a pesar de todo
mientras envejecías

—La vida escribía mejor que tú.



Antonio Tapiès

Lectura de Pascal

 Para Camila Charry

Esto que tratamos de entender

a fuerza de imaginación
más que de razonamiento, como una fe,
como un sueño sub specie aeternitatis.

Esto que flota y va con nosotros,
de afuera adentro y viceversa,
lo que en las noches se agiganta hasta el vértigo
y nos abre una fisura de extrañamiento

mientras hacemos que ordenamos,
que dominamos el pequeño espacio
de palabras e historias del día,

mientras rumores lejanos se apagan,
y el zumbido secreto de otro universo
a escala micro se esconde
tras la línea de lo inaudible
que llamamos silencio.

Fragmentos de realidad se juntan
bajo el foco de luz
de una conciencia

 Instantes de eternidad nos atraviesan.

Qué somos, adónde vamos,
qué hacemos aquí indaga,
grita la estrella afuera o adentro
de los ojos del perro que nos mira,

por qué y para qué susurra el viento en la ventana.

Por qué buscamos aún más explicaciones
cuando apenas somos
esa antigua pregunta

y debería bastarnos.       


Monodia

Ahora que tu cuerpo se dispone a cruzar la frontera más solitaria dime, / ¿a qué grito, a qué palabra te aferras?

                                                   



—Lucía Estrada                          

1

Aferrarse no tanto
a ninguna palabra

porque todas caen
—heridas de tiempo o de hastío
contigo, con todo

agarradas al aire, hojas del otoño
sobre la calle

A grito alguno, a nada
porque tampoco alcanza
y es denso el clima de la noche
como para andar gritando
a esta hora

A nadie porque apuran
el paso desde atrás
tantas sombras                                      
                                                                                                       
y al lado sólo susurra
tu nombre

el vacío

2

Quizá al silencio ganado al fin
a fuerza de renuncias

Reconocer en la luz prenuclear
el pulso de la tiniebla todavía vivo,
el pálpito secreto que aguzó tus miradas de niño
y abrió puertas al otro lado de la noche
que aún permanecen esperando

Merecer esta nieve tardía en la cabeza,
esta fiebre infantil de la edad
Esta vuelta al origen que es de nuevo
la forma más digna de irte.

3

Aprendiste tarde el sabor de una lengua,
el sonido real de las cosas

Ajustar los pasos y el peso del cuerpo
a otra luz, otros ritmos asumiendo un vigor
que nunca creíste posible,
un entusiasmo extraño, una febrilidad nacida
entre la gente que cruza por Manhattan
arrobada en sus propios gestos,
enajenada o ebria

Como quien advierte su vieja desnudez por vez primera
y acepta después de todo un traje prestado

4

Entonces de dónde
el creciente murmullo, la paralela voz que asciende
por tus tripas hasta inundarte el cráneo

Ecos de preguntas que nunca respondiste
y vuelven en mitad de la nada

Acaso es preferible no indagar o esperar
lo que al cabo podría ser sólo resonancia
del hueco original que moduló tu nombre

5

Hubo, recuerdas, un lugar para ti,
una casa, una orilla de amor bajo la estrella,
ojos que te esperaron en mitad de la noche

—Y después el vacío te desbordó y huiste

Estar del otro lado fue tu sola ganancia
con tu cara de nadie perfectamente puesta
con tus manos inútiles
tu boca enmudecida

Tu cabeza avanzando no obstante entre la bruma,
obstinada, apurando el aliento

como si aún tuvieras tiempo
como si aún tuvieras mundo
para esperar, para alcanzar

Demorando la hora de saber
Aplazando el instante
de soltar

de abandonar el cuerpo
a la orilla del día
o de la noche.

6

Alguien más en las ciudades que conociste
repetirá tus pasos,
mirará de nuevo por encima de los árboles
confiado el amanecer

y sin saberlo exultará en su sangre
lo que tú no entendiste para seguir y resistir

Pero has dicho ya todo
cuanto no era necesario

Fue de lo que se te quedó incrustado
entre pecho y espalda

de lo que debiste haber escrito
de lo que debiste haber hablado

No pudiste
No supiste
No alcanzaste a comprender a tiempo

Y ahora que lo intentas
se deshacen en moho las palabras
agarradas al aire

Cayendo contigo, con todo,
hojas del otoño
sobre la calle.



Antonio Tapiès

***


El poeta colombiano Pedro Arturo Estrada, Gabriel Jaime Caro (Gajaka), Noel Jardines, Jesús Blas Comas, Miguel Falquez Certain, y León Félix Batista, en el recital de los poetas Neoberracos. Museo de Queens, N.Y. Diciembre de 2013. Foto archivo de Miguel Falquez Certain.