jueves, 15 de marzo de 2018

Álvaro Mutis, el poeta colombiano de bajo perfil en las lecturas; de pronto te agarra con un fragmento inédito de Lope de Vega. Quién lo lea, no lo suelta.



Álvaro Mutis, celebrando su cumpleaños 75.



Álvaro Mutis Jaramillo* (1923-2013), al menos que estemos equivocados, es el mejor poeta de Colombia, después de Silva.
Impúdico, cada uno está contento en su jardín, si vuelve y juega, lo está permitido, no para garsonerías, holgazanear, ridículo tu; pues estamos con algunos poemas de Álvaro Mutis.

Por Jaime I, gay, de las catanias.

Me soplo al oído, Álvaro Mutis es colombiano, no británico. Ah, si, vaya a ver, que te coge con un Nocturno, te vota del páramo de Sumapaz, y dices, no, no me gusta, me gusta más León de Greiff.

Te intriga todo el tiempo en el paisaje, para ir a contarle a su rey, nada menos que un Felipe II, tridimensional. Pero si heredó a Quevedo y Villegas (un Felipe IV), enigmático, que contornas, que tiranos los primeros ministros, condes Duque de Olivares. Allí estamos pegados en la servilleta, entrepiernado con la Duquesa de Eboli, y el señor Antonio Pérez

Mutis viene del Siglo de Oro I, a descrestar como Kadaffi, su vernácula libertad. No posee miedos, ha estado todo el fin de semana con Luis Buñuel, El fantasma de la libertad, su amigo a carcajadas. Amigo de su profesor en la universidad, el poeta Eduardo Carranza.

Mutis como tipico viajero de barcos en ultramar, con su Maqcroll el Gaviero. Sus novelas que brotan de su poesíaMaestro de García Márquez,  vaya quijotada, lo inmortalizó dando toda la información sobre Bolívar que poseía al gabo, la grata travesía de un náufrago, el innombrable, Aracataca perdida en la selva casí caribeña, y nuestro Río Magdalena. Dos o tres matrimonios. Un hijo poeta. Amores mediterráneos, cocinas mejicanas, enemistades entre capitanes y tripulantes volatineros. Ilona llega con la lluvia.

Si los poemas de Los Elementos del desastre, no son la nueva poesía colombiana, quizás la mas barroca, transcrita por Lucas de Lucider, de Almudejar. Yo le perdono, quién soy yo aunque no me guste, para juzgarlo, aunque esté yo en mi torre de Juan Abad.

Lo persiguió la Interpol, hasta que lo encontró en México (su patria, su exilio) por corrupción en Colombia, cuando no era más que gastos que daba a las artes, escritores.  Estuvo en la cárcel de Lecumberri. Platica para el Gabo. Llegan Los trabajos perdidos, 1965, Caravansary, 1981, Crónica regia y alabanza del reino, 1985. 

Mientras tanto en Colombia toman a Álvaro Mutis Jaramillo como un poeta culterano monárquico burgués (pero no Burgués Pequeño pequeño; nada que tenga que ver con los toscos borbones, porque si fuera así (aunque tenga un poco de carlista), le quitaría el saludo que no tengo por simple gitano. Pero venimos de Cádiz (él pal Tolima), José Celestino Mutis, el científico; los otros poetas a Ocaña (José Eusebio Caro), Norte de Santander, vaya tuna en el cuajo. Que lo coronen poeta. Los poetas medio judíos a Antioquia.

No tuvo el honor de Guiovani Quessep, de ser condecorado, coronado, por el Congreso colombiano, al fin y al cabo, casi todos ellos, han sido unos don nadies. Vaya insistencia perfecta de este poeta, allá en el rancho grande, haya donde vivía. Pero, recibió el Cervantes. y otros premios de gran importancia en Poesía (El Reina Sofía)... Y aun así es de bajo perfil para nuestros poetas no lectores; que es como decir de un árbol, si, pero sin hojas. Ay ay ay, hay robles así.

*puse Jaramillo para buscar mi parentesco.

Un poema para comenzar que te deja frio en las goteras del estadio:


BALADA IMPRECATORIA CONTRA LOS LISTOS

Ahí pasan los listos. 
Siempre de prisa, alertas, husmeando
la más leve oportunidad de poner a prueba
sus talentos, sus mañas,
su destreza al parecer sin límites.
Vienen, van, se reúnen, discuten, parten.
Sonrientes regresan con renovadas fuerzas.
Piensan que han logrado convencer,
tornan a sonreír, nos ponen las manos
sobre los hombros, nos protegen, nos halagan,
despliegan diligentes su abanico de promesas
y de nuevo se esfuman como vinieron,
con su aura de inocencia satisfecha
que los denuncia a leguas.
Jamás aceptarán que a nadie persuadieron.
Porque cruzan por la vida
sin haber visto nada,
sin dudas ni perplejidades.
Su misma certeza los aniquila.
Pero, a su vez, también sus víctimas
suelen olvidarlos, confundirlos en la memoria
con otros listos, sus hermanos,
tan semejantes, tan de prisa siempre,
tratando de ocultar a todas luces
el exiguo torbellino que los alienta
a guisa de corazón.
Todo cuidado, toda prudencia,
de nada valen con ellos,
ni vienen a cuento.
Su efímera empresa, al final,
ningún daño logra hacernos.
Los listos, os lo aseguro, son inofensivos.
Es más, cuando me pregunto
adónde irán los listos cuando mueren,
me viene la sospecha de si el limbo
no fue creado también para acogerlos,
sosegarlos y permitirles rumiar,
por una eternidad prescrita desde lo alto,
la fútil madeja de su inocua cuquería.
Ignoremos a los listos y dejémoslos
transitar al margen de nuestros asuntos
y de nuestra natural compasión
a mejores fines destinada.
De los listos no habla el Sermón de la Montaña.
Esta advertencia del Señor debería bastarnos
.
Álvaro Mutis


Los poetas Álvaro Mutis, E.A.Westfallen, Matos Paoli, Olga Orozco, Gonzalo Rojas, en la Residencia de Madrid, 1991.

***
Alvaro Mutis Jaramillo

Selección de poemas, al azar, y con buen handicap, la pone en el caballo, en ese berrido en las bodegas de esclavos de Abisinia. 


Cada Poema

Cada poema un pájaro que huye
del sitio señalado por la plaga.
Cada poema un traje de la muerte
por las calles y plazas inundadas
en la cera letal de los vencidos.
Cada poema un paso hacia la muerte,
una falsa moneda de rescate,
un tiro al blanco en medio de la noche
horadando los puentes sobre el río,
cuyas dormidas aguas viajan
de la vieja ciudad hacia los campos
donde el día prepara sus hogueras.
Cada poema un tacto yerto
del que yace en la losa de las clínicas,
un ávido anzuelo que recorre
el limo blando de las sepulturas.
Cada poema un lento naufragio del deseo,
un crujir de los mátiles y jarcias
que sostienen el peso de la vida.
Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban
sobre el rugir helado de las aguas
el albo aparejo del velamen.
Cada poema invadiendo y desgarrando
la amarga telaraña del hastío.
Cada poema nace de un ciego centinela
que grita al hondo hueco de la noche
el santo y seña de su desventura.
Agua de sueño, fuente de ceniza,
piedra porosa de los mataderos,
madera en sombra de las siemprevivas,
metal que dobla por los condenados,
aceite funeral de doble filo,
cotidiano sudario del poeta,
cada poema esparce sobre el mundo
el agrio cereal de la agonía.

Lied Marino

Vine a llamarte
a los acantilados.
Lancé tu nombre
y sólo el mar me respondió
desde la leche instantánea
y voraz de sus espumas.
Por el desorden recurrente
de las aguas cruza tu nombre
como un pez que se debate y huye
hacia la vasta lejanía.
Hacia un horizonte
de menta y sombra,
viaja tu nombre
rodando por el mar del vernao.
Con la noche que llega
regresan la soledad y su cortejo
de sueños funerales.

Un bel Morir
De pie en una barca detenida en medio del río
cuyas aguas pasan en lento remolino
de lodos y raíces,
el misionero bendice la familia del cacique.
Los frutos, las joyas de cristal, los animales, la selva,
reciben los breves signos de la bienaventuranza.
Cuando descienda la mano
habré muerto en mi alcoba
cuyas ventanas vibran al paso del tranvía
y el lechero acudirá en vano por sus botellas vacías.
Para entonces quedará bien poco de nuestra historia,
algunos retratos en desorden,
unas cartas guardadas no sé dónde,
lo dicho aquel día al desnudarte en el campo.
Todo irá desvaneciéndose en el olvido
y el grito de un mono,
el manar blancuzco de la savia
por la herida corteza del caucho,
el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje,
serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos.


Obregón, Gabo y Mutis.

Como espadas en desorden

Mínimo homenaje a Stéphane Mallarmé

Como espadas en desorden


la luz recorre los campos.
Islas de sombra se desvanecen
e intentan, en vano, sobrevivir más lejos.
Allí, de nuevo, las alcanza el fulgor
del mediodía que ordena sus huestes
y establece sus dominios.
El hombre nada sabe de estos callados combates.
Su vocación de penumbra, su costumbre de olvido,
sus hábitos, en fin, y sus lacerias,
le niegan el goce de esa fiesta imprevista
que sucede por caprichoso designio
de quienes, en lo alto, lanzan los mudos dados
cuya cifra jamás conoceremos.
Los sabios, entretanto, predican la conformidad.
Sólo los dioses saben que esta virtud incierta
es otro vano intento de abolir el azar.


Tres imágenes

I

La noche del cuartel fría y señera
vigila a sus hijos prodigiosos.
La arena de los patios se arremolina
y desaparece en el fondo del cielo.
En su pieza el Capitán reza las oraciones
y olvida sus antiguas culpas,
mientras su perro orina
contra la tensa piel de los tambores.
En la sala de armas una golondrina vigila
insomne las aceitadas bayonetas.
Los viejos húsares resucitan para combatir
a la dorada langosta del día.
Una lluvia bienhechora refresca el rostro
del aterido centinela y hace su ronda.
El caracol de la guerra prosigue su arrullo
interminable.

II

Esta pieza de hotel donde ha dormido un
asesino, esta familia de acróbatas con una nube
azul en las pupilas,
este delicado aparato que fabrica gardenias,
esta oscura mariposa de torpe vuelo,
este rebaño de alces,
han viajado juntos mucho tiempo
y jamás han sido amigos.
Tal vez formen en el cortejo de un sueño
inconfesable
o sirvan para conjurar sobre mí
la tersa paz que deslíe los muertos.

III

Una gran flauta de piedra
señala el lugar de los sacrificios.
Entre dos mares tranquilos
una vasta y tierna vegetación de dioses
protege tu voz imponderable
que rompe cristales,
invade los estadios abandonados
y siembra la playa de eucaliptos.
Del polvo que levantan tus ejércitos
nacerá un ebrio planeta coronado de ortigas.

Sonata

Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
tus ojos asombrados de otros días,
con tu voz han venido, con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
como tren en la noche de los páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que se enjuta en la fiebre de los ghettos
a la sombra del tiempo, amiga mía,
un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
a llegar hasta el fin de cada día.



A UN RETRATO DE SU CATÓLICA MAJESTAD DON FELIPE II A LOS CUARENTA Y TRES AÑOS DE SU EDAD, PINTADO POR SÁNCHEZ COELLO
¿Por cuáles caminos ha llegado el tiempo
a trabajar en ese rostro tanta lejanía,
tanto apartado y cortés desdén, retenido
en el gesto de las manos, la derecha apoyada
en el brazo del sillón para dominar un signo
de impaciencia y la izquierda desgranando,
en pausado fervor, un rosario de cuentas ambarinas?
En el marfil cansado del augusto rostro
los ojos de un plúmbeo azul apenas miran ya
las cosas de este mundo. Son los mismos ojos
de sus abuelos lusitanos, retoños
del agostado tronco de la casa de Aviz:
andariegos, navegantes, lunáticos,
guerreros temerarios y especiosos defensores
de su frágil derecho a la corona de Portugal.
Son los ojos que intrigaron a los altivos
cortesanos del Emperador Segismundo
cuando el Infante Don Pedro, el de Alfarrobeira,
visitó Budapest de paso a Tierra Santa.
“Ojos que todo lo ven y todo lo ocultan”,
escribió el secretario felón, Antonio Pérez.
Pero no es en ellos donde aparece
con evidencia mayor la regia distancia
de Don Felipe, el abismo de suprema sencillez
cortesana que su alma ha sabido cavar
para preservarse del mundo. Es en su boca,
en la cincelada comisura de los labios,
en la impecable línea de la nariz
cuyas leves aletas presienten
el riesgo de todo ajeno contacto.
La barba rubia, peinada con esmero, enmarca
las mejillas donde la sangre ha huido.
Las cejas, de acicalado trazo femenino,
se alzan, la izquierda sobre todo, traicionando
un leve asombro ante el torpe desorden
y la fugaz necedad de las pasiones.
Los lutos sucesivos, la extensión de sus poderes,
el escrúpulo voraz de su conciencia,
la elegancia de sus maneras de gentilhombre,
su inclinación al secreto, fruto de su temprana
experiencia en la febril veleidad,
en la arisca altivez de sus gobernados,
quedan para siempre en este lienzo
que sólo un español pudo pintar
en comunión inefable con el más grande de sus reyes.





    TRILOGÍA

          2

    DEL CAMPO
Al paso de los ladrones nocturnos
oponen la invasión de grandes olas de temperatura.
Al golpe de las barcas en el muelle
la pavura de un lejano sonido de corneta.
A la tibia luz del mediodía que levanta vaho en los patios
el grito sonoro de las aves que se debaten en sus jaulas.
A la sombra acogedora de los cafetales
el murmullo de los anzuelos en el fondo del río turbulento.
Nada cambia esa serena batalla de los elementos mientras el tiempo
devora la carne de los hombres y los acerca miserablemente a la
muerte como bestias ebrias.
Si el río crece y arranca los árboles
y los hace viajar majestuosamente por su lomo,
si en el trapiche el fogonero copula con su mujer mientras la miel
borbotea como un oro vegetal y magnífico,
si con un gran alarido pueden los mineros
parar la carrera del viento,
si estas y tantas otras cosas suceden por encima de las palabras,
por encima de la pobre piel que cubre el poema,
si toda una vida puede sostenerse con tan vagos elementos,
¿qué afán nos empuja a decirlo, a gritarlo vanamente?
¿en dónde está el secreto de esta lucha estéril que nos agota y
lleva mansamente a la tumba?



Capitulaciones de la vida de la corte (Quevedo). Gabriel del Casal.

Cádiz
Para María Paz y Manolo

Después de tanto tiempo, vastas edades,
siglos, migraciones allí sorprendidas
frente al vocerío de las aguas sin límite
y asentadas en su espera
hasta confundirse con el polvo calcáreo,
hasta no dejar otra huella que sus muertos
vestidos con abigarrados ornamentos
de origen incierto, escarabajos egipcios,
pomos con ungüentos fenicios,
armas de la Hélade, coronas etruscas,
después de tales cosas, la piedra
ha venido a ser una presencia
de albas porosidades, laberintos minúsculos,
ruinas de minuciosa pequeñez,
de brevedad sin término,
y así las paredes, los patios, las murallas,
los más secretos rincones, el aire mismo
en su labrada transparencia también
horadado por el tiempo, la luz y sus criaturas.
Y llego a este lugar y sé que desde siempre
ha sido el centro intocado del que manan
mis sueños, la absorta savia
de mis más secretos territorios,
reinos que recorro, solitario destejedor
de sus misterios, señor de la luz que los devora,
herencia sobre la cual los hombres
no tienen ni la más leve noticia,
ni la menor parcela de dominio.
Y en el patio donde jugaron mis abuelos,
con su pozo modesto y sus altos muros
labrados como madréporas sin edad,
en la casa de la calle de Capuchinos
me ha sido revelada de nuevo y para siempre
la oculta cifra de mi nombre,
el secreto de mi sangre, la voz de los míos.
Yo nombro ahora este puerto que el sol
y la sal edificaron para ganarle al tiempo
una extensa porción de sus comarcas
y digo Cádiz para poner en regla mi vigilia
para que nada ni nadie intente en vano
desheredarme  una vez más de lo que sido
«el reino que estaba para mí».
       

EXILIO

Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.

Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.
Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Persignan, Argelés, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.

Y es entonces cuando peso mi exilio
y mido la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.

    

Severo Sarduy/

NOCTURNO
Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.
   
 NOCTURNO


Respira la noche,
bate sus claros espacios,
sus criaturas en menudos ruidos,
en el crujido leve de las maderas,
se traicionan.
Renueva la noche
cierta semilla oculta
en la mina feroz que nos sostiene.
Con su leche letal
nos alimenta
una vida que se prolonga
más allá de todo matinal despertar
en las orillas del mundo.
La noche que respira
nuestro pausado aliento de vencidos
nos preserva y protege
«para más altos destinos».



martes, 6 de marzo de 2018

Hilario Aquiles Luna, ya no es bobo, conservó el espíritu de su abuelo, y fue cómo su bisabuelo, latinista, aunque rece en español, nuestro poeta.





Hilario Aquiles Luna, que cómo todo heterónimo tuvo un padre severo, un instinto de conservación decadente.


Por Gajaka II


Enero 7/ 18

Artificial mente de mentecato a menta
Tira los dados, regresará a la historia, por la perfección
más fácil. Se siente su presencia.

Libertad del carajo, qué escoja su calle  y su nombre,
que heredarán artistas.

...Y en eso llegó Fidel.


Enero 12/18

No puedo ser en su forma de atleta. La confusión o los peligros
de esa pose, delante del circo nazi de 1936.

No puede ser, flu flu flu, flex flex flex, Con un salto así me como 
el plano. Imagen enferma permanente Quevedo.

Pero la República de Platón te arrebata, eres ese fiestero irreconocible, lo otro siempre será distinto, escrito en un papel, pobres hijos mios.

Amor permanente y revolución permanente, son la misma cosa
a nivel del arte.

y si el vidente se disfraza de mujer, a la mano la seda suda.
No tuerce los fundamentos, interiorizate y muere.
Mientras las tropas omnímodas se deshacen en hechos
ajenos al acantilado escogido por los persas.

No todo es maleficio para la zozobra
No todo es maleficio para la zozobra.

Poema con terracota

Hay 100 cosas, incluyendo una rosa vieja,
descuidada, pues no la puse patas arriba.
La pobre rosa no tuvo un Rilke, para contemprarla
hasta el placer del chuzón. Por ende la muerte 
te pone segundos, luego muere.

Pobre rosa seca, en nada ayuda a esta estética
del poema... A que tu me mires por entre ratones 
de arcilla.

***




Fue de lo poco que edite de su cuaderno, un cincuentón, pasando por esas atmósferas de cambio, ay si no cambiaran, que allí se hizo el mundo. Es un diario su cuaderno, poesía casi emblema del surrealismo, con sus aproximaciones:

Que lee a Víctor Hugo, y es lo mismo Krisnamurti en sus poemas sublimes, Vaya crueldad, pero menos para Krisnamurti.

Suena en la cinta el concierto número cinco para piano de Beethoven.

***

Notas de sus cuadernos

La aporía de la formulación de la realidad, de La bandera inglesa, de Imre Kertész.
Arte y dictadura de Adorno. Paul Celan y Miklos Radnóti (Poeta Húngaro). Poetas judíos de los campos de concentración nazi.

Weltvertrauen: confianza en el mundo.

Febrero 10/18

Quizás hasta que se desgañote con la pieza tocada por el oboe, y los violines en  todo el movimiento bethoviano de la Heroica.


***

Cerezos en flor anunciata perorata 

de Hilario Aquiles Luna, poeta rionegrero.

***

"La palabra une la huella visible con la cosa invisible, con la cosa ausente, con la cosa deseada o temida, como un frágil puente improvisado tendido sobre el vacío" Italo Calvino.


Grunewald, 1515. Exagerado manierismo.


HILARIO AQUILES LUNA
DESBECH ARDILLA XVIII
No hay huertos, no hay huertos, no hay huertos!
ni en los manantiales de Piskiils, no hay huertos
ni te asomes, no hay huertos, huertos a la hora menos pensada. 

Huevas, un desfile desnudo.

Bendita maldiga sea la hora en que cogí el catolicismo pagano 

de Juanacomo Benedetti, y solo salpico y danza negra, que más 
querida podría ser.

Apago el pico robado y escandalizado, mucho pico y poco malandro.

Garza o avestruces, muñecas cuarzudas que se quiebran en el centro 

del malandrÍny jura que no jura ay hacer jurar.

su castillo mistico no es la de un chico de veinte años, su castillo 

místico desvelado, hamponizado mas bien poeta que comentarista socratico, spinoceano, bruno saqueado buscando a Calvino.

Si, los esclavos no tiritan "suavemente" calvo, tus susas malaquias, 

la ternerahaciendo su entrada, flexible como porno.

II

A la pulguita

III

No descanso en paz porque la vida, los amigos incondicionales

 de la buhardilla peluda, la vitrina también peluda, vaya que más.

y me digo airoso, porqué el esquizo me dijo mariquita, que parece 

lo más racional antes del batacazo que le ha dado la vida.

Pobre toño que seco el árbol para que su negocio prospera, 

amigo César Vallejo haciendo de las suyas mientras el surrealismo 
comía en platos franceses del siglo 18.

IV

El cafecito de Maynar, LOS monjecitos locos por un pan franceçés,

 a falta del horneado en villa.
Menstruación a la vista tenemos a una mujer en casa.

V

Haga lo que quiera, queme los bienes raíces, estuco barroco 

y de Balthus se lleva directamente al archivo deuteronomico 
algo dirán las excepticas del sacro polar, agrupense los malditos 
al lado de los menores.


Atenea de estos tiempos




lunes, 26 de febrero de 2018

Presentación nada inmoral, con un libro de otro autor en la mano. José María Arguedas, que nada tiene que ver con el María de Rilke.






El escritor, poeta, José María Arguedas, aparecido de una nada que es na, en otros lugares más al sur. Visión antes que determinismo literario, es que a veces sueno en Quechua.

Por Mandarin Carroll

Éramos, suena muy bacano, para qué, para nada, rasguñando como un león dormido, y saz, me llegó a las manos, compulsivo estado del cuerpo flotante al esfuerzo llegando. Fin de todos los siglos, Erdera (antología), Amor y oxidente, es un cuento de hadas, te lo tropiezas en el librero, y saz vuelve y te tumba. Gerardo Deniz. Con mi aceite de hiervas heleotrópicas.

El voyerismo de los sesentas, amor y otras historias, mira yo de química, la sopita de carne desmechada, al fin jazz, y descansa esa mano que siempre palpita. Bajen toda la Enciclopedia Barsa, que ahora gana. Y esto para una introducción al poeta y escritor peruano, José María Arguedas.

Aquel cuándo, me veías bajar por la Lima fea, no era para más, aquel ciudadano dijo que el Indigenismo había muerto. Qué había perdido identidad, y que lo confirma Deleuze. Vaya dígaselo a Vargas Llosa, no estará en el boom, pum.

Estuvo a punto de ganar el Faulkner con su novela Ríos Profundos. Lo catapultó un Perú enterito. Y se fue para la sierra a buscar tumbas milenarias. Y aquí paro para que lo escuchen cantando, de lo mejorcito de años añejos. 

Cómo no puedo quitarme el sombrero ante tu Ernesto, me quedo (embrollado sin el libro de cocina) con tus poemas que son como rizomas del 68. La pura paja, Mauricio Blanchot.

Y si nos atenemos a las mentiras de Lezama, no hubo tal maravilla de literatura indigenista. Canto y fonograma que esto va a comenzar ligerito, no sabemos si contamos hoy con suerte en la Google, y de la mano, la otra, es con Arguedas, mirando al Cuzco, en donde no alcanzaban a subir las almas muertas de la guerra. Yo una de ellas, ni fu, ni fa.

Notarán que en casi todos los poemas escribe sobre águilas y cóndores, algo que ya casi no existe, hay 100 águilas y 230 cóndores. El extremeño y su canto actoral. Cortapapeles, oculto inverso, en Catedrales sumergidas.

Algunos poemas

Katatay*

Dicen que tiembla la sombra de mi pueblo;
está tembñando porque ha tocado la triste sombra del corazón de las mujeres.
¡No timbles, dolor, dolor!
¡La sombra de los cóndores se acerca!
-¿A qué viene la sombra?
¿Viene en nombre de las montañas sagradas
o a nombre de las sangres de Jesús?
-No tiembles; no este temblando;
no es sangre; no son montañas;
es el resplandor del Sol que llega en las plumas de los Cóndores.
-Tengo miedo, padre mío.
El Sol quema; quem aal ganad, quema las sementeras.
Dicen que en los cerros lejanos
que en los bosques sin fin,
una hambrienta serpiente,
serpiente diosa, hijo del Sol, dorada,
está buscando hombres.
-No es el Sol, es el Corazón del Sol,
su resplandor,
su poderoso, su alegre resplandor,
que viene en la sombra de los ojos de los cóndores.
No es el Sol, es una luz.
¡Levántate, ponte de pie; recibe ese ojo sin limites!
Tiembla con su luz;
sacúdete con los árboles de la gran selva,
empieza a gritar.
Formen una sola sombra, hombres, hombres de mi pueblo;
todos juntos
tiemblén con su luz que llega.
Beban la sangre áurea de la serpiente de dios.

La sangre ardiente llega al ojo de loscóndores, carga los cielos, los hace danzar,
desatarse y parir, crear.
Crea tú, padre mío, vida;
hombre, semejante, mío, querido.

Nota de Arguedas:
(Escribí este himno luego de haber visto bailara a mis hermanos, hijos del pueblo de Ishua residentes en Lima. Bailaron en una pequeña habitación de adobes y techo de totora, en el canchón de la Av. Sucre 1188, Pueblo Libre, el 3 de Setiembre de 1965.)

*Tomado del blog, Educación arte y cultura popular.






HERNAN23 de mayo de 2008 a las 13:05

NUESTROS AMIGOS DE ANDAHUAYLAS, DEBERIAN BUSCARSE OTROS PERSONAJES DE LOS TANTOS QUE HAY, NO HAY MOTIVO PARA LUCIRSE CON LA FIGURA DE UN PERSONAJE MISTICO COMO EL ICONO DE JOSE MARIA ARGUEDAS CUYO APELLIDO MATERNO NO ESTA PLENAMENTE ACREDITADO, A MI MODESTO ENTENDER ARGUEDAS PERTENECE A SAN JOSE DE KARQUEQUI - HUANIPACA- ABANCAY, DEBEINDO SER SU SEGUNDO NOMBRE PATRONIMICO TORRES Y NO ALTAMIRANO COMO EL MUNDO LO CREE.


Fragmento

Kunan punchaymanta
chayqa karaqo tukukapun
tukuyta qonqanayki
Suwa suwarunakuna
Maytaq chakrayku
maytaq uywayku
Suwa allqu mistikuna
kunan makiykupi wañunkichis
Kunan manañan
ñaupañachu kayku
manañan muspaykuchu
ni puñuykuchu
Kunanqa allintam rikchariyku
Karaqo
[…]
Desde el día de hoy
esto carajo se terminó
has de olvidarlo del todo
Ladrón hombres ladrones
Dónde están nuestras chacras
dónde nuestros animales
Ladrones perros mistis
Hoy en nuestras manos van a morir
Hoy no somos ya
como en el tiempo pasado
ya no estamos delirando
ni durmiendo
Hoy pues empezamos a despertar del todo
carajo
Ama wayqey manchankichu
fulano hermano
rumi chiqchi chayaqtinpas
fulano hermano
sara hank’allan ninki
fulano hermano
yawar unu puriqtinpas
fulano hermano
ayrampu unullan ninki
fulano hermano
(Chiaraqe y Toqto, Cusco)
No temas hermano
fulano hermano
y cuando llegue el granizo de piedra
fulano hermano
dirás “es tostado de maíz nomás”
fulano hermano
y cuando corra el río de sangre
fulano hermano


dirás “es agua de ayrampu nomás”



Y un poema de Eguren, que se me atraviesa en el camino.

Los reyes rojos, de Eguren.

Desde la aurora
combaten dos reyes rojos,
con lanza de oro.
            
Por verde bosque
y en los purpurinos cerros
vibra su ceño.
            
Falcones reyes
batallan en lejanías
de oro azulinas.

Por la luz cadmio
airadas se ven pequeñas
sus formas negras.
            
Viene la noche
y firmes combaten foscos
los reyes rojos.




Más poemas de Arguedas

POEMA TEMBLOR 

Dicen que tiembla la sombra de mi pueblo;

está temblando porque ha tocado la triste sombra del corazón
de las mujeres.

¡No tiembles, dolor, dolor¡
¡La sombra de los cóndores se acerca!
—¿A qué viene la sombra?
¿Viene en nombre de las montañas sagradas
o a nombre de la sangre de Jesús?

—No tiembles; no estés temblando;
no es sangre; no son montañas;
es el resplandor del Sol que llega a la pluma de los
Cóndores
—Tengo miedo, padre mío.

El Sol quema; quema al ganado; quema las sementeras.
Dicen que en los cerros lejanos
que en los bosques sin fin,
una hambrienta serpiente,
serpiente diosa, hijo del Sol, dorada,
está buscando hombres.

—No es el Sol, es el corazón del Sol,
su resplandor,
su poderoso su alegre resplandor,
que viene en la sombra de los ojos de los cóndores.
No es el Sol, es una luz.

¡Levántate, ponte de pie; recibe ese ojo sin límites!
Tiembla con su luz;
sacúdete como los árboles de la gran selva,
empieza a gritar.
Formen una sola sombra, hombres, hombres de mi pueblo;
todos juntos
tiemblen con la luz que llega.
Beban la sangre áurea de la serpiente dios.
La sangre ardiente llega al ojo de los cóndores,
carga los cielos, los hace danzar,
desatarse y parir, crear.
Crea tú, padre mío, vida;
hombre, semejante mío, querido.


De este poema, Llamado a algunos doctores, no encontré más que el fragmento, hay si tuviera la Enciclopedia Británica, y el astrónomo poeta del Amor y oxidente, de G.Deniz, ante la duquesa desnuda de la Costa Azul:



Llamado a algunos Doctores*

A Carlos Cueto Fernandini y John V. Murra. 


Dicen que no sabemos nada, que somos el atraso, que nos han de cambiar la cabeza por otra mejor.
Dicen que nuestro corazón tampoco conviene a los tiempos, que está lleno de temores, de lágrimas, como el de la calandria, como el de un toro grande al que se degüella, que por eso es impertinente.
Dicen que algunos doctores afirman eso de nosotros, doctores que se reproducen en nuestra misma tierra, que aquí engordan o que se vuelven amarillos.
Que estén hablando, pues: que estén cotorreando, si eso les gusta.
¿De qué están hechos mis sesos? ¿De qué está hecha la carne de mi corazón?
Saca tu larga vista, tus mejores anteojos. Mira, si puedes.
Quinientas flores de papas distintas crecen en los balcones de los abismos que tus ojos no alcanzan, sobre la tierra en que la noche y el oro, la plata y el día se mezclan. Esas quinientas flores, son mis sesos, mi carne.
¿Por qué se ha detenido un instante el sol, por qué ha desaparecido la sombra en todas partes, doctor?
Pon en marcha tu helicóptero y sube aquí, si puedes. Las plumas de los cóndores, de los pequeños pájaros se han convertido en arco iris y alumbran.
Las cien flores de la quinua que sembré en las cumbres hierven al sol en colores, en flor se ha convertido la negra ala del cóndor uy de las aves pequeñas.
Es el mediodía; estoy junto a las montañas sagradas: la gran nieve con lampos amarillos, con manchas rojizas, lanzan su luz a los cielos.
En esta fría tierra, siembro quinua de cien colores, de cien clases, de semilla poderosa. Los cien colores son también mi alma, mis infaltables ojos.
Yo, aleteando amor, sacaré de tus sesos las piedras idiotas que te han hundido. El sonido de los precipicios que nadie alcanza, la luz de la nieve rojiza, de espantado, brilla en las cumbres. El jugo feliz de los millares de yerba, de millares de raíces que piensan y saben, derramaré tu sangre, en la niña de tus ojos.
El latido de miradas de gusanos que guardan tierra y luz; el vocerío de los insectos voladores, te los enseñaré hermano, haré que los entiendas. Las lagrimas de las aves que cantan, su pecho que acaricia igual que la aurora, haré que las sientas y las oigas.
Ninguna máquina difícil hizo lo que sé, lo que sufro, lo que gozar del mundo gozo. Sobre la tierra, desde la nieve que rompe los huesos hasta el fuego de las quebradas, delante del cielo, con su voluntad y con mis fuerzas hicimos todo eso.
No huyas de mí, doctor, acércate. Mírame bien, reconóceme. ¿Hasta cuándo he de esperarte? Acércate a mí; levántame hasta la cabina de tu helicóptero. Yo te invitaré el licor de mil savias diferentes.
Curaré tu fatiga que a veces te nubla como bala de plomo, te recrearé con la luz de las cien flores de quinua, con la imagen de su danza al soplo de los vientos; con el pequeño corazón de la calandria en que se retrata el mundo, te refrescare con el agua limpia que canta y que yo arranco de la pared de los abismos que templan con su sombra a nuestras criaturas.
¿Trabajaré siglos de años y meses para que alguien que no me conoce y a quien no conozco me corte la cabeza con una máquina pequeña?
No, hermanito mío. No ayudes a afilar esa máquina contra mí, acércate, deja que te conozca, mira detenidamente mi rostro, mis venas, el viento que va de mi tierra a la tuya es el mismo; el mismo viento que respiramos; la tierra en que tus máquinas, tus libros y tus flores cuentas, baja de la mía, mejorada, amansada.
Que afilen cuchillos, que hagan tronar zurriagos; que amasen barro para desfigurar nuestros rostros; que todo eso hagan.
No tememos a la muerte, durante siglos hemos ahogado a la muerte con nuestra sangre, la hemos hecho danzar en caminos conocidos y no conocidos.
Sabemos que pretenden desfigurar nuestros rostros con barro; mostrarnos así, desfigurados, ante nuestros hijos para que ellos nos maten.
O sabemos bien qué ha de suceder. Que camine la muerte hacia nosotros; que vengan esos hombres a quienes no conocemos. Los esperaremos en guardia, somos hijos del padre de todos los ríos, del padre de todas las montañas ¿es que ya no vale nada el mundo, hermanito doctor?
No contestes que no vale. Más grande que mi fuerza en miles de años aprendida; que los músculos de mi cuello en miles de meses; en miles de años fortalecidos, es la vida, la eterna vida mía, el mundo que no descansa, que crea sin fatiga; que pare y forma como el tiempo, sin fin y sin principio.
Mayo 1966.
Arguedas escribió el poema “Llamado a algunos doctores” originalmente en quechua. La versión castellana –del autor mismo- se publicó en El Comercio de Lima, el 10 de julio de 1966. La versión original apareció el 17 de julio de 1966 en el mismo rotativo.
*Tomado del blog de Ricahard Angelo Leonardo Loayza.