martes, 8 de enero de 2013

El más grande poeta colombiano: León de Greiff ...! del filosófico siglo XX cambalache...!




león de greiff, 1895, 1976. otro león de la metro, de gris, de greiff, greiffiestein, leonidas el púrpuro, bueno este último me lo inventé yo. amado pelo mistico.

gabriel jaime caro (gajaka)

león de greiff.  míralo miralo. maestro ni con mayúscula he podido, altas las aches, mudo el corral nada de baladas, las primeras serán las mías migajas sentenciosas de quevedo. si funcionaron para ti, porque no ha mi con tu adn en el exclusivo club de los aterradores nombres. las tergiversaciones jodidas, no me intercepte la llamada, don león de aldecoa.

las puertas ventanas agoreras, vuelan como aves, no son ellas las que cortan la leña.  Los mamotretos enardecidos del joven poeta, aquí tardío tus santuarios verticaleros. jardines colgantes de babilonia con la que pusieron hermosa. esto último va después de n.cage.

te cuento que ellas mismas levantan las piernas y paran el tráfico. pensaran las golondrinas. los bellos caminos de mi amigo, que ahora recuerdo.  
otro estilo europeo barroco colombiano. no había vuelto a nacer don luis de góngora, 1927, pero conocía la obra de lautremont como bretón. y así hasta morirse de soberbias stalinistas, dice mi alter ego.

DIMINUTA BALADA DESOLADA
                                                                A Ricardo Rendón
La balada desolada
de mi vida
dolorida…
La tristura deleitosa,
la hermosura dolorosa;
la ilusoria pantomima
de la gloria
de mi rima…!
La alegría inexplicable;
la ironía, la inefable

paz de aurora de su frente
soñadora;
la inclemente
carcajada de la “Intrusa”;
la rosada luz difusa

de mi ensueño adormecido,
y el beleño
del olvido…!
La balada desolada
De mi vida dolorida…!

1914


o la BALADA TRIVIAL DE LOS 13 PANIDAS (“Bárbaros sanchistas! - ”), baladas para Aldecoa, Leo y Gaspar. “Altaír”. los sonetos, “ OH, LA PEREZA…!…”. alegra mucho leoncillo, tu verso “que el sueño es lo que existe!”. tus prosas de Gaspar, el mejor libro de prosa poética de 1925.

desciende con un saxo, tocándome el sonsonete, y las triadas triecas rosaditas de nuevo.  te sigo contando, me has definido en una de tus prosas, los “pero si sabrosos disparates  muy bien urdidos y trabados…”

en la lucha con el silencio, el olvidadizo de la cuadra, de vaqueros y de guerra da lo mismo, no hay colibríes decía el de otraparte. neumónicas cilíndricas monjitas de papel. ahora son drogos. los halcones negros.

“variaciones alredor de nada”, versión de alberto aguirre, el más extenso poemario, compite ahora antes no. el libro de los relatos, gaspar, de stepansky, harald el obscuro, de proclo, de guillaume de lorges. el final del cuarto mamotreto. alrededor por supuesto. yo le hice una balada a nicolas cage. nunca escribiste sobre la actrices alcohólicas? no se lo permitía ilse.

yo lloro, aunque me duela la pelvis  esclusa y navío largo. por todas partes su bogotá , su medellín, nació en prado centro supongamos pues. bolombolo, allí llegó después de estar viviendo en bogotá parte de su jodentud, korpilombolo, sweden, música maestro.


XV

Amor, deliciosa mentira,
Áspero amor, abur…! Abur…!
Es de ceniza vuestro azur,
Amor, deliciosa mentira…!

Por vos el poerta delira
En Brujas, Tókio y Nischapur…
Amor, deliciosa mentira,
Áspero amor, abur…! Abur…!

1923






RELATO DE SERGIO STEPANSKY

En el recodo de todo camino
la vida me depare el bravo amor;
y un vaso de aguardiente, ajenjo o vino,
de arak o vodka o kirsch, o de ginebra;
un verso libre -audaz como el azor-,
una canción, un perfume calino,
un grifo, un gerifalte, un buho, una culebra...

(y el bravo amor, el bravo amor, el bravo amor!)
En el recodo de cada calleja
la vida me depare el raro albur:
-con el tabardo roto, con la cachimba vieja
y el chambergo agorero y el buido rojo,
vagar so la alta noche de enlutecido azur:
murciélago macabro, sortilega corneja,
ambular, divagar, discurrir al ritmo del antojo...

(y el raro albur, el raro albur, el raro albur!)
En el recodo de todo sendero
la vida me depare a ésa mujer:
y un horizonte para mi sed de aventurero,
una música honda para surcar sus ondas,
un corto día, un lento amanecer,
un lastrado silencio hosco y austero,
la soledad, de pupilas redondas...

(y ésa mujer, ésa mujer, ésa mujer!)
En el recodo de cada vereda
la vida me depare el ebrio azar:
absorto ante el miraje que en mis ojos se enreda
vibre yo -Prometeo de mi tortura pávida-;
ante mis ojos fulvos, fulja el cobre del mar:
su canto, en mis oídos mi grito acallar pueda!
y exalte mi delirio su furia fría y ávida...

(el ebrio azar, el ebrio azar, el ebrio azar!)
Y en el recodo de todo camino
la vida me depare "un bel morir":
despéineme un balazo del pecho el vello fino,
destríce un tajo acerbo mi sien osada y frágil:
-de mi cansancio el terco ir y venir:
la fábrica de ensueños -tesoro de Aladino-,
mi vida turbia y tarda, mi ilusión tensa y ágil...-

(un bel morir, un bel morir, un bel morir!)
León de Greiff


Relato de Hárald el Oscuro

Oh playas verdeantes de algas marinas, sobre
las guijas de estridente diamante y flavo cobre.
Oh piélagos preñados de la cálida voz de las sirenas.
Oh piélagos que nutre denso susurro: —trenos
de náufragos a la deriva por sus senos
procelosos, y que ya dormirán en las ondas serenas.

Yo anhelo tus ilímites planicies: hielos glaucos,
brumas, nieblas —última Thúle— para ulular mis turbios himnos raucos!


Yo soy Hárald, soy Hárald el Obscuro.

Todos los viajes, todos mis viajes, son viajes de regreso.
Yo torno ahora, retorno ahora del azur y hacia el azur.
Violada luz diaprea sus rútilos zafiros.
Voz de sangre sus zafiros denigra.
Mas no otro azur desea mi vagabundo sueño:

sólo ese azur cebrado de violas, ese azur ocelado de abenuz...!

Oh piélagos transidos de agorera pavura irremisible.
Oh piélagos que asorda gríseo clangor: equale
de trombones, en lento ritmo y voz velada, audible
sólo para los seres que un Fátum fúnebre señale…


Yo anhelo tus ilímites planicies: hielos glaucos,
brumas, nieblas —última Thúle— para ulular mis turbios himnos raucos!

Yo soy Hárald, soy Hárald el Obscuro.

Yo sólo amo tu amor, fatal Isolda.
Erigiremos en todos los caminos nuestra gitana tolda
aventurera.
Yo sólo amo tu amor, oh brava Isolda!
Brava Isolda hechicera!
Yo soy Tristán de Leonís: —ligera,
por todos los océanos nuestra nao pirata
discurrirá indolente, con viento ameno o duro:
bajo la lumbre de topacio
del sol:
bajo la luz morena de la rosa de plata;
o en la noche ceñuda —lúgubre y agorera—.

Por todos los océanos nuestro amor, y el espacio
sin lindes, y el ensueño, y hacia lo ignoto navegar. . .
Por todos los océanos nuestra libre galera:
y en el palo cimero la flámula escarlata
con una rosa endrina,
y en nuestros corazones la rosa purpurina
y la flámula negra...

Nuestra nao pirata
discurrirá por todos los océanos al azar, al azar, al azar ...
Erigiremos en todos los caminos nuestra gitana tolda
aventurera,
y el refugio ilusorio de nuestro ciclo errátil e inseguro...

Yo sólo amo tu amor, mi brava Isolda,
yo sólo amo tu amor, Ilse hechicera,
yo soy Tristán, soy Hárald el Obscuro.

Dancé cantando mi canción acerba.
Era el véspero, casi la noche, era el véspero de ceniza.

El ardeño cocuyo su luz irradiaba.
Su lumbre ingenua mi ingenuo corazón iluminaba.

Mas mi espíritu pérfido mi ingenuidad enerva,
y en el ingenuo corazón desliza
fragante zumo de su ponzoñosa hierba.

Yo soy Tristán, soy Hárald el Obscuro.

Divagar. Divagar por inéditos climas.
Metafísicos vórtices. Remansada sapiencia.
Júbilo y alborozo sensuales.
Ebrias sedes. Acidia muelle. Venus autumnales,
ingrávidas asolescentes:
                                         oh vendimias opimas... !

Al propio tiempo, nugacidad. y vacío, y nesciencia...

Oh mujer, arcangélico vampiro,
demoníaca Ofelia, cándida cervatilla. híspido endriago!

Todo lo excelso aroma en tu sollozo y en tu suspiro
y en tu sonrisa!

Perfuma en tu pasión lo deletéreo y lo inefable, lo joyoso y lo aciago!
Tifón de tempestades y sosegada brisa
cantan en tu pasión:
y en trémulo murmurio pulcro balbuce en tu corazón!

Yo soy Hárald, soy Hárald el Obscuro.
Yo soy Tristán de Leonís, acedo.

Yo sólo amo tu amor, Ilse hechicera,
yo sólo amo tu amor, fatal Isolda,
mi brava Isolda!

Yo soy Hárald, soy Lancelot: —blanda sonrisa, corazón perjuro—:
yo sólo amo tu amor, tu amor áspero y ledo,
venenoso y lustral, proclive y puro,
pérfido y claro, y abisal y erguido!

Yo sólo amo tu amor. Ilse hechicera,
Furia hechicera, Lálage hechicera:

Yo sólo de tu amor —Ilse— me curo:
y al azar de las rutas erigiremos nuestra tolda,
fatal Isolda,

y en nuestra tolda un penumbroso nido,
y al azar de los vientos singlará nuestra nao aventurera...

Yo soy Hárald, soy Hárald el Obscuro.



De: Obra poética


Prosas de Gaspar

XIX

Mi verdadera vocación es el silencio. Mi vicio incoercible, la aridez. Mi solo crimen, la soledad.

La risa o la sonrisa o el rictus: tácitos glosadores de los fenómenos circundantes y del espectáculo grotesco. Tácitos, pues no es sonora mi risa —tumulto latente.

Ah, las intraducidas burlas! Ah, la nunca espetada ironía! Ah, los sarcasmos suculentos, la buída gorja, la alacre befa, el comentario acre, el peregrino escolio! Tácitos. Jamás oídos.
* * *
Alguna vez soñé ser cazador de muy donosas hamadríadas, de oreadas y de faunesas, y aun de ninfas no habitadoras de los bosques ni riberas, sino citadinas ninfas, harto muy seductoras;

De ellas apasionadas, de ellas un poquitín frías, unas graves en demasía, otras frívolas en extremo;

De ellas leales, francas y rendidas veramente, de ellas traidorzuelas o apenas tornátiles o sólo volubles:

Enamoradas ésas del amor, y de sus juegos accesorios, esótras de lo segundo singularmente, acaso más en lo cierto y valedero;

Aquellas otras afincadas por redes y redecillas de prejuicios y temores: pero que se donaban y ricamente, en intención y pensamiento, de lo cual deducíanse muy sabrosos deliquios, un poco enervadores a la larga.

En fin, el eternal proceso amatorio de todos los siglos, desde Eva y Lilith (pasando por la fastuosa teoría, por la aromosa guirnalda venusina de las donas ilustres y las damas galantes), hasta las de hoy fatales vampiresas, absolutamente semejantes a las ingenuas, o no tánto, burguesillas, o a las en bruto apetitosas musas campestres.

Y soñé ser cazador de féminas sabidoras, por las florestas de los símbolos y emblemas, por los meandros de los mitos, por los laberintos de las leyendas y de las sagas.

Pero mi vera vocación es la soledad. Mi delito real es la aridez. Y mi sola disculpa es el silencio.

La risa o la sonrisa y el rictus: tácitos glosadores, arquílocos benévolos y zoilos que asordinan leve incredulidad.
* * *
Otro tiempo fui leogrifo, y otra ocasión juglar de larga travesía, y alguna vez hube de incursionar por cotos vedadísimos, tras de la música y en pos de la poética: Dianas celosísimas que cribáronme con sus veneblos —pero mi solo vicio es el silencio, la soledad mi vocación, y la aridez mi crimen.

Aridez, fino manto, vulnerable corteza tenue: por recatar —acaso— un espíritu asaz emocional.

Silencio, joyel de músicas recónditas.

Soledad, con los mudos amigos.

Mudos amigos: cuya callada melodía por los ojos se cuela y se aposenta en el magín. Mudos amigos que otro ensueño ajeno creó. Mudos amigos que engendró el propio ensueño, si no urdió la fantasía, y vivos —ah, tan reales!— como nó los que topan conmigo o que discurren a la vera de mi aburrimiento.

Soledad, con los mudos amigos; aridez, fino manto; silencio, joyel de músicas recónditas, floración de recuerdos, divagar...

Ah, las jamás catadas elaciones nacidas del silencio! Las sortílegas músicas que la soledad acondiciona! Y la frescura espiritual que la aridez depara: fruición de callado embeleso, inebriante acinesia de extático y eufórico regusto!

(De Prosas de Gaspar, 1937)

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El millón de sombreros y otros recuerdos

En aquel 1954, me enteré por el Diario de Colombia de que León de Greiff acababa de publicar un nuevo libro: Fárrago. Quinto mamotreto, en el cual recogía poemas escritos durante los últimos veinte años. 

Dirigía ese periódico Gilberto Alzate Avendaño, quien era, políticamente, uno de los soportes de la dictadura de Rojas Pinilla

Aquel periódico parecía ser, por lo demás, el único que en sus páginas acogía al poeta medellinense, gran amigo del director. Ni El Tiempo ni El Espectador lo hacían con igual amplitud. 

Con El Tiempo, De Greiffhabía reñido, según contaba, a raíz del suicidio del dibujante Ricardo Rendón, ya que el periódico, al serle diagnosticada al caricaturista una tuberculosis, rehusó aceptar que, para cambiar de clima, pudiera realizar su trabajo desde la cálida y cercana población de Villeta. Según el maestro, ello motivó el suicidio, sobrevenido en la trastienda de la cigarrería La Gran Vía, en la carrera Séptima con calle Diecisiete, donde algunos bohemios se reunían a libar unas copas. 
Tal era la versión aportada por De Greiff, quien fue uno de los más próximos amigos de Rendón. Por mi parte, me parece que tal circunstancia tenía maneras de ser obviada y no justificaba un suicidio.


Dispuesto a lograr que el poeta me obsequiara su libro, me personé a eso de las nueve de la noche, esta vez sin compañía, en El Automático. De Greiff había salido a cenar, pero dejó, en una mesilla del mezzanine -en la cual destacaba, dibujado en la madera, un tablero de ajedrez (el café era también lugar de reunión de ajedrecistas)-, su maletón de estudiante, con algunos ejemplares de Fárrago, y una botellita de Coca-Cola con un cuarto de frasco de aguardiente en su interior. 
Yo, que había tomado ya algunos tragos en otra taberna, extraje uno de los ejemplares, empecé a leerlo y, esta vez por sugerencia de la mesera, que me trajo una copita, comencé a servirme de la provisión del maestro. Todavía ignoraba yo, claro está, el carácter hosco y sumamente difícil del poeta. Pero ocurrió, por esa vez, lo que luego supe increíble. Cuando llegó se instaló en la mesa con gesto afectuoso y, como padre solícito, siguió sirviéndome él mismo el aguardiente de la pequeña botella y accedió a obsequiarme y firmarme su libro, que todavía conservo. 
Se encontraba, parece evidente, de buen humor. No obstante, en ese escanciar en mi vaso había una intención velada.

No era yo todavía un bebedor avezado y, al cabo de media hora, me hallaba en estado de completa beodez. De Greiff me sugirió irme a casa. Traté de hacerlo, mas ya en la acera, al contacto del aire frío perdí el equilibrio y debí, como en cualquier escena de Chaplin, asirme de un farol. 
En ese momento, De Greiff salió del café con rumbo al apartamento que habitaba en cercanías del Parque de los Periodistas. Le supliqué ayudarme a conseguir un taxi, y se negó de plano. Por último, logré embarcarme en uno que, antes de bajarme en casa de mi tía Mary, bañé en un vómito aciago. El conductor se mesaba los pelos, pero ya nada había qué hacer.
Al maestro De Greiff quise seguir frecuentándolo, pero no era nada fácil. Pronto me hice consciente de su hosquedad distanciadora y de su carácter un tanto antojadizo, que a veces lindaba con el natural caprichoso de los niños. 
También de que amaba tomarle el pelo a todo mundo, pero no consentía que se lo hicieran a él. "Gasto bromas, que no aguanto", dice en algún poema. En cierta ocasión, no sé qué pretexto me inventé para poder alternar con él, así que me acerqué a su mesa de El Automático, donde se encontraba en compañía de sus hijos Boris y Axel. 


Le pregunté si podía acompañarlos y me respondió: "Usted verá", frase que me obligó a batirme en retirada. Años después comprendí que una persona era De Greiff en la intimidad y otra en público. En aquélla, era tierno e inmediato, y fue el caso de la noche del mezzanine, cuando no había testigos; ante éstos era huraño, olímpico y sumamente áspero.

***

Alberto Lleras Camargo tomó posesión de la Presidencia de Colombia el día 7 de agosto de 1958. Entretanto, me las seguía arreglando yo con el parvo ingreso supuesto por los crucigramas que fabricaba para El Espectador. La revista Estampa había dejado de ser dirigida por Alberto Acosta. 

Tan pronto eso ocurrió, la nueva dirección prescindió de mis servicios. No era solamente yo el que sobrellevaba la aridez de la pobreza. También León de Greiff había quedado hacía tiempos sin empleo y su orgullo a toda prueba le impedía aceptar favores de nadie. Días había en que la pasaba sin almorzar, pues para ello aguardaba la llegada redentora de su hijo Boris y, en muchas ocasiones, Boris no daba señales de vida. 
Algunos contertulios de El Automático, conscientes de esa circunstancia, se ingeniaban cualquier pretexto para que les aceptara una invitación al almuerzo. Él se negaba en absoluto. El propietario del café, un antioqueño llamado Fernando Jaramillo, le abrió amplísimo crédito, advirtiéndole que pagara sólo cuando la situación mejorase. Esto lo aceptó, mas únicamente para beber una o dos tazas de café tinto al día.

Uno de sus amigos más próximos, Juan Lozano y Lozano, que a menudo se reunía con él a conversar en el establecimiento, hacía todo tipo de esfuerzos por conseguirle un trabajo. De Greiff se había desempeñado casi siempre como estadígrafo, sagaz como era para las matemáticas, pero las gestiones de su amigo resultaban vanas. Una mañana, del comité central del Partido Comunista, y a través de Efrén Díaz -ya que Diego Montaña Cuéllar había sido expulsado del grupo político, bajo sospecha de inclinaciones burguesas, y se consagraba a orientar sindicatos por cuenta propia-, le llegó la única buena noticia en años: se le nombraba delegado por Colombia al Congreso Mundial de la Paz, organizado en Estocolmo por la Unión Soviética. En el segundo semestre del 58, partió para Suecia vía París.

Era la primera vez que trasponía un océano. Con anterioridad, sólo había salido del país para ir a México, a traer a mediados de los cuarenta las cenizas de Porfirio BarbaJacob.


Una vez concluido el congreso, De Greiff fue invitado a Rusia por Illya Ehrenburg. Allá amistó también con el gran lírico turco Nakim Hikmet, que había introducido el verso libre en su lengua y pagado larga condena por su acción revolucionaria. Cuando regresó a Colombia, la situación volvió a apretar. Sólo al final del año obtuvo un cargo como auditor en la Contraloría de Cundinamarca. 

Él, claro, hacía burlas diciendo que era ahora ni más ni menos que "oidor". Sin embargo, no había corrido un mes desde su posesión, cuando Lozano y Lozano le trajo una bella noticia: el presidente Lleras Camargo había accedido a nombrarlo primer secretario de la Embajada en Suecia. Lo natural hubiera sido, por supuesto, que se le designase embajador, pero el primer mandatario objetó que un individuo tan bohemio y desaliñado dejaría mal al país. 
Acorde con el nombramiento, pues para nada aspiraba al cargo principal, el poeta -gracias a aportes de amigos hechos en secreto y entregados como si los originara el Partido Comunista- compró ropa y zapatos nuevos, se hizo arreglar la dentadura y se dispuso a viajar. Los contertulios de El Automático le tributamos una despedida muy cálida en la azotea del Hotel San Francisco.


Irónicamente, una vez instalado en Estocolmo, De Greiff se hizo amigo personal del rey Gustavo Adolfo vi y, como en esa nación los soberanos transitan las calles como peatones, se reunía con él en una cafetería próxima al palacio a beber café y a platicar en francés. Con el embajador, su superior, de cuyo nombre prefiero no acordarme, tenía frecuentes roces, ya que desaprobaba muchas actitudes del poeta. Una de ellas, la de asistir a las recepciones ofrecidas por la Embajada de China Comunista. "Colombia -le dijo- no sostiene relaciones con Pekín". De Greiff repuso: "Puede que Colombia no sostenga relaciones con Pekín, pero don León de Greiff sí las sostiene y seguirá asistiendo a esas recepciones". Pronto, el embajador, sin dar aviso a la Cancillería, lió sus bártulos rumbo a la patria y el poeta quedó en Estocolmo como encargado de negocios, al mando de la misión. 

En desarrollo de tales funciones, ofreció a comerciantes suecos los sombreros vaqueros y panamá que se fabrican en Caldas de palma de iraca. Los comerciantes se entusiasmaron e hicieron un pedido de un millón de sombreros. Entonces, los manufactureros caldenses revelaron, con tristeza, que un millón de sombreros no podrían producirlos ni siquiera en un siglo. Sin interés de los suecos en remesas menores, naufragó el negocio.

Por aquellos días, se estrechó más que nunca mi amistad con León de Greiff. Había regresado él de Suecia, dos años antes, porque, según dijo, echaba de menos su tertulia bogotana. Sus amigos dieron en recibirlo ofreciéndole agasajos con fríjoles a la antioqueña. Harto de ellos, el maestro preguntó al fin si era que lo consideraban un "paisa" palurdo, que 

sólo sabía comer el plato típico de su tierra. En uno de esos almuerzos, y en tiempos en que todavía no era posible soltar palabras gruesas delante de las señoras, el dueño de casa, León Castro Medina, preguntó al poeta por qué, si firmaba todos los manifiestos a favor de Fidel Castro y votaba en las elecciones por el comunismo, no se hacía miembro de ese partido. De Greiff, sin alzar la vista del plato, respondió: "Porque no soy pendejo".

Las señoras enrojecieron como granadilla. Solicitada la aclaración, nos preguntó si alguien lo concebía haciendo autocrítica ante una célula comunista. Yo, que había permanecido silencioso, dije entonces: "Para mí, maestro, usted ha sido siempre un aristócrata". Me quedó mirando con sus ojos convexos y zumbones, y articuló con lentitud: "Aristoácrata". 


En meses inmediatos, el maestro había aceptado una invitación a Alemania Oriental, y sus compañeros de viaje habían sido Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias. De esa gira que los condujo a varias ciudades, se desgranó todo un rosario de anécdotas. Recuerdo sólo algunas. Al llegar a Berlín fueron conducidos a un hotel más bien modesto, como lo eran los del sector comunista. La mujer de Asturias, de nacionalidad argentina, se horrorizó y se puso a gritar: "¡Este hotel no es digno de Miguel Ángel!". 

De Greiff, con su sorna eterna, la interrumpió: "Mire, señora mía, si este hotel es digno de don León de Greiff, es digno también hasta de Miguel Ángel Buonarrotti". Creo recordar que fue en Leipzig en donde el maestro cobró inquina permanente al novelista guatemalteco. Entraron con Neruda a una taberna, y el chileno y De Greiff pidieron sendos alcoholes. Asturias anunció que se abstenía, pues su esposa le había pedido no probar ese día la bebida. El colombiano se hallaba muy lejos de aceptar que acatase nadie imposiciones conyugales. Su vida bohemia hacía años había destruido su matrimonio con Matilde Bernal, a quien mucho amaba. 
Fue así como ridiculizó a Asturias al extremo de sacarlo de casillas. Terminaron intercambiando gaznatadas en la calle. De Greiff llamaba a ese episodio "la noche épica de Leipzig". Ya para concluir la visita, Asturias y Neruda, que procedían hacia Moscú, se despidieron del maestro y le preguntaron por qué no continuaba con ellos. "No he sido invitado", respondió. "¿Pero -inquirió Neruda- por qué no has hecho lo mismo que nosotros?" "¿Qué cosa?", demandó el colombiano. "Muy fácil. Hacernos invitar", dictaminó Asturias. De Greiff, con el orgullo esponjado, repuso:
"Sepan ustedes que don León de Greiff sólo va donde lo invitan y no se hace invitar".

Recién casados Josefina y yo, visitábamos a menudo al maestro en su caserón del barrio Santafé, que aún denotaba el esplendor de otros tiempos, pero que, ausente Matilde Bernal -que se había ido a vivir a Medellín-, y al habitarlo sólo el poeta displicente, se había convertido en eso que él llamaba "cuarto del búho". Los libros se encontraban esparcidos por el piso y los que demoraban en los anaqueles no mostraban el lomo, de suerte que resultaba imposible conocer su título. También en el piso vimos una condecoración que el rey de Suecia le había impuesto durante sus años diplomáticos. Para colmo de sorpresas, Josefina abrió un día el refrigerador por ver si había algo de hielo, y en el congelador encontró un libro ya entumecido y tieso, pues debía hacer marras que se hallaba en ese lugar. 

En una de esas oportunidades, no sé por qué recayó sobre Asturias la conversación. Yo, que acababa de leer con genuino deslumbramiento Mulata de tal, opiné que el guatemalteco podía muy bien recibir el Premio Nobel. Para De Greiff aquello fue como si le hubiese abofeteado. Se alzó de su asiento y tan sólo la intervención de su hijo Hjalmar impidió que me arrojase por las escaleras. Luego nos expulsó a mi mujer y a mí de la casa. Descendimos y ya afuera, cuando él se ocupaba en asegurar las cadenas de la verja, iniciamos el camino hacia nuestro apartamento cuando, de pronto, él llamó a Josefina e inquirió: "Oiga, Josefina, ¿tiene usted cigarrillos que me deje? Los míos se me agotaron". Mi esposa repuso: "Claro, maestro". Y se los suministró. 

Al día siguiente, ni él ni nosotros recordábamos el episodio. Asturias, en efecto, recibió el Premio Nobel en 1967.

Nadie parece ignorar que, junto con la poesía, la gran pasión del maestro fue la música. "Música, oh tú, mi inasequible dueño...", clama en algún poema. Hasta el día en que fueron de uso los discos de setenta y ocho revoluciones, su discoteca constaba de millares de ellos. Al implantarse los de larga duración, la vendió a la Radiodifusora Nacional, que trasladó todo ese contenido a cintas magnetofónicas, e inició la formación de una nueva, la cual era ya asimismo impresionante por los días de que me ocupo. 

Acostumbraba De Greiff, hallándose uno en su casa, poner a sonar un disco y plantarse frente al fonógrafo en ademán de dirigir la orquesta. Haciendo honor a una vieja costumbre de su familia, lo examinaba a uno acerca de qué obra estaba sonando. Jamás he logrado identificar al rompe las piezas musicales, por mucho que las conozca. La mayoría de las veces, una obra me resulta muy familiar y hasta puedo establecer el nombre del compositor, pero rara vez el de la pieza en sí. 

Una noche nos hallábamos en casa del maestro y nos pidió no sólo identificar lo que iba a colocar en el aparato, sino explicarle además qué elemento extraño encontrábamos en la grabación. Cuando se inició, reconocí de un tirón el Concierto en re para violín de Beethoven, ya que es obra más que popular, pero pude también, como es apenas lógico, advertir la rareza de la ejecución: en el momento en que el violín debía entrar, lo hacía un piano. Así lo manifesté al maestro y lo vi soltar una carcajada de regocijo y preguntarme: "¿Ya ve, Espinosa, lo patafísico que soy?". Era una alusión al personaje de Alfred Jarry con el que creía encontrarse analogías muy axiomáticas.

No toleraba De Greiff que alguien supiera algo que él ignoraba. Alguna vez Ernesto Sábato visitó Bogotá. El día antes, por decir algo, le comenté al maestro: "Mañana llega Sábato". Me miró perplejo e indagó: "¿Cuál Sábato?". "El gran novelista argentino", aclaré. De Greiff dejó vagar su buida mirada por el ambiente y contestó: "No será tan grande cuando jamás lo he oído nombrar". Unos tres o cuatro días después me comunicó: "Ayer almorcé con ese gran novelista que es Ernesto Sábato, a quien usted ni siquiera debe haber oído mencionar". Una anécdota similar sobrevino una noche en que lo visitamos Josefina y yo en compañía de Hernando y Patricia Chaves, y también de René Rebetez, a quien deseábamos presentarle. En algún instante de la conversación, el maestro hizo mención de las memorias de Illya Ehrenburg, que yo acababa de leer en edición de Joaquín Mortiz.

Así se lo hice saber y él, sin dejarme terminar, profirió: "Usted no puede haber leído esas memorias, porque yo las conocí en francés y no están traducidas al español". Le hablé de la edición mexicana, traducida por Augusto Vidal, y traté de hacerle entender que en francés también hubiese podido leerlas. Me fulminó con los ojos y agregó: "Pues ni están traducidas al español ni usted puede leer en francés". El asunto no pasó de allí, pero René Rebetez publicó en la Ciudad de México una crónica sobre la visita, en la cual me presentaba como un joven impertinente que se puso a hablar al gran poeta sobre lo in y lo out, que eran términos de moda, y había acabado mereciéndose un justísimo regaño.

Pese a tales desencuentros, De Greiff nos quería bien a Josefina y a mí, pero sobre todo a ella, a quien tomó inmensa estimación y respeto desde el día de nuestra boda. Mas no con todas las casadas era igual. Cierta tarde en que se encontraba en nuestro diminuto apartamento libando conmigo llegó de sorpresa una pareja amiga, que -según nos comunicó con alborozo- acababa de recibir la bendición del cura. Se trataba del luego malogrado escritor Roberto Ruiz Rojas y de su mujer, la odontóloga Olga Galeano. Con ellos departimos un rato, pero al cabo de muchos alcoholes De Greiff se dedicó, con impudicia muy propia suya, a enamorar a la recién casada. Ruiz Rojas, para colmo de desdichas, se quedó dormido por efecto de los tragos en una poltrona. 
El acoso sexual llegó a tal punto, que Olga Galeano se alzó de su asiento, abrió la puerta de salida y se disparó hacia la calle. Durmió en un hotel de la vecindad. Al despertar al día siguiente, Roberto no quería creer que su reciente mujer no hubiese pasado con él la noche de bodas. Pero Olga no tardó en llegar, impresionada todavía por el asedio de un poeta al que mucho admiraba. Son incontables las anécdotas que podría referir sobre León de Greiff. Como ser humano, era tierno en la intimidad pero altanero e innecesariamente injurioso en público. Relata su hijo Boris que, en la casa vienesa de Franz Schubert, cuando contempló los anteojos que usaba el compositor, derramó lágrimas. Pero ese ser delicado podía convertirse también en un fustigador temible. 

Todo en él, claro está, era desinteresado: una noche me mostró en su casa una carta de Pierre Seghers Éditeur, de París, en la cual se le solicitaba enviar una selección de sus poemas para ser traducidos al francés y publicados en la celebérrima colección Poètes d'Aujourd'hui, donde sólo han aparecido los más altos 
poetas universales del siglo xx. Le pregunté si la había respondido. Me dijo que no le interesaba. Más tarde, lleno de alarma, conversé con su hijo Boris a ver si podía subsanar aquella anomalía. Me contestó: "Ya sabes lo difícil que es papá. Nadie lo convencerá de responder". Así como era de desentendido en ciertas cosas, poseía un sentido de la ética al 
cual habría que calificar, por lo menos, de hiperbólico. Las acciones más naturales y ausentes de malicia, referidas al dinero, podían cobrar ante sus ojos dimensiones de contravención. Como diplomático en Suecia, la ley le hubiera permitido importar sin impuestos un automóvil al país, con lo cual, vendiéndolo, hubiese podido ganar una suma respetable. No lo hizo, porque -según me dijo- no le parecía ético. Esta especie de miramiento excesivo lo había aprendido, al parecer, de su padre, hombre riguroso en extremo, lleno de recatos dramáticos.


Pero nada de ello contaba cuando de lo que se trataba era de sexo o de alcohol. En esto era permisivo como el que más. Nunca, sin embargo, hizo escenas en estado de embriaguez. Resistía el alcohol en dosis severas y apenas si alguna vez lo vi salir tambaleando del café. Se preciaba ante todos de sus conquistas amorosas, reales o imaginarias, no lo sé. Hacía que las mujeres le dejasen la huella del lápiz labial en el cuello de la camisa, para luego presumir. Cuando contaba más de setenta años, solía ser vox populi en El Automático que conservaba intacta su libido. Era, al menos, lo que él deseaba que creyeran. En ese establecimiento, a De Greiff se lo acataba como a un fetiche o como a una fuerza de la naturaleza. Sus actitudes más arbitrarias se tomaban por genialidades. En sus años postreros, mantuvo a su lado a una mujer a quien amó de verdad -le consagró buen número de poemas- y que se llamaba Lilia Sánchez. Falleció ella a comienzos de los noventa y, al parecer, su familia vendió después a algún librero un cúmulo de manuscritos, cartas y documentos legados por el maestro. 

Hay todavía otras anécdotas y aspectos de León de Greiff que podrían completar su semblanza, pero sobre ellos volveré después, cuando haya avanzado en la relación de estos años sesenta.

Germán Espinosa

Ensayo tomado de Arquitrave, revista virtual.

Poetas y escritores colombianos en New York: Benhur Carmona, Gabriel Jaime Caro (Gajaka), Hersilia Restrepo, Tomás González, Alexis Gómez Rosa (poeta dominicano), Jesús Blas Comas (poeta cubano), Juan Manuel Roca, Eduardo Marceles Daconte, Miguel Falquez Certain, Timoteo Pratt (poeta estadounidense); Hincados: Berty Barranco, Alfredo Ocampo Zamorano, Nelson Ortega. American Society, 1992. Foto de Renán Dario Arango.


sábado, 8 de diciembre de 2012

Gabriel Jaime Caro (Gajaka) y su poema largo "New Tokio", de su libro "La risa de Demóstenes, rara, II", 2009.



Selfie de Gajaka en Medellín, encerrado en una torre de apio y perejil.

Poema "New Tokio" de Gabriel Jaime Caro (Gajaka)

(new york, verano del 2006)

I

“nuestro yo está hecho de la superposición de nuestros estados sucesivos. pero esta superposición no es inmutable como la estratificación de una montaña. se producen perpetuamente levantamientos que hacen aflorar a la superficie estratos antiguos.”
marcel proust (“la fugitiva”)

ya por la mañana del sábado, la huida del espíritu al sueño, por fin una niponita me mira como adivinando mi idiosincrasia, y estamos en los trenes de new york, sabihondos, trasnochados, hablando boca a boca. la copia del guayabo, la cruda y el pedo. y tú tan bella allí y yo tan flaco acá.

ya porque los días pasan y yo no salgo del asombro, como combinando jazz con cantos flamencos, toda una maravilla de vida con esos bailes pegados a los espejos. y sin maría de madri que en otra parte del mundo construye su nidito de pasiones burlescas.

ya justo en la playa tres de robert moses aparece la familia entera de japoneses. hasta el mas lejano de la familia los contemplaba medio embarazado por el calor y los bañistas en la boca secreta de la ballena. hice el ridículo pero tenía a mi favor el alto de la playa al ladito de la bahía, observando cada movimiento y disfrutando de la inspiración dada y de la zozobra.

pero esto no es cuento con comienzo, es más el recuerdo de un verso anterior, sobre escuelas de arte destruyéndose entre si el día menos pensado. me fascina una mujer mentirosa, arrastrando a las víctimas a un diálogo de bienvenida: mira qué esplendor, qué maravilloso mar!

ya porque los japoneses tienen su estigma de disciplinados como unos monjes ricos, precisamente los que yo necesito, pasan rápidos, pero en los trenes de ese filme japonés/taiwanés con título francés (cafe lumiere). 10 años con la moda de negro y gris: “lo he visto”.
estoy seguro que esa gigante de yokohama fue transportada en un avión especial, nada raro que fuera una nave rudimentaria de dudosa demostración.


ya porque nos son ajenos, cual el brillo de sus ojos inmisericordes. ah, hasta el vietnamita en el tren tuvo celos conmigo. los escogidos por ellas, son gringos de cara bonita y piernas feas.
no todo ha sido en los trenes nuestra cercanía dudosa, en la bodega de chinos, mientras alcanzaba un six pack, ella con sed un profundo deseo, el de turno un muchacho de ojos azules compraba una botella de líquido azul que ella rechazó cuando se la ofrecieron. yo helado por un instante, y eso que no soy, ni woody allen, ni mahatma ghandi. pero si súbdito para el peligro del canto rama.
no solamente esto existe para mi interés casual que ha sumado terapias de visitante calamus. un poema aislado que se le lee a una amiga.



ya porque se visita inesperadamente un lugar. subluminares pasantes se escapan de mi compañía inesperada. bordeo otro encuentro entre multitudes que gritan manu chao, red hot chili peppers, cerati, manuelito y su trabuco, justo con mi danza de tango donde no lo hay, y los pies rockanroleros. para ellas que danzan como nimbando la cebada.
danzas chinas son el olvido, ah, y esa película con el actor japonés, la de los cuchillos (los daggers), quién negaría ese amor militar japonés y acróbata, con mis rublos de remanentes masturbaciones con extranjerías machorras, sin disecciones todavía de...limpiarse la vagina con una bandera como la madonna (chica material) y seguir mamando de todo, mientras llegan para confirmar una tradición invasora. dicen que ahora pacífica y radical.

ya sin una gota guardada en pozos manuales, nos invitan a su sed en el volcán, y a proseguir por fin otros destinos, al menos lo leo ahora que se me escapó la alternativa esa del amor, que me sostiene madurando los incentivos expuestos por gomoso de laboratorio.
reculando en su propia insensatez, lejos ahora los dos uno pierde, por aquello de la chispa atrasada, insertándose por otros caminos, y por fin verlos por grupos ocupando todos los misterios, si al cabo son los que saben ser como los estadinenses, sean paracaidistas (bonguijumpy) en río de janeiro, java, y ahora nueva york de nuevas formulaciones convencionales, porque la modelo se sienta a gusto en los trenes que se elevan sin ningún placer - oki doki –
¿pero la modelo japonesa no ha llegado, pues no está en mis planes de lotería? mas escogencias moratorias, sin que me sienta domesticado con las escenas presentes.


ya porque no sé el nombre de ninguna de ellas (y me los invento todos), a lo que se llega lógicamente mecanografiando el espectro que te mueve los motores claros y ajenos.
necesito verlos más a menudo para contrariarme un poco de todo, de mí.
qué dirán de esto mis budistas zen a los que va dedicado este poema sin recorridos atómicos. pero sí atónitos.
sin la consabida libertad afuera cuando aparecen haciendo turismo completo, hasta un pozo de aguas dulces, por si llegara a ellos.
orfeo en la trama, y qué estúpidas son las murallas, afortunadamente no hay una por estos fondos que escuchan la atlántida. la anciana de ochenta años conversa por fin dentro de la ballena surfista, donde no la hay.

ya consintiéndote, me susurras al oído lo desconocido que soy, lo mal humorado aun en aguas torrentosas, en vigilias dibujadas por una niña constrictor, que parece un pecesito bien arreglado del golfo de sapporo.

y por qué van a dejar el lado del volcán sagrado, las islas ahorcadas por un gigante del norte, acaso un oso arquitecto, y levantas las piernas paranormales, ojalá me coja entonando una canción, que como saben solo recuerdo las primeras líneas. y esto todo sucede en la playa todavía: músculo y látigo interior.


al regreso estaremos sacudiéndonos un poco, dándole al instrumento de maderas exclusivas, para nuestras promesas, nuestras presencias en el escenario, cada uno en su sitial, bajando la cabeza y solo con un índice de síntesis, la lechuga y el arroz chino. ¿por qué de dónde es el arroz japonés que se vuelve duro en la comida suchi?, chino, por supuesto, un odio de 1500 años.
lo veo en los pantalones apretados en medianoche, quizás mintiendo o justificando el redoble de los tambores prohibidos para el pueblo.


ya el olvido de tantas fechas memorables, unidos por una fortuna: el encuentro de dos mundos como dice la fatídica historia americana. untado de sangre amarilla en la palma de la mano, por culpa de una cuchilla reciclada. no huyas de mi yacamoto, muévete y has de mi seguimiento una respuesta a caballo mientras arrojas los prejuicios del amor generacional. uno es verde de emociones al momento de la muerte.

ya porque otro día pasaron de largo entre el exhibicionismo y la privacidad. ahí estaba yo con mi corazón exaltado. lo que harán apretando el espacio con sus carros susuki.
ya de por sí se ve raro el ambiente, que a nadie importa. La toma muda de new york en los últimos veranos. es que son tantos para estar en todas partes: subways, museos, parques, buses, playas, terrazas de brooklyn, todo manhattan, y prestos ahora a long island.


los dejo pasar otra vez, y en el próximo semáforo me retan a que los mire, inútilmente sin ejes que conduzcan a su misticidad moldeada por su libertad religiosa, ahora con sus bellos samurais.
mi pobreza en la comunicación me deja decirles niu tokio!, niu tokio!, niu tokio!... y desaparecer de plano, de la esquina de cuatro lados o la media calle con dos salidas paralelas, que siguen siendo los caminos que planificaron los europeos desde roma.

ya endemoniado estoico subyugado, que no se retira del soho con sus modelitos en el planeta triple equis, donde hubo antes obreros de sol a sol encerrados y sin saber que hacer en la tierra prometida de la simplicidad. uno que otro inmigrante disfrutó del mar con sus arenas blancas, que todo lo pintan, hasta la negra sola que no olvida, regresa, y yo tostando mis huevos con sabor a rodaje, no olvido la iniciación del amor pagano, las caretas momificadas de kabuki (con sus maravillosos actores sobrenaturales).

II

ya en el museo de arte moderno con dadá en escena, todito dadá, zurich, colonia, parís, max ernst, hanah hoch, kurt schwitters, raoul hausmann.
allí la joven japonesita como un mikito, feas pero arregladas. el estar bien vestiditas las hacen ser figuras de una creación que ya cantan a gritos los modistos latinos porque los franceses ya lo cantaron y desde hace mas de 100 años. habían invadido a francia pasito a paso. eran el arte del lejano oriente, en medio de la absenta simbólica y patafísica.

un hombre japonés de 50 años me observa en la estación de tren de la calle 34. no fue sorpresa, me estaba esperando como un extraterrestre disfrazado de inseguro. yo seguro a pesar del calor a holocausto. la imagen frívola, la más completa paz jamás imaginada. digamos, con esa sonrisa cómplice, nos dimos a analizar a los pasajeros con esa perfección de la agonía,  que ya lo había escrito un poeta chileno en new york..


ya por amor de verlas pasar junto a los cuadros de schwitters. copiando, dudando un poco de esta alteridad, que nos ponga de acuerdo en un collage de 1918 que nos deja sin respiración.
ah, cuán grande estaba el cuadro de roberto matta explicado por una japonesa a dos estudiantes de la universidad de princeton. mas relajados los dos (por fuera de) que mirábamos ese objeto que volaba entre un fuerte color amarillo que se derramaba como zeus penetrante. el cuadro de matta seguía desafiante.

ya porque sea cómico, ver aparecer en una esquina de union square a un japonés transportado y arrebatado de su mundo, una calle de tokio, por un juego de ilusionismo, al que estaría acostumbrado todo el mundo. solo para hacerme asustar o para confirmar la regla. yo cruzo la calle hacia el parque y un grupo de cinco chicas japonesas me toman una foto con su cámara polaroid, y luego la introducen en una alcancía que parece un marranito, pero que no lo es.


seré una remembranza de new york, hoy new tokio, new tokio, new tokio. y me quito el t-shirt para recibir en el pecho ácido el sol devorador de las dos de la tarde.

ya porque nos encontramos en medio de una pista de baile con bon jovi, el músico rockero británico. ahí si, japonesita, dé lo que tenga entre músculo amarillo y músculo bronceadito. me alcanzas a decir: 5 minutos en el cairo, 8 en atenas, 1 en berlín, doce en new york, 4 en roma, nada en la habana, 6 en río, y 3 en panamá.
yo quedo solo en este pasaje de la rockeliada y emocionado, porque no sé que me quiso decir la muy chiquita.

ya porque hay una poeta en el metro, que no es japonesa, ríe conmigo porque no he visto todavía la del japón escribiendo poemas, pero si leyendo a mishima. la china  lee muy emocionada con su cara de tabla rasa, las analectas de confucio, que lo aprieta entre su entrepierna mientras agarra los palitos de comida y se lleva un bocadito a la boca, sin importarle nada, para eso estamos, pensara, en un territorio libre.

qué simpatía, cito: “la mujer mira hasta que aparece un rey sentado en su mirada”, lo leo del poeta chileno díaz casanueva. yo también me doy mis orgullitos.


ya porque el taoísta en chinatown me enseña sus espejos simbólicos, para que no mire a tanto japonés millonario, a quien trato de decirle acerca de apariciones momentos antes, y que se marcha con su olor a gato cocinado, con su camisa blanca y su pantalón de lino negro.

alcancé a escucharle que hay un término medio para explicar estas cosas.
¿y por qué el sol todo lo vuelve rubio y negro?

ya que por fin vi la japonesa pobre, que trabaja haciendo deliverys de sandwiches en uno de los parques que alguna vez fue un centro de magia: washington square. viste con sencillez y su altura no pasa del metro y treinta y cinco centímetros. ¿me mira con vergüenza? no, me observa con certeza  en sus ojos pretéritos.

porqué uno se imagina el satori en estas imperfecciones, con una salud a prueba de bomba nuclear. no le importa que las otras que pasan muy cargaditas de regalos y cámaras, sean la perfecta sociedad de consumo; con esos pies pequeñitos y dulces para un maniquí tradicional de sexo en el lejano continente.

mi amiga loli me habla de haber visto a las esquizofrénicas en el tren, y que parecían tener sangre negra cuando se daban a morderse delante de los pasajeros inocentes. Loli dice también que era porque un hombre negro con vestido rojo completo se derramaba por entre los bastidores de su sexo reprimido. pero qué rico ser pasivo.

III

ya porque cuando el silencio tiene un visitante exagerado, el gas permanente invasor, y me siento en el lado izquierdo de la cama a tratar de recobrarte bella japonesita de la muestra de arte dadá.
como no sé tu nombre, talvez vlakita, entiendo el estupor y el posible rechazo; cuando soy 2 y no 1 aquí en new tokio, y 1 allá en la distancia incondicional (el nuevo mundo) con todo ese sacrificio mío. no sé el tuyo.
rodeado de extraños evolucionismos, en donde siempre da miedo vivir para los emperadores, y el asesino múltiple no conoce el peso de la pata de elefante para asuntos de resolución completa (o de aplastamiento).

ya porque son escasos los instantes, y bien caros de complacer, me dirijo hacia la librería buscando otra mitología que nos universalice.
vlakita: yo he parado lluvias dañinas con los dos arco iris confusos. y me acuerdo de ese video porno donde los hombres japoneses de tokio, van al club de masajistas a tener sexo con hombres, mientras sus esposas, paulatinamente, lo prefieren así antes que aceptarlos con otras mujeres.

el mundo es irreal, y sus actos farsas porque están doblados, con aquel paso del tiempo que nos celebra y registra - oblicuamente actuando de maravilla – volvemos a la meditación para replantearnos el ciclo marginal de la sensualidad reprimida.
japón detrás de la puerta, con soles de rayos agrestes, pero delineantes, que no conocemos a fondo todos.


ya porque estoy convencido de nuestros encuentros, sobre todo ese día en el central park de new york, que me tenían cercado por varios flancos del parque, para que me sentara como ahora en la roca pedestre, a observarlos, mientras los tumbos de mi sangre, son una catarsis obligada a resistir, y la secuencia montada por azar es para posibles escritos naturalistas con sangre de sentidos recobrados.
¿volví a verlos, repetir sus rostros, sin que piense mucho en los robots exhibidos por los niños, a 110 metros de mi posible imaginación de plena libertad con los dones recibidos? un ahogo con saliva compartida me lo reitera una vez mas.


ya porque los niños y las niñas, en parejita, son presencias japonesas, para futuros príncipes de la razón, pero de razón suicida.
de la cultura zen sin fanatismos. y recogen y asen del momentico aislado la plena confianza, hacia la madre que también busca la imagen más rápida y placentera del desarrollo embrional posterior de la creatura con sus pasos. para mi inspiración, que no es otro que otro gen crítico, que no abandona este regalo: el niño realizado al que trato de aislarlo en medio de un lago de oportunidades en el almacén de microsoft.

la obra es completa, mi famoso despair baja de tímida interrealidad a otras ciencias, cuando la madre (y el padre descomplicado) se inclina ante mí para conducir al niño a su siguiente juicio.
vuelvo a quedar solo e impenetrable, estático grito que resquebraje a mi ángel, aquel visto y memorable en su sitio de penas. otros me hubieran convertido en un eunuco inservicial. pero no, estamos en la china imperial, aquel negocio antiguo de la suprema autoridad, posiblemente ascendido de la tierra mil veces vituperada por otros planetas.


emigro a un paso del futuro inteligente, donde me esperan, muy lejos de estos encuentros con la “juventud japonesa”, con sus aptitudes irreconocibles, primero mujer o mimosa. tercero bailarín o primero poeta, séptimo masajista y noveno lesbos.

y conste que en la camiseta de la niña constrictor japonesa habían grabados dos unos y un nueve y un seis, seguidos, estos dos últimos pueden leerse al derecho y la revés, y pare esta farándula de ilusiones, baile de ilusiones, que tengo la frente como samuel beckett, y échense a reír.

ya porque el jovencito japonés me regala el tiquete para mi vuelo rápido del lugar, hacia mi metamorfosis, con un fardo de pantalones para vaqueros medievales, ya lo había escrito, neutros en el cristal de roca, que ahora tiene por arte de magia la constelación de cáncer.

posible fin

a loli cienfuegos, jesús blas comas, y a gustavo adolfo garcés.

*


El bello poeta caleño del cine y de la crítica, Andrés Caicedo, en su mejor pose en el Sunset Boulevard, había entrevistado a la hermosa actriz Barbara Steele. Para su revista de cine Ojo al Cine, 1973-76. Foto archivo de Gajaka.



Gajaka en el Fin del Mundo, conserva la imagen de La picota mercenaria y degradada por todos los siglos, "Te habló desde la prisión famosa", antes que nada la bocanada de aire enrarecido para figuraciones posteriores de alucinógenos, genos, senos malditos que se pegan al esternón minutos antes. Foto de Hugo Duque.



A mi me parece que el hombre adquirió el bigotico para hacerlo, pues el amor pendejo!. Si se fijan es el ojo izquierdo, el pecado original, mil veces repetido, y encarnado en símbolos sexuales, más luego el enano ambicioso. — con Hannah Höch y su trabajo Dadá  de la primera postguerra.




"El gallimimo", dibujo poster para la obra poético-musical, "Juana I, la enlagunada", por Gajaka.
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"La triste historia de un ranchero enamorado, que fue borracho parrandero y jugador". Loli Cienfuegos y Gajaka, confirmando la regla mística, la hermandad no es de esta galaxia. Foto de Luis Miguel Vélez.