lunes, 6 de febrero de 2017

Elegido de Curso III, con solo tres tallerístas. El final de Juana de Tordesillas, impresentable. Necesitaba un actor.


Yo no soy Quevedo, yo soy Servet.

***

Las pinturas de Quevedo y Góngora.....irraccionales, legado de imposibles, cómo nono  sacudirse.

Mandarin Carroll.




Lectura de la servilleta del Rey Felipe IV con la misiva de Quevedo y Villegas para comenzar Curso III de poesía neoberraca






Francisco de Quevedo y Villegas, retrato de Francisco Pacheco.

Católica, sacra y real Majestad, memorial atribuido a Francisco de Quevedo y Villegas

Á S. M. EL REY DON FELIPE IV 

MEMORIAL 


Católica, sacra y real majestad, 

Que Dios en la tierra os hizo deidad: 


Un anciano pobre, sencillo y honrado. 
Humilde os invoca y os habla postrado. 


Diré lo que es justo, y le pido al cielo 
Que así me suceda cual fuere mi celo. 


Ministro tenéis de sangre y valor, 
Que sólo pretende que reinéis, señor, 


Y que un memorial de piedades lleno 
Queráis despacharle con lealtad de bueno. 


La Corte, que es franca, paga en nuestros días 
Más pechos y cargas que las behetrías. 


Aun aquí lloramos con tristes gemidos, 
Sin llegar las quejas á vuestros oídos. 


Mal oiréis, señor, gemidos y queja 
De las dos Castillas, la Nueva y la Vieja. 


Alargad los ojos; que el Andalucía 
Sin zapatos anda, si un tiempo lucía. 


Si aquí viene el oro, y todo no vale, 
¿Qué será en los pueblos de donde ello sale? 


La arroba menguada de zupia y de hez 
Paga nueve reales, y el aceite diez. 


Ocho los borregos, por cada cabeza, 
Y las demás reses, á rata por pieza. 


Hoy viven los peces, ó mueren de risa; 
Que no hay quien los pesque, por la grande sisa. 


En cuanto Dios cría, sin lo que se inventa, 
De más que ello vale se paga la renta. 


A cien reyes juntos nunca ha tributado 
España las sumas que á vuestro reinado. 


Y el pueblo doliente llega á recelar 
No le echen gabela sobre el respirar. 


Aunque el cielo frutos inmensos envía. 
Le infama de estéril nuestra carestía. 


El honrado, pobre y buen caballero, 
Si enferma, no alcanza á pan y carnero. 


Perdieron su esfuerzo pechos españoles. 
Porque se sustentan de tronchos de coles. 


Si el despedazarlos acaso barrunta 
Que valdrá dinero, lo admite la Junta. 


Familias sin pan y viudas sin tocas 
Esperan hambrientas, y mudas sus bocas. 


Ved que los pobretes, solos y escondidos. 
Callando os invocan con mil alaridos. 


Un ministro, en paz, se come de gajes 
Más que en guerra pueden gastar diez linajes. 


Venden ratoneras los extranjerillos, 
Y en España compran horcas y cuchillos.


Y, porque con logro prestan seis reales. 
Nos mandan y rigen nuestros tribunales. 


Honrad á españoles chapados, macizos; 
No así nos prefieran los advenedizos. 


Con los medios juros del vasallo aumenta, 
El que es de Ginebra, barata la renta. 


Más de mil nos cuesta el daros quinientos; 
Lo demás nos hurtan para los asientos. 


Los que tienen puestos, lo caro encarecen 
Y los otros plañen, revientan, perecen. 


No es buena grandeza hollar al menor; 
Que al polluelo tierno Dios todo es tutor. 


En vano el agosto nos colma de espigas, 
Si más lo almacenan logreros que hormigas. 


Cebada que sobra los años mejores 
De nuevo la encierran los revendedores. 


El vulgo es sin rienda ladrón homicida; 
Burla del castigo; da coz á la vida. 


"¿Qué importa mil horcas, dice alguna vez, 
Si es muerte más fiera hambre y desnudez?" 


Los ricos repiten por mayores modos: 
"Ya todo se acaba, pues hurtemos todos." 


Perpetuos se venden oficios, gobiernos. 
Que es dar á los pueblos verdugos eternos. 


Compran vuestras villas el grande, el pequeño; 
Rabian los vasallos de perderos dueño. 


En vegas de pasto realengo vendido. 
Ya todo ganado se da por perdido. 


Si á España pisáis, apenas os muestra 
Tierra que ella pueda deciros que es vuestra. 


Así en mil arbitrios se enriquece el rico, 
Y todo lo paga el pobre y el chico. 


Sin duda el demonio, propicio y benino
Aquel que por nombre llaman peregrino, 


Al Conde le dijo, favorable y plácido, 
Cuando su excelencia oraba en San Plácido: 


«Del rey los vasallos compiten tu puesto; 
Destruye, aniquila y acábalo presto. 


Los de la Corona mayores contrarios 
Serán la disculpa para tus erarios: 


Que si acaban éstos con la monarquía. 
Morirá también quien te perseguía. 


Mejor libra en guerra el que es prisionero 
Que el que es sentenciado por el juez severo. 


La causa de todo lo que ellos ganaron, 
No la mataron, sino la libraron.» 


Esto dijo el diablo al Conde Guzmán, 
Y el Conde prosigue como don Julián. 


Consentir no pueden las leyes reales 
Pechos más injustos que los desiguales. 


Ved tantas miserias como se han contado, 
Teniendo las costas del papel sellado. 


Si en algo he excedido, merezco perdones: 
Duelos tan del alma no afectan razones. 


Servicios son grandes las verdades ciertas; 
Las falsas razones son flechas cubiertas. 


Estímanse lenguas que alaban el crimen, 
Honran al que pierde, y al que vence oprimen. 


Las palabras vuestras son la honra mayor, 
Y aun si fueran muchas, perdieran, señor.


Todos somos hijos que Dios os encarga; 
No es bien que, cual bestias, nos mate la carga. 


Si guerras se alegan y gastos terribles. 
Las justas piedades son las invencibles. 


No hay riesgo que abone, y más en batalla. 
Trinchando vasallos para sustentalla. 


Demás que lo errado de algunas quimeras 
Llamó á los franceses á nuestras fronteras. 


El quitarle Mantua á quien la heredaba 
Comenzó la guerra, que nunca se acaba. 


Azares, anuncios, incendios, fracasos. 
Es pronosticar infelices casos. 


Pero ya que hay gastos en Italia y Flandes, 
Cesen los de casa superfluos y grandes. 


Y no con la sangre de mí y de mis hijos. 
Abunden estanques para regocijos. 


Plazas de madera costaron millones, 
Quitando á los templos vigas y tablones.


Crecen los palacios, ciento en cada cerro, 
Y al gran San Isidro, ni ermita, ni entierro.


Madrid á los pobres pide mendigante, 
Y en gastos perdidos es Roma triunfante. 


Al labrador triste le venden su arado, 
Y os labran de hierro un balcón sobrado. 


Y con lo que cuesta la tela de caza 
Pudieran enviar socorro á una plaza. 


Es lícito á un rey holgarse y gastar; 
Pero es de justicia medirse y pagar. 


Piedras excusadas con tantas labores» 
Os preparan templos de eternos honores. 


Nunca tales gastos son migajas pocas, 
Porque se las quitan muchos de sus bocas. 


Ni es bien que en mil piezas la púrpura sobre, 
Si todo se tiñe con sangre del pobre. 


Ni en provecho os entran, ni son agradables, 
Grandezas que lloran tantos miserables. 


¿Qué honor, qué edificios, qué fiesta, qué sala, 
Como un reino alegre que os cante la gala? 


Más adorna á un rey su pueblo abundante. 
Que vestirse al tope de fino diamante. 


Si el rey es cabeza del reino, mal pudo 
Lucir la cabeza de un cuerpo desnudo. 


Lleváranse bien los gastos enormes; 
Lleváranse mal si fueren disformes. 


Muere la milicia de hambre en la costa; 
Vive la malicia de ayuda de costa. 


Gana la vitoria el valiente arriesgado; 
Brindan con el premio al que está sentado. 


El que por la guerra pretende alabanza 
Con sangre enemiga la escribe en su lanza. 


Del mérito propio sale el resplandor, 
Y no de la tinta del adulador. 


La fama, ella misma, si es digna, se canta: 
No busca en ayuda algazara tanta. 


Contra lo que vemos, quieren proponernos 
Que son paraíso los mismos infiernos. 


Las plumas compradas á Dios jurarán 
Que el palo es regalo y las piedras pan. 


Vuestro es el remedio: ponedle, señor. 
Así Dios os haga, de Grande, el Mayor. 


Grande sois Filipo, á manera de hoyo 
Ved esto que digo, en razón lo apoyo: 


Quien más quita al hoyo, más grande le hace; 
Mirad quién lo ordena, veréis á quién place. 


Porque lo demás todo es cumplimiento 
De gente civil que vive del viento. 


Y, así, de estas honras no hagáis caudal; 
Mas honrad al vuestro, que es lo principal. 


Servicios son grandes las verdades ciertas; 
Las falsas lisonjas son flechas cubiertas. 


Si en algo he excedido, merezca perdones: 
¡Dolor tan del alma no afecta razones! 


Diciembre de 1639
Tomado de Obras Completas, prosa, "Aguilar", sexta edición 1966. F. Quevedo.


miércoles, 18 de enero de 2017

El capítulo final, de Hilario Aquiles Luna, es lo único que no está en la Biblia, según usted.



El capítulo final de la no inocencia; tuvo o no tuvo infancia oficial.

Andrés Bello, manicurista. Hilario Aquiles, fogonero (El poema perfecto, casi perfecto no existe, de Hilario, que nació en la provincia argentina de Entre Rios, en 1970). Pelea entre la realidad y el heterónimito. Hilario Aquiles no gastó su vida detrás de una cámara, sino delante de ella. Se mantuvo Colorado todo el tiempo.

El Capítulo final, donde mueren, se encogen como una g, contrafuertes difíciles, cadaverismo, out out, 80 bancos a la redonda en un distrito de Bucarest. Mira, no he podido ser puta.

Con decirte nada mejora, son los años mellizos, más allá del descubrimiento y sus desafíos.

Ku ku, mira le gusta el canto en la escena, aunque no se diga un tis tis siquiera, la forma los enloquece. No puede considerar sus propósitos, eso no es poesía. Al horror, le sale un nuevo Magallanes. Vinos calientes, la jodedera, si te cagas en todo, o no te cagas en nada.

Desde ese 2012, el capítulo final, lleva unas cumbres como fin del resto que se mueven. Hágame el favorcito de una vez. Un tigre en la pared, lo veo desde aquí. Me como las uñas de mi sirenita.

Final, solo una, la de la novena sinfonía de Beethoven, hola, ha vuelto más sordo, y nada que le complace el sistemita, por el gusto de ciertos números, el 12, si el abuelo inca no lo conoció.

Yo empiezo la entrevista contradiciendo al mismo Cortázar, sin uñas, toda mi obra es plana, solo Dizzy la recompone. Si hay un cielo, a donde vaya el fagot, ye yea.

Un capitulo final que lo abarque todo, al final sale perdiendo, lo que dijiste con grandes convicciones, la aplopejía desenrollada. Mejor haber dicho, yo hablé con Godard, y solo 5, no seis, tragándose ese mismo seis, le concede un punto al Dios Quetzalcoald: se le metían por la boca drogadas unas, convencidas otras.



Chabrol, por Lois Siegel, 1977.


El capitulo final, no viene por ahí, es más astrología paupérrima, ronca, corre corre que te cogen, a la larga, se las comía, las uñas con el traje de novio. Sentado en la escalinatas, o en eso, no concuerdo mucho, en el infierno, el que sigue siendo de la química.

Reboloteo, se le aparecieron los papagallos, y este mundo es feliz.




Dick Bogarde y R.W.Fassbinder en Despair.

Antes de quedar paralizado, mi profesora de danza, ha escapado del comunismo, sin nada que ver, que se han apropiado del arte de la música, precisamente cuando la inconclusa aparece en La Edad de Oro de Buñuel, y Shostakovisch, suma a la masa la falta de fondos para el concierto.




Cecil, Cecil, el alma cansada renuente a clavos de olor. Troquele con centavos de plata. Y Hay muchos más bancos en Bucarest, creo que 1300. Así, yo puto, y tu puta, volvemos a nuestra canalla soledad. Runas, tírese de cabezas, la espuma del Ártico, no es la de los ríos del distrito, y se hizo la metáfora, con un guiño percal, hacia lo inusual, morir perfecto.



sábado, 17 de diciembre de 2016

Gerardo Deniz, que con su Prosa reunida, De marras, nos tiró al claustro. El castillo de la fuerza. Si es grande Mesoamérica.

                       
Gustavo Rojas

Un fragmento, un acoso con sus poemas y una mano que te corta la respiración. Este y todos los fragmentos de la poesía de Gerardo Deniz. El muy alquimista se preparaba su buena dosis de hermetismo con cinabrio, y barba blanca para no usar bufanda de bosalino, la canabis castillesta, moderada casi siempre por lo contrario de un barbero y una Josefina.

Uno entreva bahti y kris, polvazo a la protlanca, llevo azogue, la perdición de todos los científicos cocineros.

Gabriel del Casal


***

   “ Al declinar el día
ingresa en nuestro zaguán la cefálica cesta del pan dulce, asimismo,
y con múltiples parangones, remontaré la escalera brujesca,
        chorreando ahora
exquisitas lucibabas amarillento-zanahoria.
                                                                         ¡Tesis!
Salvo por cierta dicotomía alimentaria pronto incoada (muy deseable,
          empero),
mi vivir es característico de una deidad de Mesoamérica,
de esas apendejadas de gustos y cacao,
ni - menos – he presenciado todavía cómo los profesores
-Haro, Bracho, Aguiñaga el sinarquista-
pasan ruidosamente páginas de los códices.”

Fragmento de “Verano del 42”, extractado de Erdera, su antología reunida de poesía Fondo de Cultura Económica, México, 2005.
.
((((((((((Premio Fragmento del churrunguis Tunguis a un Poema largo.))))))))





El poeta Gerardo Deniz, un anciano venerable, le dicen el camaján, que un día de estos nos dijo adiós después de sortear una profecía. Con sus 80 años, y el otro muriéndose de la risa, la de cambio de religión o bata.


Entrevista.

Gerardo Deniz: El monstruo de la alquimia lingüística.

Por Omar Alcántara Islas

(Fragmentos)



–¿Y a los 20 años ya leía en otras lenguas? 
–Yo a los dos años de haber nacido en España, estaba en Ginebra, Suiza; ahí estuve seis, cinco años, algo así… Y ahí fui a la escuela y aprendí el francés. Después ya vinimos a México y dejé olvidado el francés, pero luego lo rescaté. Ahora lo leo con soltura, aunque hablarlo ya no. Hace 66 años que no hablo francés. Y aquí en México, en un trabajo aburridísimo empecé a aprender a leer inglés. Como me di cuenta que eran necesarios para cualquier estudio científico el francés, el inglés y el alemán, pues insistí con el inglés, hasta [saberlo] como ahora: poder leerlo con soltura y no dar ni los buenos días hablado, porque nunca aprendí cómo se pronuncia. Del francés se me olvidó la pronunciación, pero la del inglés no la supe nunca. 

Unos años después estudié un año de alemán con una profesora. Fue la última vez que me enseñaron algo, porque ya llevaba mucho tiempo que todo lo que aprendía, lo aprendía yo por mi cuenta. Ella, naturalmente, se empeñaba en que yo le contestara en alemán, pero como no era para nada mi propósito, yo la escuchaba… A ella la entendía muy bien, a los demás alemanes no, pero a ella sí. Y cuando esperaba que le contestara algo, yo le decía “ Ja, jawohl” [“Sí, a la orden”] y todos contentos. Tomé así un año y ya pude leer mi química y mi biología y demás en alemán. 

Después de eso, en el 73, descubrí un autor francés, Georges Demeuzil, que se ocupa de mitología comparada y de lingüística caucásica y tal cual; y entonces se me prendió el foco lingüístico y así me puse a aprender sueco y danés, que se parecen mucho. Y yo solito también estudié ruso, pero era casi imposible obtener material en ruso que fuera de mi interés, porque yo quería unos libros sobre los pueblos de Siberia, y de Moscú me mandaban los discursos que pronunció Stalin en 1950. Entonces dejé al ruso irse pudriendo; ahora ya está podridísimo. 

Llegué a aprender bastante polaco porque tuve una temporada un amigo polaco, y como se parece mucho al ruso… Ahí se dio el caso chistoso de que, en una ocasión, entre mis papeles revueltos, encontré una fichita que tenía una preciosa frase en polaco, de la cual entendía yo tres palabras. “¿De dónde salió esto?”, me dije; entonces me acordé, la había escrito yo, pero ya se me había olvidado… [ ríe] Entonces me lancé a todo lo habido y por haber, sin pretensiones de agotar el asunto. Todavía me dura esa otra crisis, la lingüística. La paso muy a gusto leyendo una gramática albanesa o tibetana, o georgiana o tarasca, sin pretensiones de leerlo todo, ni de estudiar vocabulario, para nada, ¿para qué? Desde entonces me he divertido con el chino y el tibetano, o el indonesio y el sánscrito… Llegué a aprender bastante bien, leído, claro, el turco. Porque fue al principio como el sueco y el ruso: llevaba mucho impulso y pensaba que iba a conseguir algo… A conseguir algo de qué leer y qué estudiar. Pero cuando no fue así, estudié todos los idiomas del mundo, a medias, y sin pretensiones de nada.

–¿Cuál cree que haya sido la lengua en la que haya abrevado más? 
–Lo que más he leído en la vida, que a estas alturas ya debe ser tanto como el español, es el inglés, seguido rápidamente del francés. El alemán no me gusta nada. Lo aprendí sin mucha pretensión, porque la literatura alemana, con rarísimas excepciones –entiéndase algo de Goethe y Rilke– no es una cosa que me importe. Así que desde el momento en que pude empezar a leer mis revistas de química, ya lo dejé bastante. Después me ensanché leyendo distintas cosas de lingüística. Si me preguntas donde aprendí el poco esquimal que sé, pues fue en un libro alemán.

–¿Le importa que sean pocos sus lectores, a partir de la complejidad de sus versos? 
–Ah, no. Ya sólo me falta plantearme semejantes problemas. Escribo lo que me sale, y en fin.

–¿No le inquieta que a partir de su poesía se elabore todo un culto a su persona, ya no tanto a sus textos…? 
–Mientras no me molesten, que hagan lo que quieran [ríe]. Que hagan si quieren autos de fe con mis libros, o que hagan actos maravillosos de admiración, ni me viene ni me va.

–¿Quién es Gerardo Deniz, más allá de la poesía? 
–Un fracasado, que por estar en México no pudo dedicarse debidamente a lo que realmente le interesaba, que es la química y la biología. Y que se botó la puntada de ponerse un seudónimo, sobre todo para que diversas personas no se enteraran de que andaba haciendo esas cosas vergonzosas, de poemas y demás… Cosa que me fue útil: durante largos años sí me protegió bastante el no haber usado mi verdadero nombre. Nunca es que me propusiera cosas complicadísimas, sino sólo eso, evitar los comentarios de algunas personas que les iba a parecer raro, feo; o peor todavía, que me iban a pedir que les recitase algo, se iban a llevar el susto de sus vidas [Risas]. Deniz quiere decir “mar” en turco.

–¿Así que hubiera preferido ser un científico? 
– Yo sí, es en mí más auténtico. Lo malo es que no consigo creer en la reencarnación; si no, me quedaría algún consuelo. A pesar de ese hecho, deplorable, de que los que reencarnan no se acuerdan de su encarnación previa, hasta que se llega a la penúltima. Entonces sí: ve uno toda su estupidez como en una pantalla... pero es muy difícil la reencarnación. 

–Sobre la reencarnación, recordé un poema en Mansalva, en donde usted recurre al cuadro El juramento del juego de pelota, de Jacques-Louis David y dice que en una encarnación previa fue el hombre que está sentado a la orilla del cuadro, ajeno al regocijo de la Revolución Francesa…
–Yo salgo sentadito [en primer plano, a mano derecha], así mirando [ejemplifica la postura], diciendo: “¿Ahora que se traen?” No sabían lo que venía luego… [Deniz ríe. Quien mire este cuadro comprenderá un poco más el desinterés de Deniz hacia los excesos, y algo más: su sarcasmo].

***



David Huerta y Gerardo Deniz. México.


Tres poemas de Gerardo Deniz*

S’agapóo

Te me mueres de seria, cual chiquilla,
estoy convicto, amor, estoy confeso
de que, evitando algún desleal beso,
te acaricié el cariz de una orejilla,

donde una chispa de oro en seda brilla;
mas desde aquel dulcísimo suceso,
la aurícula, de escrúpulo y de peso
rojea y se enfurruña, la muy pilla.

Flor: di a Miguel Hernández que he olvidado
sus tercetos, con íntimo decoro
(supones) y te apartas de mi lado

a sestear en la Mezquita Azul
de Estambul, mientras yo mi culpa ignoro
—ay, corola del Cruzeiro do Sul.

Qué importa cómo seas si eres tú.

Palinodia del rojo

No cantes ésa, rojo, porque ya no se estila.
Sólo algunas pazguatas piden perdón por ti,
pero la mayoría te reciben serenas
y hacen bien. Saben oscuramente
que, si bien a unas cuantas das algún dolor,
en desquite haces a muchas más ardientes [confidencia de dos]
y pones una fascinadora inflexión
en los deleitosos alientos femeninos.
Jáctate mejor, rojo, de que fue el doppleriano
batocrómico corrimiento de las líneas espectrales
en conjunto hacia ti
lo primero que reveló la expansión del universo
(lo cual no es una cuestión de poca monta).
Piensa también, oh rojo, que si en ruso tu nombre
se funde con lo bello
(lo cual no es, por supuesto, lo que cree gente babosa)
es por algo —dímelo a mí, que vehemente acuso todavía
a la que siempre de rojo iba vestida
y cuyos ojos, oscuros teobromos deseados,
aún llevo en mis entrañas dibujados.
Para no ser prolijos, en fin, oh rojo contempla a tu poeta
confiando en que lo ayudes en su triangulación
de la topografía divinal de un blanquísimo Chaco,
ruega por nosotros los rojos y los verdes,
así como por algún Rangoni malhadado.


El perfecto agonoteta

Cuando la vanguardia de los corredores asomó en la distancia,
un inmenso clamor se alzó de la multitud
y creció aun más al ver cómo la Marratoncita iba alcanzando el primer lugar,
hasta cruzar, veloz pero serena,
la línea anaranjada de la meta.
Marratoncita giró 180º y anunció, sosegada —Victoria.

El viejo adivino etrusco
            se acercó a ella:
—Entre los varones que viven en el orbe,
escasamente una docena te merecemos. Por desgracia, todos
rebasamos los setenta, y hay que aguantarse.
Que te acompañe pues este agonoteta cántabro favorecido. [A éste:]
Conduce a Marratoncita al penthouse del templo, sudorosa pero sensata,
extiéndela a gusto y acéitale con la lengua todas sus divinas bisagras,
levántala entonces y sométela, horizontal, a la ducha fría;
cuando el coxis deje de saberle a sal,
hazla rodar sobre un gran secante verde, sin solución de continuidad
y échatela al plato.
     Deja a los persas alzar torres al silencio.


*Tomado del blog, Luvina foros.